Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de del 2011

Mt 21,28-32
Arrepentirse y cumplir la voluntad de Dios

Los discípulos de Jesús, que creyeron en él y por eso lo siguieron, tenían que enfrentar un difícil problema: ¿Por qué no creyeron en Jesús los sumos sacerdotes y los escribas, que ciertamente conocían las intervenciones de Dios en la historia de Israel y las promesas, hechas por medio de los profetas, de una intervención salvífica definitiva de Dios por medio de un enviado suyo? ¿Por qué los que primero debían haber creído no creyeron? Es la pregunta que desconcertaba a los contemporáneos de Jesús: «¿Acaso ha creído en él alguno de los principales o algún fariseo?» (Jn 7,48). No se sabía qué pensar sobre Jesús. Puede ser cierto que ningún fariseo haya creído en él. Pero respecto de los principales del pueblo el mismo evangelista Juan nos informa: «Aun entre los principales, muchos creyeron en él; pero, por los fariseos, no lo confesaban, para no ser excluidos de la sinagoga» (Jn 12,42).

Por medio de la parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar a la viña Jesús intenta explicar ese problema. Lo hace en relación a la acogida que tuvo el Reino de los cielos, es decir, su propia Persona. Pero, como un caso particular, indica la acogida dispensada a Juan el Bautista, diciendo a los Sumos Sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Porque vino a ustedes Juan por camino de justicia, y no creyeron en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y ustedes, ni viéndolo, se arrepintieron después, para creer en él».

La parábola está dirigida a los Sumos Sacerdotes y escribas, que indignados porque en su entrada a Jerusalén Jesús fue aclamado por la multitud como «Hijo de David» (cf. Mt 21,9.15) y porque durante los días pasados en la ciudad enseñaba en el templo, le preguntan: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?» (Mt 21,23). ¡Los que son autoridad en materias religiosas no saben con qué autoridad enseña el que es la Verdad! Los que son considerados sabios en estas materias, llegado el momento, no saben! En cambio, los humildes pescadores y campesinos de la Galilea y algunos publicanos y mujeres pecadoras, que supuestamente no saben nada de esos temas, llegado el momento, creen en Aquel que es la Verdad.

Representando esta incongruencia, Jesús pregunta: ¿Quién les parece que, en definitiva, hizo la voluntad del padre: el hijo que en un primer momento se negó a hacerla, pero después se arrepintió y la hizo, o el hijo que respondió con prontitud que la haría, pero después no la hizo? La respuesta es obvia. La voluntad del padre la hizo el que primero se negó, pero después se arrepintió y fue. Es el caso de muchos en el Evangelio: la mujer pecadora pública que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas de arrepentimiento y los secó con sus cabellos (cf. Lc 7,36-50); la mujer adúltera a quien Jesús dijo: «En adelante no vuelvas a pecar» (cf. Jn 8,3-11); María Magdalena de quien Jesús expulsó siete demonios y después fue la principal de las seguidoras de Jesús (cf. Lc 8,2; Zaqueo el publicano, que como prueba de su arrepentimiento promete dar a los pobres la mitad de todos sus bienes y restituir cuatro veces más a todo el que haya defraudado (cf. Lc 19,1-10); Mateo el publicano que se transformó en apóstol del Señor y autor del texto que estamos leyendo (cf. Mt 9,9; 10,3); el buen ladrón, que reconoce merecer la pena de muerte por sus muchos crímenes y a quien Jesús promete: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (cf. Lc 23,39-43); Pedro mismo, que dice a Jesús: «Apartate de mi, Señor, que soy un pecador» (Lc 5,8); etc. A la vista de estos casos y de muchos otros, Jesús concluye: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas entran antes que ustedes al Reino de Dios».

Nadie puede recibir la salvación aportada por Cristo con su muerte en la cruz, si no se reconoce pecador y necesitado del perdón de Dios, si no se arrepiente y cambia de vida. Lo resume bien San Pablo en su primera carta a Timoteo: «Es digna de fe y de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo» (1Tim 1,15). San Pablo es un fariseo que creyó en Cristo. No está, por tanto, en el caso de ninguno de los dos hijos de la parábola, pues se trata de un hijo que dijo: «Voy» y, en definitiva, fue. Se trata de uno que era intachable en cuanto a la ley y que aventajaba a todos en el judaísmo; pero habiendo conocido a Cristo inmediatamente lo siguió y dedicó el resto de su vida a ser su apóstol (cf. Fil 3,5-9).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles