Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Noviembre del 2011

Mt 25,1-13
Vendrán días en que el Esposo les será arrebatado

En el Evangelio Jesús es presentado a menudo con el título de «Maestro», y sus seguidores son presentados con el nombre de «discípulos». Él acepta este título como apropiado. En efecto, en la última cena dice a los Doce: «Ustedes me llaman “Maestro” y “Señor” y dicen bien, porque lo soy» (Jn 13,13). Es claro que en el método docente con que Jesús enseñaba a la gente se destacan las parábolas, hasta el punto de suscitar en sus discípulos esta pregunta: «¿Por qué les hablas en parábolas?» (Mt 13,10). La respuesta de Jesús es desconcertante: «Es que a ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no... Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden» (Mt 13,11.13).

Todo método docente tiene como finalidad facilitar la transmisión de la verdad. ¿Cómo puede ser, entonces, que Jesús enseñe con un método cuyo resultado es que «viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden»? Si fuera así, sería un método docente muy deficiente. En realidad, las parábolas son un método docente brillante y así lo reconocen todos; pero es un método diseñado para que unos entiendan y otros no: «A ustedes se les ha dado conocer... pero a ellos no». Y esto proviene de la naturaleza de las verdades enseñadas: «los misterios del Reino de los cielos». Estas verdades, aunque sean expuestas con el método docente más luminoso, son un don y no una apropiación de la inteligencia humana: «Se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los cielos». Se trata de verdades que, una vez conocidas, inciden radicalmente en la vida.

El Evangelio de hoy nos presenta la parábola de las diez vírgenes que salen al encuentro del esposo con sus lámparas en las manos. La verdad que se quiere enseñar está formulada como conclusión de la parábola: «Velen, pues, porque no saben ni el día ni la hora». Esta verdad podría exponerse sencillamente de esta manera: «Cristo vendrá de nuevo y nosotros no sabemos cuándo; debemos estar siempre preparados». Pero esta es una verdad de fe, es decir, una verdad que debe ser concedida por Dios como un don, una verdad que la inteligencia humana no puede conocer por sus propias fuerzas. Y, sin embargo, es una verdad que, concedida a la inteligencia, determina radicalmente nuestra vida: «Debemos estar siempre preparados». ¿Qué necesidad hay de una parábola para enseñar esto?

La parábola contiene muchos otros aspectos importantes del misterio. En primer lugar, nos dice que la vida cristiana es una espera, porque «el esposo –que viene– tardaba». Nos dice también cómo debe ser la espera: como la esposa recién casada espera a su esposo. Es un modo insuperable de decir que nos falta lo que más anhelamos: «Vendrán días en que el Esposo les será arrebatado» (Mt 9,15). Y San Pablo describe estos días nuestros con pocas palabras: «No estamos con el Señor» (2Cor 5,6). La parábola contiene también una fuerte advertencia que debe movernos a reaccionar: «Cinco vírgenes eran necias», porque no se proveyeron de lo necesario para esperar al esposo el tiempo que él quisiera tardar. Cinco de ellas carecían del amor suficiente.

La parábola nos informa también sobre el desenlace. «Las que estaban preparadas –las cinco vírgenes prudentes– entraron con el esposo al banquete de boda y la puerta de cerró». Esta última advertencia suena como un portazo. Nos dice que la sentencia final es irrevocable. En efecto, a las que no estaban en su lugar cuando llegó el esposo, después que la puerta se cerró y quedaron fuera, no valen ruegos. El esposo les expresa su total disociación: «En verdad les digo que no las conozco». En lenguaje bíblico esto quiere decir: «No tengo nada que ver con ustedes». Hemos podido constatar que, concedida la verdad de fe como un don, la parábola es una enseñanza brillante. En cambio, sin ese don, se verifica que «viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles