Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Abril del 2011

Mt 26,14-27,66
El Hijo de Dios me amó

La celebración de este Domingo de Ramos comienza con la representación de la entrada de Jesús en Jerusalén aclamado por la multitud que agitaba ramos a su paso. En esta parte de la acción litúrgica se lee el Evangelio que relata ese hecho (Mt 21,1-11). La procesión de los fieles que acompañan al sacerdote llega hasta el pie del altar y comienza la celebración de la Eucaristía dominical. El Evangelio propio de esta Eucaristía es la Pasión de Jesús que se dramatiza leyendola a varias voces. Este año la leemos según el evangelista San Mateo (ciclo A).

Un punto clave que atraviesa ambas lecturas del Evangelio es el de la identidad de Jesús. Cuando Jesús hace su entrada a la ciudad santa montado en un asna y un pollino la gente que lo acompaña extiende sus mantos y ramas de los árboles a su paso y lo aclaman: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Toda Jerusalén se agitó preguntando: «¿Quién es este?». Los que acompañan a Jesús responden: «Este es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea». Tal vez nos extrañe a nosotros oír definir a Jesús como un profeta, pero esto es lo que pensaba sobre él la gente. Recordemos que cuando él pregunta a sus discípulos cuál es la opinión que tiene la gente sobre él, la respuesta es: «Juan Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas» (Mt 16,14), en definitiva, siempre un profeta. Lo mismo responde el ciego de nacimiento a quien Jesús dio la vista cuando le preguntan sobre él: «Es un profeta» (Jn 9,17). La misma opinión tienen los discípulos de Jesús que caminan con él hacia Emaús: «Jesús el Nazareno: un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19).

La identidad de Jesús se precisa más durante el juicio al que es sometido ante el Sanhedrín. En este tribunal judío se sientan los sumos sacerdotes y los ancianos de Israel, que tienen un mayor conocimiento de los temas religiosos. El juicio estaba fracasando, porque los testimonios eran discordantes y, ante los cargos que le hacen, Jesús permanece en silencio. Entonces el Sumo Sacerdote de turno, que preside el tribunal, lo arriesga todo preguntando a Jesús abiertamente: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, al Hijo de Dios». Decimos que lo arriesga todo, porque si Jesús permanece en silencio, no habría habido sentencia. Pero ante esa pregunta solemne él responde: «Tú lo has dicho. Es más, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder, viniendo sobre las nubes del cielo». Con esta respuesta Jesús está aplicando a sí mismo el texto más mesiánico del Antiguo Testamento y el más citado en relación a él en el Nuevo Testamento: «Oráculo del Señor (YHWH) a mi Señor: “Sientate a mi derecha...” (Sal 110,1). Jesús declara que él, en su forma encarnada, es decir, como verdadero hombre –esto es lo que expresa su autodenominación de «Hijo del hombre»– es el Hijo de Dios y por eso le corresponde estar al mismo nivel que Dios: «Sentado a la derecha del Poder». Los presentes entendieron el sentido de sus palabras, pero no las aceptaron. Por eso el Sumo Sacerdote rasgó sus vestimentas diciendo: «Ha blasfemado». Ya no se necesitaba el concurso de testigos y sentenciaron: «Es reo de muerte».

La identidad de Jesús ha sido expresada claramente. Él, el Hijo del hombre, es el Hijo de Dios; es verdadero Dios como su Padre y verdadero hombre como nosotros. Pero faltaba todavía alguien que lo reconociera. Esto le correspondió al más inesperado, ¡a unos paganos! El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver lo ocurrido cuando Jesús murió, dijeron: «Verdaderamente, este era Hijo de Dios». Nuestra propia reacción al contemplar hoy estos hechos que nos obtuvieron la salvación no puede ser otra que la de San Pablo: «Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gal 2,20), y conducir una vida coherente con esa fe.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles