Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de Julio del 2017

Mt 13,24-43
El Reino de los cielos ha venido en la Persona de Cristo

El Capítulo XIII del Evangelio según San Mateo presenta a Jesús enseñando: «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió mucha gente junto a él... Y les habló muchas cosas en parábolas» (Mt 13,1-3). El evangelista reúne a continuación siete parábolas. La serie concluye con esta indicación: «Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí» (Mt 13,54). Se trata, entonces, de un «discurso en parábolas».

El discurso comienza con la conocida parábola del sembrador. Y luego siguen seis parábolas que tienen en común la introducción: «El Reino de los cielos es semejante a...». Este Domingo XVI del tiempo ordinario leemos tres de esas parábolas, la parábola de la cizaña en medio del trigo, la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura en la masa. En el «discurso apostólico», que precede a éste, en el cual Jesús da instrucciones para la misión, resume el contenido del anuncio con estas palabras: «A ir, proclamen diciendo: "El Reino de los cielos está cerca"». (Mt 10,7). Esta era también la predicación de Juan Bautista: «Conviertanse, porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 3,2). Y es la predicación del mismo Jesús: «Desde entonces comenzó Jesús a proclamar y decir: "Conviertanse, porque el Reino de los Cielos está cerca"» (Mt 4,17). Se entiende, entonces, que después de que Jesús envió a sus doce discípulos a anunciar la inminencia del Reino de los cielos, el evangelista incluya esas parábolas para explicar el significado de esa expresión: «El Reino de los cielos es semejante a...».

Lo primero que debemos decir es que la expresión «Reino de los cielos», que es propia de Mateo, es un claro indicio de que su escrito se dirige a lectores judíos, para quienes el nombre de Dios era inefable (no se pronunciaba). Equivale a la expresión «Reino de Dios» de los demás Evangelios. Debemos agregar que esta expresión, usada con tanta frecuencia por Jesús, no equivale simplemente a la acción de Dios de reinar y, por tanto, es incorrecta la traducción «Reinado de Dios». Jesús y sus discípulos proclaman el Reino de los cielos como una realidad que está viniendo al mundo: «Está cerca, es inminente». El Reinado de Dios, en cambio, es una realidad siempre presente, ya desde el Antiguo Testamento, como lo atestiguan varios Salmos: «Reina Dios sobre las naciones, Dios, sentado en su sagrado trono» (Sal 47,9); «Reina el Señor, vestido de majestad» (Sal 93,1; cf, 97,1; 99,1); «El Señor reina para siempre, tu Dios, Sion, de edad en edad» (Sal 146,10).

Por otro lado, en las parábolas, el Reino de los cielos se compara con las cosas más diversas: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo... El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo... El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina... a un tesoro escondido... a un mercader de finas perlas... a una red barredera», etc. Es más, ninguna de esas comparaciones rigen, mientras no ha concluido toda la parábola, es decir, «un hombre que sembró buena semilla en su campo»; sí, pero tiene que venir un enemigo y sembrar cizaña; tienen que venir los siervos del dueño del campo a advertirlo y a proponer arrancar la cizaña, etc. Y lo mismo con las demás parábolas. Nada de esto es comparable con el «Reinado de Dios».

Para entender las parábolas debemos saber qué intenta decir Jesús con la expresión «Reino de los cielos» o «Reino de Dios». Veamos cómo la define el Catecismo de la Iglesia Católica, precisamente en el artículo sobre el apostolado: «La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos “el Reino de los cielos”, “el Reino de Dios”, que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica» (N. 865). El Reino de los cielos es, entonces, la presencia de Cristo en el mundo, ahora en el corazón de los fieles, que será plenamente manifestado cuando venga Jesús el último día en su gloria. Esta es la realidad que Jesús quiere expresar por medio de las parábolas. Esta es la realidad que Jesús mandó a sus apóstoles a proclamar y que debe anunciar todo cristiano, con su vida y con su palabra.

Ahora entendemos la explicación del evangelista: «Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: "Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo"». San Pablo ya identifica la expresión Reino de Dios con Cristo mismo, el Hijo de Dios nacido de mujer: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo» (Gal 4,4), y agrega: «A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas» (Ef 3,8-9).

La parábola de la cizaña nos enseña que en este tiempo de Cristo está el mal mezclado con el bien y hay que tener paciencia, porque hay lugar a la conversión, es decir, que lo que parecía mal sea en definitiva bien. En estos días en que se discute una ley de aborto en nuestro país, es oportuno recordar al doctor Nathanson, que fue el artífice de la ley de aborto en USA. Pero luego, se convirtió, comprendió que el aborto es un crimen y dedicó el resto de su vida a repudiarlo, para reparar por los miles de abortos que practicó. Él es el autor del video: «Un grito silencioso». Es el grito inaudible del embrión que es asesinado. El doctor Nathanson parecía cizaña; pero era trigo.

La parábola del grano de mostaza nos enseña que la presencia de Cristo en el mundo tiene un inicio muy humilde y oculto; pero crece y está destinado a llenar el mundo. Y la parábola de la levadura nos enseña que quien tiene a Cristo en el corazón no puede disimularlo; esa presencia tiene que fermentarlo todo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles