Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 11 de del 2011

Mt 18,21-35
Perdonanos... como nosotros perdonamos

El Evangelio de hoy se abre con una pregunta que Pedro dirige a Jesús: «Si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo, hasta siete veces?». Antes de examinar la respuesta de Jesús, examinemos el presupuesto: ¿Puede un hombre pecar contra otro hombre? ¿Puede un hombre perdonar el pecado?

En la revelación bíblica el pecado es siempre una ofensa contra Dios, no contra el hombre. La ofensa contra otro hombre puede ser un pecado, pero adquiere esa condición cuando esa misma acción es ofensa contra Dios. El primer pecado del ser humano, el pecado original, sobre cuyo modelo se comete todo pecado, fue una desobediencia a Dios y tuvo graves consecuencias, que están a la vista: «Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte» (Rom 5,12).

Tal vez el texto más explícito del Antiguo Testamento sobre la mortífera realidad del pecado es el Salmo 51. En ese Salmo el rey David suplica: «Ten piedad de mi, oh Dios, según tu misericordia; por tu inmensa compasión borra mi rebeldía; lavame a fondo de mi culpa y purificame de mi pecado» (Sal 51,3-4). ¿De qué pecado pide ser purificado? David ha cometido un crimen horrible contra Urías el hitita; ha cometido adulterio con la esposa de Urías, Betsabé, y luego ha hecho matar a Urías para que no quede en evidencia su abuso. Pero esta acción deleznable no es considerada un «pecado» contra Urías; es un pecado contra Dios, como se lo enrostra el profeta Natán: «¿Por qué has menospreciado al Señor haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya...?». David reconoce: «He pecado contra el Señor» (2Sam 12,9.13). Y en su canto de arrepentimiento continúa: «Contra ti, sólo contra ti, pequé e hice lo malo a tus ojos» (Sal 51,6). El pecado es una acción de maldad infinita, porque ofende a Dios. Por eso ningún ser humano puede perdonarlo, como bien afirman los escribas del tiempo de Jesús: «¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (Mc 2,7; Lc 5,21). La infinita gravedad del pecado queda en evidencia también por la grandeza del remedio que exigió: la muerte de Cristo en la cruz. En cambio, las ofensas que cometemos los hombres unos contra otros no llegan a tanto, si no son, al mismo tiempo, ofensas contra Dios.

El Catecismo enseña: «Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios... » (N. 386). El pecado es, entonces, un rechazo y una oposición a Dios.

El domingo pasado el Evangelio nos presentaba la norma que Jesús daba a sus discípulos para tratar el caso de un verdadero pecado: «Si tu hermano peca...». En este caso, hay que hacer lo que hizo el profeta Natán, que consiguió la conversión de David.

En cambio, en la pregunta que hace Pedro a Jesús: «Si mi hermano peca contra mí...», él usa el término pecado de manera impropia. No se trata de verdadero pecado, porque Pedro asume que él mismo lo pueda perdonar; se trata de las ofensas con que los seres humanos nos ofendemos unos a otros. Si estas ofensas no alcanzan a ser verdaderos pecados, entonces, en comparación con el pecado, son minucias y las podemos perdonar nosotros mismos. ¡Y hay que hacerlo siempre: «Hasta setenta veces siete»! Y, si llegan a ser pecado, como el crimen de David contra Urías, en cuanto son ofensa contra nosotros, también debemos perdonarlas. El pecado no podemos perdonarlo nosotros. Éste exige el arrepentimiento y lo perdona sólo Dios.

Todo esto lo expresa Jesús de manera insuperable en la parábola que propone a continuación. En esa parábola la deuda que tiene el siervo con su señor: 10.000 talentos, comparada con la cantidad que le debe a él su compañero y que él no perdonó: 100 denarios, es como la comparación entre el verdadero pecado que ofende a Dios y las ofensas con que nos ofendemos los seres humanos, es la comparación entre lo infinito y lo limitado, entre el Creador y las creaturas. Es muy triste ver en nuestra sociedad cuántas de estas pequeñas ofensas y rencillas quedan sin perdonar.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles