Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de del 2017

Mt 18,15-20
Si te escucha, habrás ganado a tu hermano

El capítulo XVIII del Evangelio de San Mateo es uno de los cinco discursos en que el evangelista distribuye la enseñanza de Jesús, el así llamado «discurso eclesial». De las únicas tres veces en que aparece la palabra «Iglesia» en los cuatro Evangelios, dos aparecen en el Evangelio de hoy, como veremos. La otra está antes en este mismo Evangelio y es el texto fundamental de la misión que Jesús encomienda a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). En este discurso eclesial el evangelista reúne diversas normas que da Jesús para la vida comunitaria de sus discípulos.

El Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario comienza con una frase condicional: «Si tu hermano peca...». Lo primero que debemos procurar es obtener el texto auténtico, tal como salió de la pluma del evangelista. Hay algunos manuscritos antiguos del Evangelio de Mateo en que se lee: «Si tu hermano peca contra ti...». Pero hay otros igualmente antiguos e importantes que no contienen la cláusula: «Contra ti». Y hay que preferir éstos, porque esa cláusula sería un agregado tomado del episodio siguiente en que precisamente se trata de eso: «Pedro se acercó y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo lo perdonaré; hasta siete veces?"» (Mt 18,21).

En el Evangelio de este domingo se trata del pecado, tal como lo entiende la revelación bíblica. La originalidad de la revelación bíblica consiste en haber radicado la razón última del pecado directamente en la relación con Dios y no en la esencia de la naturaleza humana como hace la filosofía griega, sobre todo, la filosofía estoica. Según la revelación bíblica, el pecado es un concepto religioso que tiene como marco la relación del ser humano con Dios. Así lo expresa David: «Contra ti, sólo contra ti, pequé; cometí lo que es malo a tus ojos» (Sal 51,6). El pecado consiste en rechazar a Dios para afirmarse uno mismo. No debería existir el pecado en la comunidad cristiana, después que Jesús derramó su sangre para obtenernos el perdón; pero es posible, como tiene que asumirlo San Pablo escribiendo a la comunidad cristiana de Corinto: «Sólo se oye hablar de fornicación (porneia) entre ustedes, y una fornicación tal, que no se da ni entre los gentiles» (1Cor 5,1).

Se trata entonces de un cristiano, de «un hermano» que peca. ¿Qué debemos hacer en este caso? Para este caso tenemos un mandato de Jesús: «Anda reprendelo, a solas tú con él». En el mejor de los casos, el hermano reconoce su pecado y se arrepiente: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Pero existe la posibilidad de que rehúse y quiera obstinarse en su ruptura con Dios: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos». Ya queda poca esperanza de enmienda y Jesús contempla sólo el procedimiento para el caso en que siga rechazando la corrección fraterna: «Si los desoye a ellos, díselo a la Iglesia. Y si desoye también a la Iglesia, sea para ti como el gentil y el publicano».

Desoír a la Iglesia y obstinarse contra su enseñanza en materia moral tiene como efecto quedar ante ella como un pagano, un gentil. No será nunca un pagano, porque se trata siempre de un bautizado; pero la Iglesia deberá considerarlo como si no fuera bautizado. No puede, por tanto, participar de la vida de la Iglesia, no está en comunión con la Iglesia. Si en esta situación accede a la comunión eucarística, comete un pecado mayor, porque pone el signo del amor y la unión con Dios y con su Iglesia, cuando lo que existe en realidad es el rechazo y la ruptura con Dios y con su Iglesia. San Pablo lo expresa así: «Come y bebe su propia condenación» (1Cor 11,29).

La reconciliación con Dios es siempre posible y pasa siempre por la reconciliación con la Iglesia. Esto es lo que opera el Sacramento de la Penitencia, cuando el hermano que ha pecado confiesa a la Iglesia su pecado, con sincero dolor de haber ofendido a Dios y sincero propósito de enmienda. Por eso, la sentencia siguiente de Jesús expresa esa repercusión en el cielo, ante Dios, de la sentencia de la Iglesia en la tierra, sentencia condenatoria ante el pecador obstinado en su pecado (atar) o absolutoria ante el pecador arrepentido (desatar): «En verdad les digo: lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que ustedes desaten en la tierra quedará desatado en el cielo».

Por último, debemos agregar que este procedimiento ante el hermano que ha pecado es un mandato de Jesús: «Anda y reprendelo». Como todo mandato de Jesús, se funda en su mandamiento del amor. Reprender al hermano que ha pecado es una forma del amor a él, a quien vemos que se pierde a causa de su pecado. La comunidad, todos los hermanos, no pueden quedar indiferentes al ver que un hermano se aleja de Dios, que es la fuente de la vida y de todo bien. La comunidad no puede estar tranquila mientras haya un hermano que permanece en la muerte causada por el pecado. El pecado nuestro llevó a Jesús a morir en la cruz para volvernos de la muerte a la vida: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). El discípulo de Cristo debe hacer todo lo posible, siguiendo el procedimiento indicado por Jesús, para que el pecador se arrepienta y vida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles