Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 11 de Junio del 2017

Jn 3,16-18
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo

La Iglesia en todo el mundo se une este domingo para celebrar el misterio de la Santísima Trinidad. Se trata, no de este o aquel hecho importante de la vida de Jesús, sino de Dios en sí mismo. Los hechos de la vida de Jesús –su Encarnación, su Nacimiento, su Epifanía, su Bautismo, su Transfiguración, su Resurrección y Ascensión al cielo– tienen importancia por su estrecha relación con Dios y, por eso, la Iglesia los celebra con gran alegría; la fiesta de la Santísima Trinidad se refiere a Dios mismo, al que es origen de todo y lo tiene todo en su mano. No existe algo mayor.

En el discurso que pronunció San Pablo en el areópago de Atenas, respondiendo a la pregunta que le hacían los atenienses sobre qué doctrina anunciaba, dijo que él anunciaba a un Dios desconocido para ellos, que ellos, sin embargo, aunque sin saberlo, buscaban: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra..., el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano... con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban...» (Hech 17,24.25.26.27). El ser humano fue creado –se encuentra en la existencia por voluntad de Otro– con el fin de que busque a ese Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él y a todos da la vida. Y todos los pueblos son testigos de esa búsqueda, aunque lo han hecho «a tientas», es decir, como se busca algo en la oscuridad, sin encontrarlo. San Pablo da ejemplos de esa búsqueda fallida: «No debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano» (Hech 17,29).

Pablo habla, no como quien busca a ese Dios en la oscuridad, sino como quien lo anuncia, porque lo ha encontrado. En efecto, él no sólo goza del conocimiento concedido por Dios a su pueblo de Israel en los siglos pasados, sino también de la revelación plena de Dios concedida al mundo en Jesucristo: ¡Pablo conoce el misterio de la Santísima Trinidad! La misión de Jesucristo fue revelar este misterio.

El Evangelio de este domingo nos transmite parte de la conversación que tuvo Jesús con un fariseo, que era magistrado judío, de nombre Nicodemo. En este breve texto tres veces afirma Jesús, ante el asombro de Nicodemo, que Dios tiene un Hijo único y que ha enviado este Hijo al mundo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único... Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo... el que no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios ya está juzgado...». Estas expresiones dejaron perplejo a Nicodemo, quien, como buen judío, recitaba cada día la ley de Dios: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es Señor uno» (Deut 6,4) y, como buen fariseo, acogía la palabra de los profetas como Palabra de Dios: «¿Quién hizo oír esto desde antiguo y lo anunció hace tiempo? ¿No he sido yo, el Señor? No hay otro dios, fuera de mí. Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mí. Vuelvanse a mí y serán salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro» (Is 45,21-22).

A este mismo Jesús escucharon los apóstoles decir: «Mi Padre... es aquel de quien ustedes dicen: "El es nuestro Dios"» (Jn 8,54); «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30); «Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti... Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiese» (Jn 17,1.5). Escucharon que Jesús asumía para sí mismo el Nombre divino: «Yo Soy»: «En verdad, en verdad les digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8,58). Todo esto le oyeron decir; pero no entendían, porque para ellos «Dios es uno y no hay otro». ¿Quiere decir que estaba fracasando la revelación plena? No. Quiere decir que faltaba algo, más bien Alguien, que debía venir a completar esa revelación: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,13). Eso es lo que ocurrió el día de Pentecostés. Sin que mediara ninguna nueva explicación de Jesús, que ya había ascendido al cielo, sin que hubiera nada externo, ellos en un instante comenzaron a ver claro y a creer que Jesús era Dios verdadero. Y esto se presentó como una acción directa en su interior, en su espíritu: tenía que ser obra de un Espíritu. Comprendieron que estaba actuando el Espíritu prometido por Jesús y que ese Espíritu, dado que sondea la profundidad de Dios, porque conoce al Padre y al Hijo, y así los hace conocer, debía ser también Dios. En ese día los apóstoles vieron la luz plena respecto de Dios: Dios es uno solo; pero la sustancia divina la poseen por igual tres Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Estaba revelado Dios en sí mismo! Él es uno en la sustancia, tres en las Personas. Nuestro gozo es que Uno de la Trinidad asumió la naturaleza humana y es verdadero hombre, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Incorporados a él, también nosotros tenemos un lugar en la Trinidad: tenemos el lugar de hijos de Dios.

Ahora entendemos también nosotros, por qué la Iglesia celebra el misterio de la Santísima Trinidad y por qué lo celebra el domingo siguiente a Pentecostés, que fue el día en que la revelación del Dios Uno y Trino alcanzó su plenitud en el corazón de los apóstoles. Que todo nuestro empeño sea participar de esa misma plenitud. Este es el gozo colmado, al que se refería Jesús: «Les he dicho estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y el gozo de ustedes sea colmado» (Jn 15,11).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles