Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 19 de Noviembre del 2017

Mt 25,14-30
Entra en el gozo de tu Señor

El Evangelio de este Domingo XXXIII del tiempo ordinario nos propone la parábola de los talentos. Es la segunda parábola del Capítulo XXV de San Mateo, que se refiere a la venida final de Cristo. La primera es la parábola de las diez vírgenes que esperan al Esposo, que leímos el domingo pasado. La enseñanza de Jesús sobre este tema fue motivada por la pregunta de sus discípulos: «¿Cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?» (Mt 24,3). La coincidencia de ambos eventos –la venida gloriosa de Cristo y el fin del mundo– es una verdad revelada.

Muchos historiadores se dedican al estudio de los hechos pasados de la humanidad y tratan de establecer sus causas y su sucesión en el tiempo. Nadie puede dedicarse, en cambio, al estudio de los hechos futuros, pues aún no existen. De esos hechos, a lo más, puede hacerse una proyección hipotética. Conocemos, sin embargo, porque nos ha sido revelado, el hecho futuro último, el hecho que pondrá fin a la historia humana y al correr del tiempo actual. Ese evento final es la venida de Cristo. Si esta es la meta hacia la cual tiende toda la historia humana, entonces todo adquiere sentido a la luz de ese hecho. Vivir en este mundo sin atención al hecho final definitivo es vivir en el sin-sentido. Un buen historiador debería poder deducir que todos los males que sufre la humanidad se derivan de esa despreocupación. Jesús espera que sus discípulos sean capaces de discernir: «Al atardecer ustedes dicen: "Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego", y a la mañana: "Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío". ¡Saben discernir el aspecto del cielo!; y ¿no pueden discernir los signos de los tiempos?» (Mt 16,2-3).

Con la parábola de las diez vírgenes, Jesús hace para nosotros ese discernimiento: nuestra vida en este mundo debe transcurrir en el amor de Cristo, cuya venida cierta debemos esperar, como la esposa espera a su Esposo amado. Con la parábola de los talentos, que leemos este domingo, Jesús nos enseña que nuestra vida en este mundo debe transcurrir como la de los siervos a quienes, al partir, su señor ha encomendado una misión que cumplir hasta su regreso. Todo ser humano tiene una misión de la cual deberá dar cuenta.

«Es como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó». Deliberadamente, Jesús indica cantidades inmensas de dinero. En efecto, un talento es una medida de peso, equivalente a 37 kg aprox. Cuando se traslada al campo de los bienes, un talento es una cantidad de monedas de oro que pesan 37 kg. Esos siervos han recibido, entonces, respectivamente, 185, 74 y 35 kg de oro, toda la hacienda de su señor. Viendose en poder de toda esa riqueza, que pertenece a su señor, la primera y única pregunta es ¿qué hacer con ella? ¿Qué espera el señor de ellos, de manera que, cuando regrese, los recompense? En la parábola Jesús indica dos posibles actitudes: «El que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente, el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor». Claramente, a los primeros interesa la hacienda de su señor, que la toman como propia, y la hacen fructificar con su trabajo. Al tercero no le interesan los bienes de su señor y se desentiende de ellos.

Todos habríamos reaccionado como lo hizo el señor de esos siervos al regresar. Al primero, que le presentó una ganancia del 100%, lo felicitó y le dio la recompensa más grande imaginable para un siervo, que consiste en ponerlo a su mismo nivel: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho: entra en el gozo de tu señor». Y lo mismo dijo al segundo, que obtuvo la misma ganancia. Al tercero, en cambio, que obtuvo una ganancia 0% y que trata de justificarse, reprochando a su señor ser exigente y cosechar donde no ha sembrado, dijo: «Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitenle su talento y denselo al que tiene diez talentos». Queda en evidencia la inoperancia de este siervo, pues si el señor hubiera dado ese talento al primero o al segundo siervo, ellos lo habrían hecho rendir el 100% y ahora tendría un talento más.

Como hemos dicho, con esta parábola Jesús nos enseña que durante nuestra vida en esta tierra todos tenemos una misión que cumplir. Cuando Jesús dejó la escena de este mundo encomendó a sus discípulos una misión: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos bautizandolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñandoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20). Está clara la misión; pero, ¿cuáles son los bienes? Los bienes que nos ha encomendado son los que él adquirió con su muerte en la cruz al precio de su sangre. Son bienes de valor infinito. Estamos hablando de la vida divina y la condición de hijos de Dios, que se comunica a los hombres por medio del Bautismo, y de las palabras de vida eterna, que sólo él comunicó al mundo y que nosotros hemos recibido. Contamos, además, con su permanente asistencia: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». Todo cristiano debe entender su vida en este mundo como quien tiene la misión de transmitir a otros esos bienes infinitos que él ha recibido. El Señor vendrá y nos pedirá cuenta de su administración. Que su sentencia sea: «¡Bien, siervo bueno y fiel... Entra en el gozo de tu Señor!». Se trata de la felicidad plena y eterna. Nada mayor podemos imaginar.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles