Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de del 2011

Mt 15,21-28
Ayúdame, Señor

El Evangelio de este domingo nos presenta el único episodio de la vida pública de Jesús que ocurrió fuera de los límites de Israel: «Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón». Desde el punto de vista de Israel esa región era tierra de paganos. Ya se había referido Jesús a esa región y la había puesto en paralelo con Sodoma, la ciudad pecadora por excelencia que fue destruida por una lluvia de fuego y azufre (cf. Ex 13,13; 19,24): «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que en sayal y ceniza se habrían convertido... Y tú, Cafarnaúm, ... Si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy» (Mt 11,21.23). Y, sin embargo, Jesús asegura que por muy pecadoras que sean esas ciudades, se habrían convertido más fácilmente que su propio pueblo Israel. El episodio que se nos narra este domingo lo confirma.

«Una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada”». Para acentuar el carácter pagano de la mujer, el evangelista le atribuye un gentilicio que ya no existía, pero que era emblemático del contraste con Israel: cananea. La mujer todavía no ha sido favorecida con ningún milagro y ya trata a Jesús con los títulos más excelsos: «Señor» era el modo de invocar a Dios; «hijo de David» es el título mesiánico por excelencia. Cuando Jesús preguntó a sus apóstoles: «¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?» (Mt 16,13), entre las respuestas les faltó: el hijo de David (cf. Mt 9,27; 12,23; 20,30). Además, en su súplica confiada la mujer está usando palabras que en Israel se referían a Dios: «Ten piedad de mí, oh Dios, según tu misericordia» (Sal 51,3).

Todo esto no pudo dejar indiferente a Jesús. Pero él quiere dejar clara su misión: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Dios había prometido a su pueblo Israel que enviaría un hijo de David, ungido como él con el Espíritu Santo, y Jesús quería ser fiel a esa promesa. La mujer insiste con las palabras de otro Salmo: «Ayudame, Señor, Dios mío» (Sal 109,26). Jesús le explica por medio de una parábola: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarselo a los perritos». Los judíos se referían a los pueblos paganos con el apelativo de «perros». Jesús se acomoda a ese modo de hablar, pero, en consideración a la confianza expresada por la mujer, lo hace de modo más afectuoso hablando de «perritos». Se encuentra con una respuesta inesperada que terminó por desarmarlo. En efecto, la mujer no se irrita por ese apelativo y retomando la misma parábola, responde: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella acepta que Israel es el pueblo elegido de Dios, «el olivo bueno» –según el decir de San Pablo (Rom 11,24)– en el que tienen que ser injertados todos los pueblos. Pero afirma que le basta una migaja de Jesús. Jesús reconoce en ella más fe que en su propio pueblo, más que en Corazín y Betsaida, más que en Cafarnaúm, y ante esa fe cede: «¡Mujer, grande es tu fe! Que te suceda como deseas».

Jesús hizo este milagro a distancia, como se lo pedía otro pagano –un centurión romano– y como lo decimos nosotros en la Eucaristía: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi siervo quedará sano» (Mt 8,8). Jesús no vio en nadie de Israel una fe tan grande como la de ese centurión y la de esa cananea. Esperemos que no deba decir lo mismo de nuestra patria. Chile profesa mayoritariamente su condición cristiana; pero, para la solución de sus problemas, no recurre a Cristo; no parece confiar en que él pueda ayudarnos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles