Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 21 de del 2011

Mt 16,13-20
Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

El texto del Evangelio que se lee en la liturgia de este domingo nos transmite una declaración solemne de Jesús que nos permite comprender el misterio de su Iglesia y de su permanencia en la historia. El Concilio Vaticano II resume el camino de la Iglesia en estos términos: «La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que él venga» (LG 8).

Jesús hace a sus discípulos una doble pregunta sobre su identidad: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?... ¿Quién dicen ustedes que soy yo?». En realidad, la pregunta que interesa es esta segunda. La primera sirve sólo como caja de resonancia. En efecto, la respuesta a esa primera pregunta es anónima y no recibe ningún comentario de Jesús. Para responder a la segunda pregunta, en cambio, se adelanta Simón Pedro y, en representación de los demás discípulos, dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Esta respuesta motiva un amplio comentario de parte de Jesús.

En primer lugar Jesús celebra la exactitud de esa respuesta y afirma que ella no es el resultado de una deducción humana –«carne y sangre» es expresión de lo humano–, sino objeto de una revelación de Dios: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te han revelado esto la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La afirmación de Simón es una confesión de fe, porque se basa en la autoridad de Dios. De paso, llamando a Dios «mi Padre», Jesús confirma la confesión de Simón: «Tú eres el Hijo de Dios».

Todo pudo terminar allí. Pero Jesús va a continuar revelando la identidad de Simón: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Es la primera vez que Jesús manifiesta su intención de «edificar su Iglesia». La edificará él mismo; pero ahora le ha encontrado su cimiento: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Habríamos esperado que Jesús continuara: «Las puertas del Hades no prevalecerán contra ti». En efecto, está hablando sobre Simón. Pero, significativamente cambia: «No prevalecerán contra ella». Esas «puertas del Hades» son poderes del infierno que han perseguido a la Iglesia durante la historia. Esos poderes han podido matar a Pedro y a muchos de sus Sucesores que veneramos como mártires; la lista sería larga. Pero no han podido destruir a la Iglesia. Ella prevalece, mientras sus perseguidores han pasado, sin ninguna gloria. La historia nos permite verificar que la promesa de Cristo es indefectible.

Jesús sigue diciendo a Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que  desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Estas palabras de Cristo las escuchamos todos; pero hay un discípulo de Cristo, uno solo, que tiene que sentir un estremecimiento particular al escucharlas, un discípulo de Cristo que es su único destinatario: estamos hablando del Sucesor de Pedro, el Santo Padre Benedicto XVI. El Papa Benedicto XVI fue ordenado presbítero en la solemnidad de San Pedro y San Pablo hace 60 años. En la liturgia de su ordenación resonaron estas mismas palabras. ¿Quién iba a imaginar que ese joven sacerdote de 24 años estaba destinado a ser el Sucesor de Pedro y a escuchar en primera persona esas palabras de Jesús? Él estaba destinado a ser esa «piedra» en la cual todos los católicos estamos fundados.

Hoy día Benedicto XVI escuchará estas mismas palabras rodeado de un millón de jóvenes que han concurrido a Madrid para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Esos jóvenes van a escuchar una enseñanza que está refrendada en el cielo –«atado y desatado en el cielo»–; ellos quieren fundar su vida en Cristo y por eso ofrecen al mundo un testimonio de amor, de alegría y de paz. Es uno de los consuelos de Dios que recibe su Iglesia.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles