Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 28 de del 2011

Mt 16,21-27
La fuerza del amor

En el Evangelio del domingo pasado leíamos la declaración que hacía Pedro, en representación de los Doce, acerca de la identidad de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Esta respuesta tiene dos partes, la segunda es explicación de la primera. Jesús aceptó esta respuesta como exacta en sus dos partes diciendo a Pedro: «Bienaventurado eres... porque esto no te lo han revelado carne y sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Jesús se había referido a Dios llamandolo «mi Padre» en varias ocasiones, por ejemplo, cuando dice: «No todo el que me diga: "Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21). También los apóstoles lo habían reconocido, cuando lo ven caminar sobre el agua y calmar la tormenta: «Verdaderamente, eres Hijo de Dios» (Mt 14,33). Podemos afirmar entonces que lo novedoso en la respuesta de Pedro está en la primera parte: «Tú eres el Cristo». En la lengua que ellos hablaban sonaba así: «Tú eres el Ungido». ¿Qué quiere decir? ¿Quién es «el Ungido»? ¿Por qué Jesús «mandó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Ungido» (Mt 16,20)?

Tenemos que remontarnos a 1040 años antes, cuando Dios estableció para su pueblo como rey a David. David fue elegido entre sus hermanos por medio de un acto profético, y el signo por el cual recibió la misión fue una unción: «Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el Espíritu del Señor» (1Sam 16,13). David es un ungido. Los Salmos atribuyen ese acto a Dios: «He encontrado a David mi servidor, con mi óleo santo lo he ungido; mi mano será firme para él, y mi brazo lo hará fuerte» (Sal 89,21-22). Este Salmo y otros del mismo tenor se cantaban muchos siglos después de David, incluso cuando Israel estaba sometido a otros pueblos, incluso en el tiempo de Jesús en que Israel estaba sometido a Roma. Y se esperaba que Dios cumpliera su promesa: «Allí (en Sión) suscitaré a David un fuerte vástago, aprestaré una lámpara a mi ungido; de vergüenza cubriré a sus enemigos, y sobre él brillará su corona» (Sal 132,17-18). Se esperaba que viniera este «vástago de David», este «ungido de Dios», que se ceñirá la corona y avergonzará a los enemigos de Israel. Cuando Pedro dice: «Tú eres el Cristo», afirma que es Jesús quien cumple esas profecías y espera que Dios realice en él lo prometido: «Mi brazo lo hará fuerte». Pero Jesús no nació como un rey –nació en un pesebre– y su aspecto no era el de un rey. Por eso, la confesión de Pedro debió ser revelada por Dios.

Después de esa confesión de Pedro, «comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén». Hasta aquí todo calza, pues Jerusalén es la ciudad de David, donde él estableció su trono. Pero ya no calza con lo que Jesús agrega: «Allí tiene que sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día». ¡El Cristo, el Hijo de Dios, tiene que sufrir mucho y morir, tiene que entregar su vida! Este es el modo de pensar de Dios, esta es la fuerza de Dios, este es el medio por el cual Dios hará que el pecado y toda su secuela de muerte y destrucción se convierta en vida, bondad y belleza. Es la fuerza del amor: «Nadie tiene amor más grande, que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Bien lo entendió muchos años más tarde Juan: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él (Cristo) dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). El amor es esa fuerza de Dios que salva el mundo. El modo de pensar de los hombres, en cambio, es todo lo contrario; quiere cambiar el mundo por la fuerza humana, que muchas veces se transforma en violencia, como lo vemos a diario. Ese era el pensamiento de Pedro. Por eso no acepta que el Cristo tenga que morir: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!».

Jesús no sólo vivió él según el modo de pensar de Dios, sino que lo exige de sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». En nuestro país muchos se declaran cristianos; pero pocos son los que se niegan a sí mismos y confían más en la fuerza transformadora del amor, la que consiste en la entrega de la propia vida, según el modelo de Cristo: «El que pierda su vida por mí la encontrará».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles