Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de del 2017

Mt 16,21-27
Los pensamientos de Dios son el amor

Uno de los principales problemas que tuvo Jesús durante su vida terrena, y luego tuvieron los apóstoles y la comunidad cristiana de los orígenes, fue distanciarse de Israel en la idea que se habían formado sobre el «hijo de David» que había de venir, según la promesa hecha por Dios a su pueblo. El problema es que la idea que tiene Dios sobre su enviado y su misión, es decir, el Cristo real no coincide con la idea que se habían hecho los hombres. En varios puntos del Evangelio se observa esta discrepancia; pero tal vez el punto más crítico es el Evangelio de este Domingo XXII del tiempo ordinario. A eso se refiere Jesús, cuando dice a Pedro: «Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Los pensamientos de Pedro eran los mismos que los pensamientos de los demás apóstoles y los mismos que tenía Juan Bautista y los de todo el pueblo. Juan Bautista, que bautizó a Jesús en el Jordán, estando en la cárcel, oyó lo que se decía sobre la persona y la actividad de Jesús y no coincidía con lo que él esperaba. Por eso, le manda preguntar: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Natanael, a quien Jesús define como «un israelita de verdad en quien no hay engaño», da a Jesús los títulos que se daban en Israel al «Ungido del Señor» que se esperaba: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Pero no está entendiendo lo que esos títulos significan realmente. Por eso, Jesús se distancia y en su reacción, que se dirige a todos, adopta para sí un título nuevo, que no se daba al esperado: «En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,47.49.51). Por último, la gente en general, tenía sobre Jesús una idea elevada –Juan Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas–, pero no piensan que él sea el que se esperaba.

Por una revelación de Dios, Pedro confiesa que Jesús es el esperado, el Ungido de Dios prometido a Israel: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero la noción que él y los demás apóstoles tienen del Cristo es la de los hombres, no la de Dios. Por eso, inmediatamente, Jesús comienza una enseñanza nueva: «Desde entonces, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día». ¡Sufrir mucho... ser matado... que los ancianos, sumos sacerdotes y escribas tengan poder sobre el Cristo! Esto es más que lo que Pedro, según su fe de Israel, podía aceptar: «Tomandolo aparte Pedro, se puso a reprenderlo diciendo: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!"». Quiere imponer a Jesús la idea del Ungido (el Cristo) que, según él, es la que corresponde. Pero no es la que corresponde, según Dios. Está poniendo a Jesús una piedra de tropiezo (un escándalo) en su camino. Por eso, Jesús reacciona con una vehemencia, que nos sorprende. Esa vehemencia es una enseñanza; así hay que reaccionar contra quien nos quiera apartar de cumplir la voluntad de Dios. «¡Quitate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

¿Cuáles son los pensamientos de Dios? Podemos decir a priori que los pensamientos de Dios son el amor, y no tiene otros. Y Dios no tenía un modo más extremo de amarnos que la muerte de su Hijo en la cruz. Todo el amor expresado por Dios a los seres humanos hasta entonces, alcanzó en la cruz el punto supremo, como lo dice el evangelista Juan cuando comienza el relato de la Pasión: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Y lo enseña también San Pablo: «La prueba de que Dios nos ama es, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8).

Esos pensamientos de Dios deben ser adoptados por los discípulos de Cristo: «Entonces dijo Jesús a sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará"». Este es el criterio que debemos usar para discernir si nuestros pensamientos son los de Dios y si, de esta manera, somos verdaderos discípulos de Cristo. San Pablo tenía los pensamientos de Dios, que lo llevan a exclamar: «¡Lejos de mí gloriarme, sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6,14).

Nuestra sociedad, cuya consigna es el bienestar, ha excluido la cruz de Cristo. Se rige por los pensamientos de los hombres, que consisten en rehuir todo sufrimiento y «pasarlo bien». Pero, de esta manera, el amor es imposible, porque el amor consiste precisamente en negarse a sí mismo por el bien de los demás, sobre todo, para que los demás tengan vida, como lo hizo Jesús; él murió para que nosotros tuvieramos Vida. En nuestra sociedad se considera, en cambio, inconcebible que una madre pueda sufrir para que el hijo de sus entrañas tenga vida. Y sobre la base de ese pensamiento de hombres hemos aprobado una ley que permite eliminar en tres casos la vida de un ser humano en el seno materno. Debemos repetir la advertencia de Jesús: «El que quiera salvar su vida la perderá»; y también su promesa: «El que pierda su vida por mí, la encontrará». Perder la vida por Cristo consiste en amar hasta el extremo en que él amó, es decir, «tomar la cruz y seguirlo».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles