Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Octubre del 2011

Mt 21,33-43
Dar los frutos que Dios espera

«Escuchen otra parábola». Con estas palabras introduce Jesús una segunda parábola, a continuación de la que leíamos el domingo pasado, que tiene como objetivo explicar por qué, siendo Jesús el Rey Ungido prometido como Salvador para Israel, ahora Dios ha adoptado para sí otro pueblo, que tiene dimensiones universales. Los términos de la alianza establecida por Dios con Israel se resumen en esta fórmula: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33). Pero esta alianza fue rota por Israel, como fue denunciado por los profetas, que entonces comenzaron a anunciar el establecimiento de una alianza nueva y eterna, que ya nada podría romper. En esta alianza se ha comprometido Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre y todos los seres humanos adoptados en Cristo como hijos de Dios. Es la alianza eterna entre Dios y su Pueblo universal que es la Iglesia.

El Catecismo presenta este desarrollo de manera sintética: «La preparación lejana de la reunión del pueblo de Dios comienza con la vocación de Abraham, a quien Dios promete que llegará a ser Padre de un gran pueblo. La preparación inmediata comienza con la elección de Israel como pueblo de Dios. Por su elección, Israel debe ser el signo de la reunión futura de todas las naciones. Pero ya los profetas acusan a Israel de haber roto la alianza y haberse comportado como una prostituta. Anuncian, pues, una Alianza nueva y eterna. Jesús instituyó esta nueva alianza» (N. 762).

En la parábola presentada por Jesús se trata de una viña cuidada con gran esmero por su dueño: «La rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó». Los oyentes conocen bien la profecía de Isaías en la cual se trata también de una viña verdaderamente amada por su dueño: «Mi amigo tenía una viña en un fértil terreno. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agraces». La conclusión de esta profecía es un fuerte reproche a Israel: «La viña del Señor de los Ejércitos es la Casa de Israel y los hombres de Judá son su plantación deliciosa» (Is 5,1-2.7).

En su momento el dueño de la viña manda a sus servidores a percibir los frutos. Pero –sigue diciendo Jesús– «los labradores agarraron a los siervos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron, a otro lo apedrearon. De nuevo envió otros servidores en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera». El punto culminante de la parábola es la deliberación del dueño de la viña que se decide a mandar a su propio hijo: «A mi hijo lo respetarán». Pero contra el heredero los labradores se ensañaron más que con todos los anteriores: «Lo agarraron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron». Jesús está presentando de manera dramatizada la historia de Israel: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Cuando Jesús pregunta: ¿Qué hará el dueño de la viña con esos labradores?, la conclusión la sacan los mismos oyentes: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le den los frutos a su tiempo».

Hasta aquí la parábola. Pero Jesús hace su aplicación a la situación concreta: «Por eso les digo: Se les quitará a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que rinda sus frutos». El Reino de Dios es la Persona misma de Jesucristo. Él es el Hijo que estaba siendo rechazado por los sumos sacerdotes y escribas de Israel, que entonces tenían la autoridad religiosa y política (la escasa que les quedaba bajo la dominación romana). Por eso, de paso, Jesús agrega la interpretación de una sentencia del Salmo 118, a la cual hasta entonces no se le encontraba una aplicación: «La piedra que los constructores desecharon, se ha convertido en piedra angular; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos» (Sal 118,22-23). Los constructores demuestran su máxima incompetencia rechazando precisamente la piedra en la cual todo el edificio se funda. Esto es lo que les reprocha San Pedro el día de Pentecostés: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes han crucificado» (Hech 2,36).

La salvación consiste en acoger en la propia vida a Jesucristo como Hijo de Dios y Señor y estar incorporado al Pueblo de Dios que es la Iglesia, de la cual Dios espera frutos de santidad.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles