Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 28 de Mayo del 2017

Mt 28,16-20
Yo estoy con ustedes todos los días

Celebramos este domingo la Solemnidad de la Ascensión del Señor al cielo, ocurrida cuarenta días después de su resurrección, según la información que nos ofrece Lucas en su introducción al libro de los Hechos de los Apóstoles: «En el primer libro, oh Teófilo, traté sobre todo lo que Jesús desde el comienzo hizo y enseñó hasta el día en que... fue ascendido al cielo. Después de su pasión, se presentó vivo (a los apóstoles que había elegido) dandoles muchas pruebas, apareciendoseles durante cuarenta días y hablandoles acerca de lo referente al Reino de Dios» (Hech 1,1-3). El día preciso de la Solemnidad de la Ascensión es, entonces, el jueves de la VI Semana de Pascua (40 días después del Domingo de Resurrección). En nuestro país se traslada al domingo siguiente.

El verbo usado por el evangelista –«fue ascendido al cielo»– da el nombre a este misterio: Ascensión del Señor. Según Lucas, este hecho marca el fin de la presencia corporal de Jesús en la tierra y el comienzo de la historia de la Iglesia. Antes de su ascensión, Jesús dice a sus apóstoles: «Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán fuerza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,8).

El Evangelio que nos propone la liturgia de la Palabra este domingo está tomado de Mateo; son las últimas palabras de ese Evangelio. Pero no hay en ellas ningún indicio de una separación de Jesús respecto de los Once (Judas había defeccionado). Al contrario, Jesús les promete una prolongación perpetua de la situación presente: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos». La diferencia consiste solamente en el modo de presencia, no en su realidad.

¿Quién es el que hace esa promesa y a quiénes se dirige? El que habla con el pronombre personal YO es Jesús resucitado. A las mujeres que fueron al sepulcro se apareció vivo el mismo día de su resurrección y les dijo: «No teman, vayan y digan a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28,10). Los apóstoles acudieron a esa importante cita:
«Los once discípulos partieron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado». Y allí lo vieron, vieron al mismo Jesús que ellos bien conocían, en carne y huesos; no es un espíritu. Él se presenta así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». Que tenga todo poder en la tierra puede comprenderse de quien sanaba los enfermos, resucitaba a los muertos, podía mandar al viento y al mar y alimentar una multitud con cinco panes y dos peces; finalmente, había resucitado él mismo. Pero que tenga todo poder en el cielo, no puede decirse sino de Dios mismo. Lo proclama el Salmo 115: «¡Benditos ustedes del Señor, que hizo el cielo y la tierra! El cielo es el cielo del Señor; la tierra la ha dado a los hijos de Adán» (Sal 115,15-16). Como hombre, a Jesús le ha sido dado todo poder en la tierra; como Dios verdadero, le ha sido dado todo poder en el cielo. Jesús usa la voz pasiva para insinuar un agente que es el origen de todo poder: Dios. A éste Jesús llama «Padre», revelando así que él es el Hijo de Dios: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra... Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni alguien conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mt 11,25.27).

El que se presenta vivo ante los apóstoles en aquel monte de Galilea es, entonces, el Hijo de Dios, Dios verdadero, hecho hombre. Él no sólo tiene todo poder, sino también todo tiempo: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos». Si fijamos nuestra atención ahora en los destinatarios –«ustedes»–, ellos no son solamente esos once apóstoles, pues ellos no iban a estar «todos los días hasta el fin de los tiempos»; los destinatarios son todos los discípulos de Cristo que han existido y existirán a lo largo de la historia. Aquí tenemos una promesa indirecta de que habrá discípulos de Cristo –muchos o pocos, Dios lo sabe– hasta el fin de los tiempos, para que pueda estar con ellos Jesús resucitado todos los días. Es también una misión: «Hagan discípulos de todos los pueblos». Si hubieran muerto los apóstoles y no hubieran hecho ningún discípulo, la promesa de Jesús habría quedado sin cumplimiento. ¡Imposible! El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra el extraordinario celo que ellos tuvieron para cumplir la misión. Se calcula que a fines del siglo I d.C. los cristianos en el mundo eran unos 8.000 y que un siglo después eran 200.000. Hoy, sólo los católicos, superan los mil millones, hombres y mujeres de todos los pueblos.

Dijimos que el modo en que Jesús está con nosotros ahora es real pero distinto de como estaba con sus apóstoles cuando recorría con ellos la Palestina. Ahora está vivo con su cuerpo, alma y divinidad en la Eucaristía y se nos da como alimento de manera que su estar con nosotros es mucho más estrecho e íntimo: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él... el que me coma, vivirá por mí» (Jn 6,56.57). Cuando Jesús promete: «Yo estoy con ustedes todos los días», piensa especialmente en los que participan en la Misa dominical y se unen a él por la comunión eucarística. Estos son sus discípulos, los que han sido bautizados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y han aprendido a guardar todo lo que Jesús nos ha mandado.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles