Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de Julio del 2017

Jn 19,25-27
El discípulo la acogió como propia

El 16 de julio es la fiesta de la Virgen del Carmen en la Iglesia universal. Pero en Chile tiene rango de Solemnidad y se celebra incluso en día domingo. En efecto, considerando que la Madre de Dios bajo esa advocación ha acompañado la historia de nuestra Patria desde sus origenes, el Papa Pio XI, con decreto de 24 de octubre de 1923, declaró «a la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo Patrona principal de toda la República Chilena, concediendole todos los privilegios y honores que a los principales Patronos de los lugares por derecho competen». Uno de esos derechos es celebrar su fiesta como Solemnidad.

El Evangelio de este día comienza con la indicación de una circunstancia: «Junto a la cruz de Jesús...». Insinúa que la cruz es una propiedad particular de Jesús. Es que antes el evangelista ha narrado el proceso judicial contra Jesús que concluyó con su condena injusta a la crucifixión. El condenado era obligado a cargar con el objeto de su propio suplicio: «Jesús cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí lo crucificaron» (Jn 19,17-18). Pocos de sus discípulos lo siguieron hasta allí. Pero esa es una condición indicada por él para merecer ser su discípulo: «El que no cargue con su cruz y venga detrás de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,27). Interesa, entonces, saber quiénes estaban al pie de su cruz.

«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena». Se suele hablar de «las tres Marías». Pero una de esas tres mujeres no tiene nombre; es conocida en este Evangelio solamente por su condición gloriosa de «la madre de Jesús». La mujer de Clopás es desconocida para nosotros; y la tercera, María Magdalena, es la principal seguidora de Jesús. ¿No hay allí ningún varón? Sí, hay otra presencia importante que Jesús, en ese momento supremo, destaca; la del discípulo amado.

«Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego, dice al discípulo: "Ahí

tienes a tu madre"». Muchos han entendido esta escena como una preocupación de Jesús por su madre viuda, que estaba perdiendo a su hijo único, dejandola a cargo de otro que tome su lugar. Si fuera así el evangelista habría sido más preciso y habría indicado el nombre de ese afortunado hijo: «Viendo Jesús a su madre y junto a ella a Juan». En realidad, no es esta la preocupación de Jesús. Su madre, por el Hijo que tiene, es bienaventurada y lo tiene todo, como gritó a Jesús en cierto momento otra mujer: «¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» (Lc 11,27). ¡La preocupación de Jesús es por el discípulo! A él le da como madre a su propia madre: «Desde aquella hora el discípulo la acogió como propia».

Este discípulo, conocido como «el discípulo amado», es quien ha escrito este Evangelio: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito» (Jn 21,24). Tradicionalmente, se ha atribuido este Evangelio al apóstol Juan, hermano de Santiago. Pero, en realidad, en este Evangelio no hay ningún apóstol de nombre Juan –y tampoco Santiago–; conocemos a este apóstol por los otros Evangelios y por los Hechos de los Apóstoles. Al no dar nombre a ese discípulo, lo que intenta el evangelista es hacer una catequesis sobre la condición de «discípulo amado» de Jesús y enseñarnos todo lo que define a tal discípulo. En este episodio nos enseña que todo el que aspire a ser discípulo de Jesús debe seguirlo hasta la cruz y, además, debe acoger a la madre de Jesús como madre suya. De esta manera, el discípulo se convierte en «hermano» de Jesús de Padre y madre. Así se explica que Jesús resucitado haya dicho a María Magdalena: «Anda donde mis hermanos y diles: "Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes"» (Jn 20,17).

En el momento culminante de su vida, el momento en que está ofreciendo su vida en sacrificio, Jesús considera indispensable dejarnos a su madre como madre nuestra, madre de todo el que se declara cristiano. Esa debería ser lo propio de un país como Chile que se define como país cristiano. En la oración Colecta de la Misa de hoy, expresamos nuestra alegría de llamarla: «Madre y Reina de este Patria nuestra».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles