Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de Junio del 2017

Mt 10,26–33
El amor perfecto expulsa el temor

El Evangelio de este Domingo XII del tiempo ordinario comienza con una recomendación de Jesús a sus discípulos: «No les teman». Para entender a qué se refiere es necesario remontar más arriba.

El evangelista Mateo está desarrollando el «discurso de la misión» (discurso apostólico), que es el segundo de los cinco discursos en los cuales San Mateo distribuye el material didáctico de Jesús. El Capítulo X comienza con el llamado de los doce apóstoles, indicando el nombre de cada uno de ellos. Sigue con estas palabras: «A estos Doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones» (Mt 10,5). El Evangelio de este domingo se dirige, entonces, a quienes asumen la tarea apostólica propia de todo cristiano. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «Todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Se llama “apostolado” a toda la actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra» (N. 863).

Veamos algunas de esas instrucciones de Jesús para el apostolado: «Miren, que los envío como ovejas en medio de lobos... los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas... por mi causa serán llevados ante gobernadores y reyes... Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo... Serán odiados por todos a causa de mi Nombre...» (Mt 10,16.17.18.21.22). ¡Esto es lo que espera a quienes asumen seriamente el apostolado! Pero a éstos dice Jesús: «No les teman». Ningún poder humano podrá silenciar el Evangelio: «Lo que yo les digo en la oscuridad, diganlo ustedes a la luz; y lo que oyen al oído, proclamenlo desde los terrados».

«No les teman» es la exhortación de Jesús al gran apóstol San Pablo cuando fue rechazado en la sinagoga de Corinto: «No temas, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo» (Hech 18,9). El apóstol recibe un poder divino que lo hace superar incluso el temor a la muerte corporal: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». ¿Cómo se logra no temer a quien mata el cuerpo? Esto es algo que sólo Dios puede conceder, y lo hace infundiendo en el corazón el amor. Lo explica el apóstol San Juan, que lo sabe por experiencia: «Amemonos unos a otros, porque el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1Jn 4,7). El amor es la presencia de Dios en nosotros: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros» (1Jn 4,12). Y el efecto que produce la presencia del Dios omnipotente en nosotros es este: «No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor...» (1Jn 4,18). El amor perfecto, no sólo expulsa el temor, sino también impulsa a dar la vida por los hermanos: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él (Jesús) dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16). No tenía temor a los que matan el cuerpo San Ignacio de Antioquía que escribe a los cristianos de Roma exhortandolos a no mover ninguna influencia para liberarlo del martirio: «Estoy dispuesto a morir de buena gana por Dios, con tal que ustedes no me lo impidan. Yo les suplico: no muestren para conmigo una benevolencia inoportuna; permitanme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios...» (A los romanos, IV,1). Jesús declara que el alma es inmortal: «No pueden matar el alma». Y es ésta la que alcanza a Dios después de la muerte y permanece unida a Él hasta la resurrección del cuerpo.

Después de aclarar a quién el verdadero apóstol no debe temer, Jesús agrega: «Teman más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». El único que puede decidir sobre el destino del alma es Dios. El temor de Dios es una dimensión esencial de la revelación bíblica. La Biblia define de manera reiterada el temor de Dios como fuente de sabiduría: «Principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 1,7; Sir 1,18; passim). El temor de Dios es esencial, porque no es otra cosa que la conciencia en el ser humano de la inmensidad de Dios y de su propia pequeñez. Si no está en nosotros el temor de Dios quiere decir que nos estamos relacionando con un dios creado por nosotros a nuestra medida, es decir, con un ídolo. Jesús exhorta a la conciencia de la inmensidad de Dios, por medio de una imagen, según su modo habitual: «En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de sus cabezas están todos contados». Imposible expresar de manera más gráfica la total dependencia nuestra respecto de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Reconocer esta dependencia completa con respecto al Creador es fuente de sabiduría y de libertad, de gozo y de confianza» (N. 301).

Quien vive en esa sabiduría, libertad, gozo y confianza no teme a nada de este mundo. Estar en la verdad de manera tan plena es un don del Espíritu Santo. Por eso la Iglesia cuenta el temor de Dios entre los siete dones del Espíritu Santo. Él concede al ser humano estar en la verdad completa y él concede la fuerza necesaria para dar testimonio de Cristo, excluyendo todo temor. Nuestro tiempo vive, en cambio, en una gran autosuficiencia respecto de Dios. Y por eso, vive en el temor, la angustia, la indignación y hasta el odio. Recordemos: «El amor perfecto expulsa el temor».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles