Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Mayo del 2017

Jn 10,1-10
En verdad, en verdad les digo...

Con estas palabras de Jesús comienza el Evangelio de este Domingo IV de Pascua. No es una fórmula aislada. La usa Jesús cada vez que introduce una sentencia de importancia que él quiere que se grabe en la mente y el corazón de sus discípulos. En el breve Evangelio de este domingo la repite dos veces. No era este el modo de hablar del pueblo en el tiempo de Jesús; es un modo de hablar propio y personal de Jesús. No la encontramos en ninguno de los profetas del Antiguo Testamento y tampoco en San Pablo y demás autores del Nuevo Testamento.

Esta fórmula debió ser tan propia y personal de Jesús que el evangelista, escribiendo en griego, la conserva en su tenor original arameo: «Amén, amén, lego humin». Y lo mismo hace la versión latina conocida como Neo Vulgata, que es la versión oficial de la Iglesia Católica: «Amen, amen dico vobis». Así traducían también las antiguas versiones españolas: «Amén, amén les digo». Y no estaban tan erradas, porque la palabra «amén» pertenece a la lengua española y para algunas personas es tal vez la palabra que usan más veces en el día. En la recitación del Rosario, por ejemplo, se usa al menos sesenta veces. También la usamos muchas veces en la Liturgia. La traducción: «Les aseguro que», es errada, porque traduce una expresión propia y personal de Jesús con una expresión que todos usan.

Jesús usa esta fórmula en el Evangelio de hoy para introducir una afirmación cierta tomada de la vida real: «En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas». Es obvio. Pero los discípulos no entendían por qué lo dice: «Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les decía». El evangelista nos ayuda a comprender, diciendo que se trata de una «parábola», una comparación. Jesús no deja a sus discípulos en la incertidumbre sino que les explica la comparación, usando la misma fórmula: «En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas». Ahora entendemos también nosotros: para tener lícitamente la condición de pastor de las ovejas de Cristo –las ovejas son siempre suyas, él las adquirió con su sangre– es necesario entrar por la puerta que es él, es decir, venir en su nombre y con su mandato. Por esa puerta entró Pedro, cuando Jesús le repitió tres veces: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15.16.17). De esta manera, Jesús entrega a sus discípulos un criterio para distinguir al que es verdadero pastor del que es salteador y usurpador.

Jesús sigue desarrollando la parábola: «El que entra por la puerta es pastor de las ovejas... Las ovejas escuchan su voz... a sus ovejas las llama por su nombre... va delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz». Hoy día hay muchos que pretenden ser líderes del pueblo. Ante cada uno de ellos es necesario preguntarse si ha entrado por Cristo, si reconocemos en él la voz de Cristo. De lo contrario, ha entrado en el redil escalando como un extraño y la conducta ante ellos deberá ser esta: «Las ovejas no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Para ser verdadero pastor hoy es necesario acoger a Cristo como Dios y Señor y predicar su Palabra con total fidelidad, como lo dice San Pablo: «Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por medio de Jesús» (2Cor 4,5). Es necesario, además, haber recibido un mandato del mismo Cristo que se comunica por medio de un Sacramento instituido por él para este fin, el Sacramento del Orden. En el Sacramento del Orden el mismo Cristo dice a quien lo recibe: «Apacienta mis ovejas». Quien recibe ese Sacramento ha entrado al redil por la puerta, es pastor de las ovejas y las ovejas reconocen en su predicación la voz de Cristo. Por su parte, Cristo se confía a ellos diciendoles: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16).

¿Cuál es la finalidad de todo esto? Jesús la expresa contrastando la vida y la muerte: «El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». La finalidad es, entonces, la vida, la «vida en abundancia». ¿A qué vida se refiere Jesús? Alguien podría objetar: «Yo no necesito a Jesús, porque yo ya tengo la vida... como, bebo, me divierto, etc». En realidad, Jesús no se refiere a esta vida terrena que nosotros tenemos naturalmente. A los ojos de Jesús esta vida terrena es más muerte que vida. En efecto, hay millones de millones de seres humanos que gozaron por un breve lapso de tiempo de esta vida terrena y hoy están convertidos en polvo. Esta vida terrena se dirige a la muerte y está permanentemente amenazada por la muerte, como dice San Pablo: «Cada día muero» (Cotidie morior) (1Cor 15,31). La vida que nos comunica Jesús y que nos comunican hoy los pastores de la Iglesia es la vida eterna, la vida sin fin y sin límite, que no es amenazada por la muerte corporal. Jesús ha venido al mundo para que nosotros tengamos, por la fe en él, esta vida. El ser humano no está destinado a la frustración de la muerte y al polvo; está destinado a la vida eterna junto a Dios. Esta es la vida que nos da Jesús y hoy lo hace a través de su Iglesia y sus pastores.

Dado que en este Domingo IV de Pascua, en cada ciclo se lee una parte de esta parábola del Buen Pastor, desde hace 54 años, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones al sacerdocio, es decir, a ser verdaderos pastores del pueblo de Dios. Debemos redoblar nuestra oración para que haya suficientes pastores que nos provean el pan de vida eterna. Sin el sacerdote no podemos tener el alimento de vida eterna, no podemos tener a Cristo vivo, realmente presente entre nosotros. Y sin él, no tenemos vida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles