Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 04 de del 2011

Mt 18,15-20
Cristo en medio de nosotros

El Evangelio de hoy está tomado del discurso eclesiástico, así llamado, porque Jesús da normas para la vida de la Iglesia y también, porque en este texto Jesús usa dos veces el término «Iglesia». En todo el Evangelio el término Iglesia se usa solamente tres veces y siempre en boca de Jesús. La otra instancia es muy significativa: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).

Nuestro término castellano «Iglesia» es la traducción de la palabra latina «ecclesia», que a su vez es adoptada, sin traducir, del griego «ekklesia». Esta es la palabra original del Nuevo Testamento que, como sabemos, fue escrito en griego, por ser la lengua común del área geográfica en que comenzó a difundirse el Evangelio. Pero Jesús no hablaba en griego. Él hablaba en arameo. ¿Qué palabra usó él? No sabemos. Pero hay un modo de deducirlo, recurriendo al Antiguo Testamento griego (la llamada versión de los Setenta, la LXX), que es la versión que usaron los apóstoles y demás escritores sagrados del Nuevo Testamento. En la LXX la palabra griega «ekklesía» traduce la palabra hebrea «qahal» que significa «asamblea», generalmente usada en la expresión «qehal Yahweh», «asamblea del Señor». Jesús debió usar el equivalente arameo de la palabra hebrea «qahal». Pero esta palabra la LXX no sólo la traduce al griego por «ekklesía», sino también por otra palabra griega: «synagoghé», que esencialmente significa lo mismo que «ekklesía». El lenguaje no admite ambigüedad. Por eso, los discípulos de Cristo se apropiaron de la palabra «ekklesía» para llamar a su propia comunidad cristiana y dejaron la palabra «synagoghé» para designar la comunidad de los judíos. Por eso Mateo, que escribe en griego, pone en boca de Jesús la palabra «ekklesía». Este es el uso que observamos en el Nuevo Testamento y que se ha impuesto hasta hoy.

Jesús da normas sobre el modo de proceder ante un hermano, es decir, un miembro de la Iglesia, que peca: «Si tu hermano peca, reprendelo a solas tú con él». El pecado es una conducta contraria a la ley de Dios que rompe la amistad del hombre con Dios y excluye de la salvación eterna. No es una cosa leve y carente de importancia. Su gravedad la hace ver Jesús en una serie de recomendaciones de este tenor: «Si tu ojo derecho te escandaliza (te hace caer en pecado), arrancatelo y arrojalo lejos de ti; pues te conviene que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno...» (Mt 5,29-30; 18,8-9). El pecado pone, entonces, en esa situación. Es obligación para el cristiano procurar por todos los medios que el pecador se arrepienta y enmiende. El procedimiento sigue: «Si no te escucha toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si los desoye a ellos, dilo a la Iglesia y, si desoye a la Iglesia, sea para ti como un pagano o un publicano». Cuando la Iglesia declara que una conducta excluye de la comunión con ella, eso queda sancionado en el cielo por Dios: «En verdad, les digo: todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo».

¿Qué importancia tiene la comunión con la Iglesia? Esa importancia está expresada por la sentencia, formulada por los padres de la Iglesia y repetida hasta hoy como verdad firme: «Extra Ecclesiam nulla salus» (Fuera de la Iglesia no hay salvación). El Catecismo da este título a uno de sus párrafos y lo explica citando la Constitución dogmática sobre la Iglesia (LG 14) del Concilio Vaticano II: «El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella» (N. 846). Jesús garantizó su presencia permanente en su Iglesia al asegurar: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». No tenemos que estar añorando su presencia, porque lo tenemos con nosotros en medio de su Iglesia, a la cual nos alegramos de pertenecer.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles