Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 21 de Mayo del 2017

Jn 14,15-21
Comprenderán que ustedes están en mí y yo en ustedes

El Evangelio de este Domingo VI de Pascua, que está tomado de los discursos de despedida pronunciados por Jesús en la última cena con sus discípulos, comienza con una frase condicional: «Si ustedes me aman...».

Antes de formular lo condicionado, Jesús formula un criterio que permita a sus discípulos verificar el cumplimiento de la condición, es decir, discernir la autenticidad de su amor a Jesús. No es indicio verdadero de ese amor la consternación y tristeza en que quedaron los discípulos ante el anuncio de la partida de Jesús. El único criterio es este: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos». A Jesús no le convencen nuestras declaraciones de amor y fidelidad; las toma como la de Pedro: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: antes que cante el gallo tú me habrás negado tres veces» (Jn 13,38). Los mandamientos de Jesús no sólo hay que cumplirlos, sino además tenerlos consigo como un don precioso, como lo afirma Jesús repitiendo el mismo criterio: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama». Hoy día en la escena pública de nuestro país, algunos se declaran cristianos y católicos; pero quieren que la Iglesia abandone los mandamientos de Jesús y adopte los que ellos proponen. La Iglesia ama a Jesús y nunca enseñará algo distinto de lo que Jesús manda. Lo atestigua la larga lista de mártires, hombres y mujeres, que han dado su vida por defender lo mandado por Cristo.

Una vez cumplida la condición, ¿cuál es la consecuencia; a qué se compromete Jesús? Oigamoslo a él: «Yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre». Antes de analizar el contenido de esta promesa, observemos el nombre que Jesús da a ese don del Padre: «les dará otro Paráclito». De manera indirecta, Jesús asume para sí la condición de «Paráclito»; él es un Paráclito que Dios ha dado a sus discípulos y que ahora anuncia su partida; respondiendo a la petición de Jesús, el Padre les dará «otro Paráclito». Si Jesús asume este título para sí mismo y para su misión entre los discípulos, es esencial que conozcamos bien su significado. «Paráclito» es una palabra griega, que por su riqueza de significado, no se traduce –cualquier traducción al español la empobrece–; es el nombre que se da a la persona que es llamada junto a mí, cuando me encuentro en situación de extrema dificultad, para que me sostenga, me defienda, me proteja, me consuele. Por eso, suele traducirse por «abogado, defensor, consolador». Durante su vida terrena, Jesús fue un Paráclito para sus discípulos, como el mismo lo declara en su oración al Padre: «Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu Nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido...» (Jn 17,12). Siendo «Paráclito» un título de Jesús, ningún cristiano debe ignorar su significado.

¿Quién es el «otro Paráclito», que está con nosotros para siempre? Responde Jesús: «El Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes lo conocen, porque mora con ustedes y estará en ustedes». En primer lugar, debemos decir que es espíritu, es decir, obra en el interior del ser humano, en su dimensión espiritual. Y en esa dimensión le concede conocer la verdad. No se trata de la verdad que el ser humano puede alcanzar con su inteligencia natural (la ciencia natural), sino de la verdad que él no puede alcanzar con sus propios medios, de una verdad sobrenatural, que es un don de Dios y que se refiere a Dios mismo, como origen de todo lo creado y como fin último del ser humano, y a su enviado Jesucristo. El Espíritu no revelará una nueva verdad, sino la misma verdad revelada por Jesús: «Él tomará de los mío y lo comunicará a ustedes» (Jn 16,14.15). Siempre permanece lo declarado por Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6); pero el Espíritu hace que esa verdad pueda ser poseída por el ser humano como propia.

«El mundo no puede recibirlo». Es una imposibilidad radical. «El mundo» es el ámbito humano que rechaza a Jesús y que está completamente cerrado a él. Por eso, no tiene ninguna relación con el Espíritu; es puramente carnal, busca sólo el poder, el dinero y los placeres de este mundo. Es refractario al Espíritu de la verdad. Jesús explica: «No lo ve ni lo conoce». Que no lo vea es obvio, porque es espíritu y no cae bajo el sentido de la vista. Pero tampoco lo conoce, porque el único lugar en que se conoce el Espíritu es el Hijo de Dios hecho hombre, en su Palabra y su actuación. Sólo a Juan fue concedido ver al Espíritu, que adoptó forma visible, para que pudiera dar testimonio: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él (sobre Jesús)» (Jn 1,32).

Respecto de sus discípulos, en cambio, Jesús afirma: «Ustedes lo conocen, porque está junto a ustedes». En el contacto con Jesús, sobre quien está el Espíritu, ellos lo han conocido. Esto pertenecía al presente en que Jesús estaba hablando. Pero Jesús agrega algo perteneciente al futuro: «Estará en ustedes», quiere decir: en el interior de ustedes. Esto aún no estaba cumplido. Se cumplió cuando descendió sobre ellos el Espíritu Santo. Entonces recibieron luz para entender y fuerza para ser testigos de Jesús.

Refiriendose a ese don interior del Espíritu de la verdad, Jesús afirma: «Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes en mí y yo en ustedes». La unión de ellos con Jesús será mucho más estrecha que la que tenían entonces. Toda nuestra vida cristiana consiste en comprender esto y vivir de esta verdad: nuestra plena incorporación a Jesús y, con él, al Padre. Y nuestra incorporación a Jesús consiste en compartir su misma vida divina: «Ustedes me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán». Esa vida se nos comunica cuando nos alimentamos del pan vivo en la Eucaristía. La Eucaristía dominical es un don de Dios inmenso.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles