Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Diciembre del 2017

Lc 1,26-38
El nacido santo será llamado Hijo de Dios

El Evangelio de este Domingo IV de Adviento nos presenta el momento en que aquel misterio, «mantenido en secreto durante siglos eternos» (Rom 16,25), tuvo su cumplimiento en el tiempo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). Los cristianos anhelaban saber en qué forma precisa ocurrió ese hecho, que da sentido a toda la historia humana. A esto responde Lucas con el relato de la Anunciación.

Todo parte de Dios: «Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel... a una virgen». Este envío ocurrió seis meses después de la concepción de Juan, anunciada por el mismo ángel Gabriel a Zacarías: «Su mujer, Isabel, concibió» (Lc 1,24). Nos interesa la identidad de esa virgen, pues a ella se refiere San Pablo, cuando dice: «Nacido de mujer». En ese momento ella es «esposa de un hombre, llamado José, de la casa de David». Es esposa; pero el evangelista repite que es virgen: «El nombre de la virgen era María». Agrega este dato precioso de su nombre, ciertamente el más usado por las mujeres en la historia de la humanidad.

El mensaje merece el ministerio de un ángel. Ningún mensajero de esta tierra habría sido suficiente: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; concebirás en el seno y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». Es el anuncio de la concepción de un hijo. Esta concepción ocurrirá «en el seno», es decir, cerrada a toda intervención externa. El hijo anunciado será llamado con un doble nombre: «Jesús» e «Hijo del Altísimo», según su doble filiación: de Dios y de David.

El misterio admirable, que ningún profeta sospechó siquiera, es que Dios mismo, sin dejar de ser Dios, se haría hombre y uno de nuestra naturaleza humana y que esto ocurriría por su concepción en el seno de una mujer. A esto se refiere su nombre «Hijo del Altísimo». Que él sea también hijo de David, como lo anunciaron, en cambio, todos los profetas, parece natural, puesto que la virgen es esposa de un hombre expresamente definido como «de la casa de David». Y, sin embargo, en este punto ella encuentra un obstáculo, que se atreve a indicar: «María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”».

«No conozco varón» es la expresión de un propósito de virginidad que María está decidida a mantener, a pesar de lo anunciado: «Darás a luz un hijo». Ella, que es «la esclava del Señor», y que actúa en todo según su voluntad, tiene la certeza de que Dios se lo pide. Dios no puede pedir dos cosas contradictorias y por eso, el ángel concuerda con ella y le explica el modo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el nacido santo será llamado Hijo de Dios». Esta última frase es de difícil traducción. El adjetivo «santo» califica el modo de ser concebido y nacer, a saber, virginalmente y por obra del Espíritu Santo.

En el Israel de ese tiempo era posible que un hombre tuviera un propósito de virginidad, como es el caso de Juan Bautista, de San Pablo y, sobre todo, del mismo Jesús. Pero era imposible que una mujer pudiera hacer un voto de virginidad. Para esto se requería la autorización de sus padres. Y ellos no la daban, porque la virginidad era entendida como un oprobio, que ningún padre quería para su hija. No hay ningún caso en la Escritura. El único modo en que una mujer pudiera mantener un propósito de virginidad era casandose con un hombre que respetara ese propósito, pues una vez casada, la mujer pasaba bajo la autoridad de su esposo. Es el caso de José quien, en consecuencia, tiene el mismo propósito, también inspirado por Dios. Acerca de él se acentúan dos circunstancias: que es esposo de María y que es de la casa de David. De esta manera resulta que el Hijo de María, concebido en su seno y nacido virginalmente, es hijo de David, por vía de José: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre».

No era necesario demostrar a María que nada hay imposible para Dios. ¡Ella lo sabe! Pero el ángel lo agrega para preparar el episodio siguiente, que es la visita de María a Isabel: «Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque nada hay imposible para Dios». Respecto de Isabel dos veces repite el ángel simplemente «concibió... ha concebido», porque su concepción no es «en el seno», sino natural, por relación con varón.

La vocación de María es única. Y, sin embargo, ella no teme singularizarse, cuando se trata de responder a Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Esta respuesta es la que desencadenó la Encarnación del Hijo de Dios y la salvación del género humano. Es el modelo de toda vocación de consagración a Dios. En nuestro tiempo Dios llama a muchos jóvenes al sacerdocio y a la vida consagrada. Pero los jóvenes temen singularizarse: «¿Cómo voy a ser yo el único?». Dios ciertamente los llama a una vida singular; pero es la elección de Dios y los llama a imitar la entrega de su Hijo Jesús y de su Santísima Madre María.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles