Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 30 de Julio del 2017

Mt 13,44-52
Dándonos a su Hijo, Dios nos da todas las cosas

De la serie de siete parábolas del Capítulo XIII de San Mateo el Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario nos presenta las tres últimas, a saber, las dos parábolas gemelas del tesoro escondido en un campo y del mercader que busca perlas preciosas y la parábola de la red echada en el mar. Las tres comienzan con la misma introducción: «El Reino de los cielo es semejante a...».

Las parábolas son breves historias tomadas de la vida real que sirven a Jesús para ilustrar una verdad que se refiere a su propia Persona, la Persona del Hijo de Dios encarnado y uno de nuestra historia humana. Esta es una verdad de fe, que Jesús tiene la misión de anunciar, porque en su aceptación consiste la salvación del ser humano, como lo declara el IV Evangelio: «Estas (señales) han sido escritas para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,31). La verdad del Hijo de Dios hecho hombre es lo que Jesús describe con la expresión «Reino de los cielos».

Con las parábolas del tesoro escondido y del mercader que busca perlas Jesús quiere enseñar que el conocimiento de él es un valor absoluto, ante el cual todo lo demás cede: «Por la alegría que le da, vende todo lo que tiene y compra aquel campo... vende todo lo que tiene y la compra (la perla de gran valor que ha encontrado)». Las parábolas presentan una situación de la vida real que todos aceptan, porque es obvia; es obvio que quien encuentra un tesoro en un campo, venda todo lo que tiene para comprarlo, porque ese campo ahora vale para él más que todo. O que un mercader de finas perlas, encontrada una de gran valor, venda todo lo que tiene para comprarla, porque esa perla es para él más valiosa que todo lo que tiene. Es verdad revelada, por tanto, objeto de fe que el conocimiento de Jesús produce en quien lo encuentra ese mismo efecto.

Ambas parábolas tienen un matiz de diferencia. En el caso del hombre que encuentra un tesoro en un campo, se trata de un encuentro fortuito no buscado. El tropezar con ese tesoro es puro don. Es el caso, por ejemplo, de San Pablo. Lejos de buscar a Jesús, San Pablo lo perseguía y quería eliminar a todos sus seguidores. Pero se le manifestó Jesús: «Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo...» (Gal 1,15-16), entonces ya nada vale para él más que Cristo: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,7-8). Es la experiencia que tuvo el mismo Mateo, que nos transmite esta parábola. Él era recaudador de impuestos (publicano) y, por tanto, hombre rico y considerado pecador. Estaba lejos de interesarse por Cristo. Pero él mismo relata: «Cuando Jesús se iba de allí, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”. El se levantó y le siguió» (Mt 9,9). Se podrían multiplicar los ejemplos de todos los siglos y también de nuestro tiempo.

La parábola del mercader de perlas nos presenta un hombre que ya buscaba perlas finas. Es alguien que busca la verdad. Lo que Jesús quiere enseñar es que, de todas maneras, el encuentro de la verdad es un don, como lo fue el encuentro de la perla que llevó a venderlo todo. Un caso clásico es el de San Agustín: «¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba» (Confesiones X,27). A este se puede agregar el caso de la mártir santa Edith Stein. Ella era una brillante filósofa, judía y atea. Pero cayó en su mano, por pura casualidad, el «Libro de la Vida» de Santa Teresa de Jesús y, cuando concluyó su lectura, declaró: «Esta es la verdad». Lo dejó todo, se hizo carmelita descalza y murió mártir en un campo de concentración nazi.

Observamos que no basta el encuentro físico con Jesús o con su Iglesia hoy. El mismo Jesús, en persona, según nos relata el Evangelio, llama a uno usando los mismos términos de la parábola del tesoro: «Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sigueme». Pero se trataba de un hombre rico que prefirió sus bienes de esta tierra: «Se fue entristecido porque tenía muchos bienes» (Mt 19,21.22). ¿Qué ocurrió? ¿Es que no se verifica lo expresado por Jesús en la parábola del tesoro escondido o de la perla preciosa? No, lo que pasa es que ese hombre no conoció a Jesús, no encontró ningún tesoro. El conocimiento de Jesús es un don de Dios. Encontrar el tesoro es un don, como lo fue para San Pablo y San Mateo, para San Agustín y Edith Stein. Lo enseña claramente Jesús, cuando sus contemporáneos dudaban de él: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6,43-44). Estas parábolas deben inducirnos a orar al Padre que nos conceda encontrar a su Hijo Jesús, para que también nosotros podamos llenarnos de alegría y preguntar: El que nos dio a su propio Hijo «¿cómo no nos dará con él, como puro don, todas las cosas?» (Rom 8,32).

La parábola de la red echada en el mar vuelve sobre la misma enseñanza de la parábola de la cizaña, que es la primera de las seis parábolas del Reino de los cielos. En ambas parábolas Jesús presenta situaciones de la vida real. La parábola de la cizaña nos dice que hay que esperar hasta que llegue a madurez para arrancarla de en medio del trigo y quemarla. La conclusión es: «De la misma manera que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo» (Mt 13,40). La parábola de la red echada en el mar que recoge toda clase de peces, nos dice que los pescadores separarán a los buenos de los malos y la conclusión es la misma: «Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego». Con ambas parábolas Jesús nos enseña que hay un día en que el mundo acabará –tres veces habla del fin del mundo– y entonces será el juicio, la separación de los obradores de iniquidad y de los justos. Esto mismo lo enseña Jesús con un discurso directo: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (Mt 25,31-32). Se suele hablar de la parábola del Juicio Final. Pero, en realidad, lo único que tiene de parábola es la comparación con la separación que hace el pastor de las ovejas y los cabritos. Todo lo demás es enseñanza directa.

La enseñanza en parábolas es característica de Jesús. Pero es importante no quedarse en la superficie; hay que acceder a la verdad revelada que Jesús quiere transmitir. Él quiere revelar el misterio de su Persona. Que nos conceda encontrarlo. En esto consiste la salvación.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles