Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de Octubre del 2011

Mt 22,34-40
Seremos examinados en el amor

La introducción al Evangelio de este domingo nos informa que en Israel, en el tiempo de Jesús, había dos facciones religiosas principales: los saduceos y los fariseos. Los saduceos no creían en la resurrección de los muertos, en tanto que para los fariseos éste era un punto importante de fe, como lo expresa Marta ante el sepulcro de su hermano Lázaro: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día» (Jn 11,24).

Los saduceos habían presentado a Jesús una situación que dificultaba la fe en la resurrección de los muertos, y Jesús había resuelto la dificultad reafirmando la resurrección y dejandolos callados. Viendo esto, los fariseos le ponen una prueba que tiene relación con sus propias acentuaciones religiosas, a saber, el cumplimiento estricto de la Ley. Le preguntan: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?».

Los fariseos consideraban que el hombre se justifica ante Dios «por las obras de la Ley» (cf. Gal 2,16), es decir, por el cumplimiento de las cosas que la Ley manda. Jesús describe esa convicción en la oración del fariseo: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres... Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias...» (Lc 18,11.12). No le agradece a Dios la salvación, porque esto lo considera mérito suyo. Él se presenta ante Dios como quien merece la salvación por su propio cumplimiento de los preceptos de la ley, algunos de los cuales detalla: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias...». Pero Jesús afirma: «Éste no quedó justificado» (Lc 18,14).

Jesús critica a los fariseos no saber discernir cuáles son los preceptos más importantes de la ley: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidan lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello». Jesús describe esa actitud con una imagen muy gráfica: «¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!» (Mt 23,23-24).

Es comprensible, entonces, que ellos preguntaran cuál es ese mandamiento más importante de la ley que hay que observar con preferencia; siguiendo con la imagen de Jesús, cuál es el mandamiento que corresponde a un camello y no a un mosquito. Jesús ya ha enseñado que «lo más importante de la Ley es la justicia, la misericordia y la fe». Pero ellos quieren que les diga un mandamiento concreto.

Jesús responde la pregunta: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento». Con esto la respuesta habría estado completa en el régimen de la Ley antigua, pero no en el régimen de la revelación cristiana. Lo que agrega Jesús es la novedad del cristianismo: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Con este agregado, no solicitado, Jesús está revelando que este segundo mandamiento no sólo es semejante al primero, sino también inseparable. No se puede practicar el primero sin el segundo. El amor de Dios, que se nos infunde en el corazón por el don del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5), es indivisible: se dirige a Dios y al prójimo con un mismo impulso.

Jesús enseña esta doctrina de manera insuperable en la parábola del Juicio Final. Él es nuestro Dios y Señor, y el amor a Dios debe dirigirse a él. Por eso él, acompañado de sus ángeles, se sentará en su trono de gloria para juzgar a todas las naciones. El tema del Juicio no es otro que el amor: «Seremos examinados en el amor». En esa parábola el Juez declara: «El bien que hicieron a uno de estos pequeños hermanos míos, lo hicieron a mí mismo» (cf. Mt 25,40). Quiere enseñarnos que el amor al prójimo es la expresión auténtica del amor a Dios. Son inseparables.

Jesús es la Palabra de Dios. Por tanto, él es el autor de la Ley y los profetas. Él es el único que puede dar su interpretación auténtica. Pues bien, él la interpreta así: «De estos dos mandamientos –el amor inseparable a Dios y al prójimo– penden toda la Ley y los profetas». La Ley y los profetas –es el modo de referirse a todo el Antiguo Testamento– no tienen más finalidad que enseñarnos el precepto del amor. El cumplimiento de este precepto es el signo del cristiano; es lo que añoramos fuertemente ver en nuestra sociedad que se declara mayoritariamente cristiana.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles