Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de del 2011

Mt 20,1-16
Por gracia han sido salvados

En el Evangelio de este domingo Jesús nos presenta una parábola que introduce con la fórmula habitual: «El Reino de los cielos es semejante a...». En la enseñanza que él propone por medio de esa parábola está cumpliendo su misión que en el Prólogo del IV Evangelio se resume así: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). Por medio de esta parábola de los obreros enviados a trabajar a la viña, Jesús nos «cuenta» a Dios. En este caso particular, quiere hacernos comprender que siendo Dios quien es y siendo nosotros quienes somos, la relación entre Él y nosotros no puede darse sino en el ámbito de la gratuidad.

«El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña». Para obtener la enseñanza de estas parábolas no tenemos que buscar una semejanza material con cada uno de los elementos que se mencionan. La semejanza no es con ese propietario, ni con los obreros que contrató, ni con la viña a la cual debían ir a trabajar; la semejanza es con toda la historia narrada y, sobre todo, con su conclusión. Por su parte la expresión «Reino de los cielos», que Jesús usó con tanta frecuencia, es equívoca –si así se puede definir–, porque no corresponde con lo que nosotros entendemos por «reino» o «reinado». Esa expresión corresponde al misterio de Dios que salva al mundo por medio de Jesucristo; esa expresión corresponde al misterio del Hijo de Dios encarnado y enviado al mundo para salvarlo. Es de esto de lo que se está hablando con la expresión «Reino de los cielos». San Pablo la usa poco; pero, en cambio, expresa su realidad con toda precisión al afirmar: «Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo» (2Cor 5,19).

Al leer la historia presentada por Jesús se observa que entre los obreros de la primera hora y todos los demás, sobre todo, los de la última hora, hay una diferencia. Los de la primera hora acordaron con el dueño de la viña un salario –un denario al día– y, por tanto, ellos estaban en condición de exigir ese pago. Lo recuerda el dueño al final: «Amigo... ¿no te acordaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete». Era lo suyo, pues se lo habían ganado con su esfuerzo. Los de la última hora, en cambio, no acordaron con el dueño ningún salario y esperan que les retribuya lo que él quiera, confiando en su bondad. Éstos recibieron mucho más que lo merecido con su esfuerzo. Éstos recibieron un regalo, un don gratuito. En el primer caso está representada la mentalidad judía que cifra la salvación en el esfuerzo propio por cumplir la ley. En el segundo caso está representada la mentalidad cristiana que cifra la salvación no en el propio esfuerzo, sino en el sacrificio de Cristo, y la recibe como un don inmerecido, como pura gracia.

Bien entendió San Pablo la diferencia entre la mentalidad judía y la fe cristiana, pues él, al convertirse, pasó de una a otra. San Pablo afirma que la salvación no es un salario que se concede al esfuerzo humano, pues su valor es infinito. La salvación es siempre un don gratuito que supera todo esfuerzo humano. El ser humano no estará nunca en situación de poder exigir de Dios la salvación; la salvación es siempre una gracia y así debe recibirse de Dios: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amo, estando nosotros muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia ustedes han sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús... Ustedes han sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de ustedes, sino que es un don de Dios» (Ef 2,4-6.8).

La única actitud coherente con ese don es la Acción de gracias, la Eucaristía, por medio de la cual reconocemos el don recibido y lo agradecemos debidamente, porque el mismo Cristo se asocia a nosotros. La escasa participación de los católicos en la Eucaristía dominical es signo de que se tiene con Dios una relación comercial, como aquellos obreros de la primera hora, que no tienen nada que agradecer al dueño de la viña. Pero ellos no quedaron felices con «lo suyo».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles