Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 30 de Octubre del 2011

Mt 23,1-12
Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo

Un hecho que nunca dejará de sorprendernos es que Jesús haya querido fundar su Iglesia sobre el fundamento de hombres tan sencillos. De sus doce apóstoles, salvo Mateo que era publicano, no consta que ninguno fuera escriba, es decir, que supiera leer y escribir. Con razón, podía San Pablo observar la comunidad cristiana y escribir: «¡Miren, hermanos, quiénes han sido llamados! No hay entre ustedes muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo... ha escogido Dios lo débil del mundo...» (1Cor 1,26-28). El Apóstol no deja de explicar este proceder de Dios: «Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios... a fin de que, como dice la Escritura: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”» (1Cor 1,29.31).

Jesús reconoce que los escribas y fariseos eran, en cambio, personas instruidas –«sabios según la carne»– y que ellos conocían la Ley de Moisés (así llaman los judíos al Pentateuco, es decir, los primeros cinco libros de la Biblia): «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan». Pero, les critica que ellos conozcan sólo la letra y no lo que Dios quiere decir con esa Escritura, como lo afirma en otro lugar: «Ustedes investigan las Escrituras, ya que creen tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y ustedes no quieren venir a mí para tener vida» (Jn 5,39-40). Conocen la Ley de Moisés, pero no entienden lo que Moisés quiso decir con esas palabras: «El acusador de ustedes es Moisés, en quién han puesto su esperanza. Porque, si creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque él escribió sobre mí. Pero si no creen en sus escritos, ¿cómo van a creer en mis palabras?» (Jn 5,45-47). ¿Por qué se produce este desfase entre la ciencia que ellos tienen sobre lo escrito por Moisés –son especialistas en la Ley de Moisés– y lo que Moisés realmente quiso decir con sus escritos? Responde Jesús, más bien pregunta a su vez: «¿Cómo podrán creer ustedes, que reciben gloria unos de otros, y no buscan la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,44).

Los escribas y fariseos son especialistas en la Escritura, pero caen en el colmo de la incomprensión. En efecto, tienen delante de sí al que es la Palabra de Dios encarnada, el Autor mismo de toda Escritura Sagrada y a quien se refiere toda la Escritura, y ¡no lo reconocen! La razón es que todo ese conocimiento lo tienen no para gloria de Dios, sino para gloria propia: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres... quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se los salude en las plazas y que la gente los llame "Rabbí"».

Jesús no quiere que sus discípulos actúen de esa manera: «No imiten su conducta». Les manda rehuir toda vanidad y gloria humana: «No se dejen llamar Rabbí, porque uno solo es el Maestro de ustedes... No se dejen llamar “guías”, porque uno solo es el “Guía” de ustedes: el Cristo. El mayor entre ustedes será el servidor de ustedes». ¿Cómo se explica que Jesús los haya mandado a «hacer discípulos de todos los pueblos» (cf. Mt 28,19), si ellos no son maestros? Los mandó a hacer de los pueblos discípulos no de sí mismos, sino del único Maestro, de Cristo. Por eso nosotros nos llamamos «cristianos». Y no los envió a una enseñanza intelectual, de la cual no eran capaces, sino a dar testimonio con la vida: «Enseñandoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (cf. Mt 28,20). Nadie puede enseñar a guardar algo, sino guardandolo él mismo. Más aun, para que no les entre la vanidad ni el deseo de gloria humana, Jesús les manda que, después de haber hecho todo lo mandado, digan: «Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10). San Pablo era uno de estos siervos; después de identificarse completamente con Cristo, puede exhortar a sus destinatarios: «Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1Cor 11,1). Todos los cristianos estamos llamados a repetir con verdad esa misma exhortación.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles