Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de Abril del 2017

Jn 20,19-31
Yo y el Padre somos Uno

El Domingo II de Pascua concluye la Octava de Pascua, que nos recuerda esa primera semana que vivió la comunidad de los discípulos de Jesús, después de su resurrección de entre los muertos. El Evangelio de este domingo nos relata la experiencia de sus más cercanos seguidores -los Once- el primero y el último día de esa semana. Según el calendario judío, ambos son «el primer día de la semana».

Jesús murió en la cruz a la hora nona (3 PM) del viernes anterior al sábado en que se celebraba la Pascua de los judíos. De esta manera, murió cuando comenzaban los preparativos para el sacrificio del Cordero Pascual. Considerando esta circunstancia, unida a las palabras de Jesús: «Mi cuerpo será entregado por ustedes… mi sangre será derramada por ustedes», sus discípulos comprendieron que él murió como el verdadero Cordero Pascual. Así lo llama San Pablo: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado». El cuerpo de Jesús y el de los dos malhechores crucificados con él fueron retirados esa misma tarde para que no quedaran en la cruz ese sábado tan solemne. El cuerpo de Jesús fue embalsamado y depositado en una tumba nueva ofrecida por José de Arimatea, que quedó esa tarde sellada por una gran piedra.

Pasó ese sábado solemne -el séptimo día-, y el primer día de la semana, al alba, el cuerpo de Jesús ya no estaba en el sepulcro. Esto es lo que anunció María Magdalena a sus discípulos. Este anuncio desconcertante fue lo que convocó a sus discípulos, que ante el escándalo de la cruz se habían dispersado cada uno por su lado. Este es el escenario que nos presenta el Evangelio de hoy: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos… se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “Paz a ustedes”». Todos lo vieron y se alegraron. Pero el evangelista quiere que nosotros fijemos nuestra atención en uno de los Once, que no pudo ser ubicado y, por tanto, no estaba allí cuando se presentó Jesús.

«Tomás, uno de los Doce… no estaba con ellos cuando vino Jesús». Era tal vez el más desilusionado con todo lo ocurrido a Jesús. Viendolo víctima de una muerte tan ignominiosa, ¿cómo creer en sus palabras: «Yo soy la resurrección y la vida… Yo soy la luz del mundo… Yo soy el pan de vida… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día... Yo y el Padre somos uno… El que me ha visto a mí ha visto al Padre…»?

«Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”». ¿Cómo iba a creer Tomás a los otros discípulos, si no creyó al mismo Jesús, que había afirmado: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo… todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida...» (Jn 5,26.29)? Tomás entonces responde: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». ¿Qué es lo que no creerá? No puede referirse a su resurrección, porque eso exige verificarlo tocando los signos de la pasión en Jesús vivo. ¡Se refiere a todo lo dicho por Jesús durante su vida! Por eso, cuando ocho días después Jesús se presenta de nuevo a sus discípulos e invita a Tomás a verificar, la confesión de fe del apóstol trasciende todo lo que se puede verificar con nuestros sentidos: «¡Señor mío y Dios mío!». Confiesa que Jesucristo es Dios, el mismo de quien dice el primer y más grande mandamiento: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es Señor Uno» (Deut 6,4). Tomás confiesa que Jesús es ese Dios hecho hombre. Confiesa que es verdad que Jesús y el Padre son ese Señor Uno; entiende que a esto se refiere Jesús cuando declara solemnemente: «YO y el Padre somos Uno» (Jn 10,30 ).

El evangelista concluye su Evangelio diciendo: «Estos signos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre». El más grande de esos signos, el que da sentido a todos los demás, es la resurrección de Cristo. Sin ésta, los demás no son signos. Por eso, la primera predicación cristiana fue: «¡Cristo ha resucitado!, y nosotros somos testigos». Esta es la predicación cristiana esencial, que se designa con la palabra griega «kerygma». Todos debemos hacerla resonar.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles