Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de Octubre del 2011

Mt 22,15-21
Creó Dios al ser humano a imagen suya

«Los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprender a Jesús en alguna palabra». El Evangelio dice textualmente: «ponerle una trampa de palabra». Desde el principio la intención es torcida. Ellos no están interesados en la verdad ni tampoco en saber qué es lo que enseña realmente Jesús; están interesados en hacer que Jesús haga alguna afirmación comprometedora para tener de qué acusarlo.

Lo más sorprendente es que, con el fin de perder a Jesús, los fariseos se unen con los herodianos que eran sus enemigos políticos. Esta connivencia tuvo que ser sospechosa para Jesús. Pero más aun la forma cómo introducen su consulta: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas». Si la declaración de ellos –«Sabemos que enseñas el camino de Dios con verdad»–, hubiera sido sincera, habrían tenido que hacerse sus discípulos. En efecto, el Salmo 119, que es un himno a la ley de Dios, comienza con esta bienaventuranza: «Dichosos los que van por el camino perfecto, los que caminan en la ley del Señor». El judío piadoso oraba diciendo: «Enséñame, Señor, el camino de tus preceptos, y los guardaré fielmente» (Sal 119,33). Nueve veces formula el fiel en ese Salmo esta súplica: «Enseñame tus preceptos». Era verdad que Jesús enseñaba con verdad el camino de Dios. Es más, enseñaba ese camino revelandose a sí mismo: «Yo soy el camino... Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Pero esto es lo que los fariseos, confabulados con los herodianos, no creían y, por eso, eran hipócritas.

He aquí la trampa: «Dinos qué te parece, ¿está permitido pagar tributo al César o no?». La pregunta es capciosa. Pero seguramente era una pregunta corriente en ese tiempo, aunque nadie se atrevía a responder sí o no. Quieren que Jesús lo haga, porque –dicen ellos– él enseña la verdad sin temor de nadie. Si respondía afirmativamente habría aprobado que el pueblo de Dios pagara tributo a un pueblo pagano en el que se practicaba la idolatría. En este caso, se habría considerado que él estaba contra la ley de Dios. Por otro lado, si respondía negativamente se exponía a ser acusado de sedición. Roma ha sido uno de los estados más totalitarios que ha habido y sofocaba cualquier oposición. De hecho, Jesús murió en la cruz –suplicio romano– con esta acusación falsa: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César» (Jn 23,2).

Jesús no responde inmediatamente, sino que antes pide: «Muestrenme la moneda del tributo». Le mostraron un denario, es decir, una moneda romana, signo de la dominación del César. Jesús, aunque lo sabía bien, pregunta: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ya han caído ellos en su propia trampa, pues se ven obligados a responder: «Del César». Es como decir: esta moneda es el signo odioso de su dominación y de su idolatría. Hay que considerar que la ley de Dios prohibía a los judíos hacerse imágenes: «No te harás escultura ni imagen alguna...» (Deut 5,8) y ellos continuamente tenían en sus manos esa imagen. La respuesta de Jesús es un mandato a repudiar todo eso: «Devuelvan al César lo que es del César». Jesús escapó de la trampa, pues de esa manera, como efecto secundario, quedaba pagado el tributo. El efecto primario de la respuesta de Jesús es un mandato a no tener colaboración con el César en nada de lo que se oponga a la ley de Dios.

La respuesta pudo terminar allí. Pero la finalidad religiosa de la respuesta de Jesús queda resaltada con lo que él agrega como frase paralela: «Y (devuelvan) a Dios lo que es de Dios». Lo que es del César tiene su imagen. Lo que es de Dios tiene la imagen de Dios. Lo único sobre la tierra que tiene la imagen de Dios es el ser humano. En efecto, «creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó» (Gen 1,27). Cada ser humano se debe a Dios, porque tiene impresa su imagen, y también la unión del hombre y la mujer, porque también en esa unión, que es ya una sola cosa, está impresa la imagen de Dios. Las uniones homosexuales están fuera de la intención creadora, nunca serán una sola cosa, y no tienen impresa la imagen de Dios. Esperamos que nunca sean entre nosotros una imposición del César.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles