Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Octubre del 2011

Mt 22,1-14
Inviten al banquete a todos

En todas las épocas y latitudes la imagen de un banquete de exquisitos manjares y excelentes vinos está asociada a la alegría y a la celebración de eventos felices. Era de esperarse que la alegría y felicidad plenas, en que consiste la salvación del ser humano, fuera representada por un banquete ofrecido por el mismo Dios. Así lo hace el profeta Isaías, anunciando: «En este monte, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un banquete de manjares frescos, un banquete de buenos vinos, de manjares suculentos, de vinos generosos». Todo lo que pueda empañar la felicidad del ser humano será suprimido: «El Señor destruirá la muerte para siempre y enjugará las lágrimas de todos los ojos». Entonces se reconocerá que es obra de Dios, diciendo: «Ahí está nuestro Dios, de quien esperabamos la salvación... ¡Alegremonos y regocijemonos de su salvación!» (Is 25,6-10).

Lo más notable de esta profecía, pronunciada siete siglos antes de Cristo, no es que se represente la salvación como un banquete preparado por Dios, sino que ese banquete sea ofrecido «para todos los pueblos», sin distinción. ¿Cómo encontró cumplimiento esta extensión universal de la salvación, siendo claro que el Salvador había sido prometido por el mismo Dios a Israel, su pueblo, como lo celebra Zacarías, al padre de Juan Bautista, diciendo: «Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitandonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas» (Lc 1,68-70)?

Mediante la parábola de los invitados el banquete nupcial, que leemos en el Evangelio de hoy, Jesús trata de explicar lo increíble, a saber, que los primeros destinatarios de la Salvación, aquellos que la habían esperado durante siglos, llegado el momento, la rechazaron.

«El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Digan a los invitados: "Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda". Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron». El banquete ya preparado no podía quedar sin comensales. El rey entonces ordena a sus siervos: «Vayan a los cruces de los caminos y, a cuantos encuentren, invitenlos a la boda». El resultado es que fueron invitados todos, «buenos y malos» y «la sala de bodas se llenó de convidados».

Para ser invitado al banquete de bodas del hijo de un rey hay que tener cierto rango que haga digno de esa invitación. En cambio, la invitación al banquete de la salvación es enteramente gratuita. El rey afirma respecto a los primeros invitados: «Los invitados no eran dignos»; pero tampoco son dignos los demás, nadie es digno. La salvación es un don de Dios que el ser humano no puede alcanzar por sus propios méritos. Pero tiene que poner todo de su parte. Esto es lo que representa el agregado final relativo al invitado que no se vistió del traje de boda: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?».

Ese traje de boda que permite gozar de la salvación y encontrarse bien vestido en el banquete del cielo se recibe en el Bautismo. Como parte de la celebración de ese Sacramento, el bautizado recibe una vestidura blanca con estas palabras: «N. eres ya una nueva creatura y te has revestido de Cristo. Que esta vestidura blanca sea para ti signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna». La salvación es un don de Dios que supera todo mérito humano; pero exige el compromiso de una vida coherente con la dignidad de cristiano e hijo de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles