Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Julio del 2017

Mt 10,37–42
Acoge al que me ha enviado

El Evangelio de este Domingo XIII del tiempo ordinario nos ofrece la conclusión del discurso para la misión, pronunciado por Jesús, después que eligió a los doce apóstoles. Por eso, la frase siguiente dice: «Cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades» (Mt 11,1). Este es el primer envío, pues el envío definitivo será universal y pronunciado por Cristo resucitado en aquel monte de Galilea donde los convocó: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,20). La primera misión, dirigida solamente «a las ovejas perdidas de la casa de Israel», y la misión definitiva, dirigida «a todos los pueblos», partieron ambas desde Galilea.

Jesús ya ha dicho que para esta misión no es necesario disponer de recursos de este mundo: «No se procuren oro, ni plata, ni dinero en sus fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón» (Mt 10,9-10). ¿Es necesario tener cierta cualificación especial, hoy día diríamos, tener algún título profesional? Absolutamente, no. San Pablo analiza la condición de quienes han sido llamados por el Señor en la Iglesia de Corinto: «¡Miren, hermanos, quiénes han sido llamados! No hay entre ustedes muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Dios ha elegido más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha elegido Dios lo débil del mundo, para confundir a lo fuerte» (1Cor 1,26-27). ¿Qué se necesita, entonces? Una sola cosa es necesaria; sin ésta, no hay misión posible. La expresa Jesús, según su estilo personal, mediante imágenes concretas: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». La condición necesaria y suficiente para la misión es el amor a Jesús sobre todas las cosas, incluso sobre los seres más queridos y sobre la propia vida.

Vemos cómo opera esa condición en la realidad, cuando examina Jesús sobre ese punto al primero de los apóstoles, Pedro, antes de confiarle la misión: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que todo?». Repite la pregunta tres veces, lo que indica su firmeza. Y a la respuesta afirmativa de Pedro, cada vez, Jesús le manda: «Apacienta mis ovejas». Este es el diálogo que tiene Jesús con todo cristiano, pues como hemos recordado, «la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» (Catecismo, N. 863). Todos debemos cerciorarnos de poder dar a Jesús la misma respuesta decidida de Pedro: «Sí, Señor, tú sabes que te amo» (cf. Jn 21,15-17).

La medida máxima del amor consiste en entregar la vida por la persona amada. Es un axioma formulado por Jesús que hasta ahora nadie ha discutido: «Nadie tiene amor más grande que este, que alguien entregue su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Y él invita a tener ese amor por él. Lo hace en una sentencia paradojal: «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Es una sentencia que consta de dos versos paralelos, según el modo de expresar semítico. En este caso se trata de un paralelismo antitético, pues los conceptos están invertidos: encontrar – perder; perder – encontrar. Pero Jesús rompe el paralelismo perfecto en el segundo verso, agregando una cláusula, que es la que quiere subrayar: el que pierda su vida «por mí». Quiere decir: El que me ame a mí con la medida máxima de amor ­perder su vida por mí­, la encontrará, no la misma vida que ha entregado, sino una vida superior, plena, ya no afectada por la muerte. Lo asegura hablando de sus ovejas: «Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,28).

En la última parte del discurso Jesús se dirige a los que acogen a sus enviados. Acogiendo a un apóstol, a ellos les parece estar acogiendo a un ser humano; Jesús asegura que ¡están acogiendo a Dios mismo!: «El que acoge a ustedes, a mí me acoge, y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado». La misión apostólica parte de Dios mismo. En su amor insondable Dios decidió salvar al mundo y concederle el gozo de su divinidad: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó junto con Cristo... y con él nos resucitó y con él nos sentó en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-6). Con este fin envió Dios al mundo a su Hijo «nacido de mujer» y con este mismo fin envía Jesús a sus apóstoles. Quien colabora con ellos, colabora con Jesús y con Dios; acoge a Dios. ¡Un ser humano colaborar con Dios! Ya sabemos cómo se logra.

Jesús concluye el discurso con una promesa que revela cuánta importancia concede al hecho de ser discípulo suyo. Nuevamente lo hace por medio de una imagen. No se le ocurrió nada de menor valor que un vaso de agua fresca, que no merece más retribución de parte de quien lo recibe que la palabra: «Gracias». Jesús asegura una recompensa suya a quien da un vaso de agua a alguien por ser discípulo suyo: «No perderá su recompensa». Se refiere a la recompensa de Dios. No se podía expresar de manera más eficaz la grandeza del discipulado y de la misión a la cual todos los cristianos estamos llamados.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles