Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de Julio del 2017

Mt 11,25-30
Encontrarán descanso para sus almas

El Evangelio de este Domingo XIV del tiempo ordinario tiene tres partes: comienza con una alabanza espontánea a Dios que sale del corazón de Jesús, sigue con una expresión de la relación entre el Hijo y el Padre, que nos incluye a nosotros, y termina con una invitación de Jesús a venir donde él. Todo el texto es una unidad que está separada de lo que antecede por una frase introductoria: «En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo...» y de lo que sigue por la misma frase, que introduce otra cosa: «En aquel tiempo, cruzaba Jesús por los sembrados...» (Mt 12,1).

«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Es evidente que Jesús se dirige a Dios, pues a ningún otro corresponde el título: «Señor del cielo y de la tierra». En efecto, toda la Biblia comienza explicando ese título: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1) y es el título que ya le da Abraham, que dice a su siervo: «Voy a tomarte juramento por el Señor (Yahveh), Dios del cielo y Dios de la tierra» (Gen 24,3). Jesús declara que este mismo es su Padre. De esta manera, revela que él es el Hijo, el mismo de quien hablará a continuación.

En la traducción del Evangelio desde el griego el hebreo, hecha por especialistas, ponen en boca de Jesús el verbo hebreo «yadá», que en el Antiguo Testamento suele traducirse por «dar gracias». Esa misma expresión usa el salmista, por ejemplo, en el Salmo 86,12: «Te doy gracias, Señor Dios mío, de todo corazón y glorificaré tu Nombre por siempre» (Sal 86,12). La gran diferencia es que Jesús, a ese mismo Dios, lo llama «Padre».

¿Por qué da gracias Jesús a su Padre? En la respuesta hay claramente un paralelismo antitético: Has ocultado a sabios e inteligentes - has revelado a pequeños. Jesús da gracias a Dios, porque ha revelado a los pequeños «estas cosas», que permanecen ocultas a sabios e inteligentes. De esta manera enseña que hay verdades que son inaccesibles a la inteligencia humana –ni los sabios las alcanzan– y que son dadas como un don a los pequeños; son verdades reveladas. Conocer esas verdades es el resultado de una actividad de Dios: revelar. ¿Cómo lo hace? Las infunde en la mente de ellos. Los sabios e inteligentes, en cambio, para quienes no hay más verdad que la que ellos pueden alcanzar, no las conocen. A eso se refiere San Pablo cuando escribe: «Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues de haberla conocido no habrían crucificado al Señor de la Gloria. Más bien, como dice la Escritura, anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para quienes lo aman» (1Cor 2,7-9). Jesús, entonces, se alegra y da gracias a Dios por su modo de actuar: «Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito». Ese mismo modo de actuar lo vemos en Jesús que vino a llamar no a los fuertes, sino a los débiles; no a los justos, sino a los pecadores. Con este modo suyo de actuar, Jesús nos revela a su Padre: «En verdad, en verdad les digo: el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo» (Jn 5,19).

La segunda parte de este Evangelio de hoy comienza con una declaración de Jesús que expresa su condición de Hijo: «Todo me ha sido dado por mi Padre». No hace ninguna excepción, incluyendo también la divinidad. Lo confirma con lo que sigue: «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre y nadie conoce al Padre, sino el Hijo». Este conocimiento del Padre lo tiene el Hijo, no porque le haya sido revelado, sino por su propia naturaleza divina; ese conocimiento es connatural con él y es exhaustivo. Aquí entramos nosotros: «Nadie conoce al Padre, sino aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». Ya hemos dicho que el Hijo nos muestra al Padre con su palabra y con su modo de actuar; pero es necesario que a esto se agregue una acción de Dios que revela esas cosas a los pequeños. Esta acción se realiza en nuestro espíritu, que es la parte nuestra que puede conocer la verdad. La realiza, por tanto, el Espíritu de Dios. Así lo explica Jesús a sus discípulos: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,13).

Por último, Jesús agrega una invitación: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso». No se trata del descanso físico; eso lo pueden dar otros. Se trata del descanso del alma. Éste no lo puede dar, sino Dios, como lo declara San Agustín en sus Confesiones: «Nos creaste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto, mientras no descanse en ti» (Conf. I,1,1). Jesús es enfático: «Yo les daré descanso». Es una afirmación que excluye todo otro modo. Ese descanso se alcanza solamente teniendo un corazón semejante al suyo: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus almas». Los soberbios y orgullosos no tienen descanso, porque no hay límite para su afán de grandeza, que queda siempre defraudada. Están siempre inquietos. Tienen un yugo demasiado pesado. En cambio, Jesús nos exhorta: «Tomen sobre ustedes mi yugo... porque mi yugo es suave y mi carga ligera». Seguramente, Jesús está pensando en aquel triste episodio que marcó para siempre la división en Israel, cuando a la muerte de Salomón el pueblo vino donde su hijo Roboam y le dijo: «Tu padre ha hecho pesado nuestro yugo; ahora tú aligera la dura servidumbre de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros, y te serviremos» (1Rey 12,4). La respuesta fue un duro rechazo. Tomar el yugo de Jesús es acogerlo a él como Señor y servirlo. Es fuente de pleno gozo: «Mi gozo estará en ustedes y el gozo de ustedes será colmado» (Jn 15,11).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles