Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de Mayo del 2017

Jn 14,1-12
Creo en Dios Padre

El Evangelio de este Domingo V de Pascua está tomado de los «discursos de despedida» pronunciados por Jesús en la última cena con sus discípulos antes de su pasión y muerte. Esta parte del Evangelio de Juan es introducida con estas palabras: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre... Durante la cena... sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía...» (Jn 13,1.2.3).

En este contexto de despedida, es natural que los discípulos tuvieran razones para estar inquietos en su interior, pues era claro que las autoridades judías buscaban a Jesús para matarlo. Ya el Sumo Sacerdote Caifás había declarado: «Les conviene que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Jn 11,49); y el evangelista nos informa: «Los Sumos Sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerlo» (Jn 11,57). Se entiende, entonces, que Jesús tranquilice a sus discípulos diciendoles: «No se turbe el corazón de ustedes»; y agregue la razón: «Ustedes creen en Dios: crean también en mí». De esta manera, él pretende para sí la misma confianza y abandono que sus discípulos, como judíos piadosos y observantes que eran, tenían respecto de Dios, del Dios de Israel. Se trata de creer que su partida es conveniente para ellos: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones... yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que, donde esté yo, estén también ustedes». La separación será sólo temporal; la unión con él será para siempre.

Hasta un niño, si le hacemos leer esas palabras de Jesús y le preguntamos: «¿A dónde va Jesús?», habría respondido: «A la casa de su Padre». ¿Cómo se explica, entonces, que uno de los Doce, Tomás, habiendo escuchado esas mismas palabras, objete: «Señor, no sabemos a dónde vas»? En realidad, ellos tropiezan con el punto central de la revelación de Jesús: su condición de Hijo de Dios y, por tanto, la afirmación de que Dios es su Padre. Varios judíos reconocen que Jesús viene de Dios. Lo dice Nicodemo: «Sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3,2). Lo dice el ciego de nacimiento a quien Jesús dio la vista: «Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada» (Jn 9,32-33). Lo confiesa Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). Esos reconocimientos son muy admirables; pero no son suficientes. Todos hablan de «Dios»; nadie habla del «Padre», ni siquiera sus discípulos más cercanos. A esto se refiere la pregunta de Tomás; su pregunta equivale a esta otra: «¿Quién es tu Padre?». Y coincide con la petición que hace Felipe, dando un paso más: «Señor, muestranos al Padre y nos basta».

Jesús ya había enseñado a los judíos quién era aquel a quien él llama «mi Padre»: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien ustedes dicen: "Él es nuestro Dios"; y, sin embargo, no lo conocen. Yo sí que lo conozco» (Jn 8,54-55). Nos atrevemos a agregar: «Lo conozco y tengo la misión de revelarlo». Ningún profeta había llegado a afirmar que Dios, el Dios único y verdadero, tenía un Hijo de su misma naturaleza divina –«Crean también en mí»– y que eran, por tanto, dos Personas distintas: Padre e Hijo. Y, sin embargo, Jesús confiesa la unicidad de Dios en la oración dirigida a su Padre: «Padre... glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti... Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,1.3). El «único Dios verdadero» es entonces el Padre y el Hijo y también el lazo de amor entre ellos: el Espíritu Santo. De éstos tres, el Hijo se hizo hombre y, de esta manera, hizo visible para nosotros el Dios invisible. Así podemos comprender la respuesta que Jesús da a sus dos discípulos, ambas son centrales en su misión reveladora y nosotros las debemos meditar continuamente.

A Tomás, que dice no conocer el destino de Jesús y, por tanto, menos aun, el camino hacia esa meta, Jesús responde: «Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí». Y a Felipe, que pide ver al Padre, Jesús responde: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... Creanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí».

De esta manera, este diálogo de Jesús con sus discípulos en la última cena es como una catequesis sobre la frase del Prólogo del mismo Evangelio: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha narrado» (Jn 1,18). Jesús da un paso más que el evangelista: «Él lo ha hecho visible». Para completar, es necesario agregar la acción del Espíritu Santo, cuya existencia revela Jesús en esos mismos discursos de despedida: «El Espíritu de la verdad los llevará a la verdad completa... Tomará de lo mío y lo comunicará a ustedes» (Jn 16,14.15). El Espíritu hace posible que nosotros veamos al Padre viendo a Jesús. Es fundamental creer firmemente en esto, porque de esta fe depende que la Iglesia pueda realizar su misión de salvación: «En verdad, en verdad les digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aun, porque yo voy al Padre». Jesús va al Padre. Pero esto no significa que el mundo quede privado de su presencia; su obra de salvación se prolonga por medio de los que creen en él.

El misterio central y más importante de la fe cristiana es el que se refiere a Dios mismo, a saber, que Dios es uno solo, pero la única sustancia divina es poseída por entero por tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La contemplación de este misterio hacía exclamar a San Agustín, a conclusión de su gran obra «De Trinitate» (Sobre la Trinidad): «Este es nuestro máximo gozo –más grande no existe–: gozar de Dios Trinidad a cuya imagen hemos sido creados».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles