Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de Febrero del 2017

Mt 5,17-37
Yo les digo

En este Domingo VI del tiempo ordinario continuamos la lectura del Sermón de la montaña, que había comenzado con las Bienaventuranzas, seguidas por las dos parábolas de la sal de la tierra y de la luz del mundo, con las cuales Jesús impone a sus discípulos la obligación de hacer operante en la sociedad humana la verdad revelada por él.

Si tuvieramos que formular brevemente esa verdad sobre el ser humano revelada por Jesús, podríamos adoptar los términos en que lo hace San Pablo, que por este motivo se ve impulsado a alabar a Dios: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… por cuanto nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para que seamos santos e inmaculados en su presencia en el amor, eligiendonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo…». (Ef 1,3-5). En el mundo secularizado y cerrado a la trascendencia que nos rodea, quien vive profundamente su condición de hijo de Dios y toma en serio su vocación a la santidad, brilla como una luz en las tinieblas y hace a toda la sociedad más acogedora y cordial, como la sal da sabor a los alimentos.

En la primera parte del Evangelio de hoy Jesús asegura que no ha venido a abolir lo revelado por Dios a su pueblo hasta entonces, es decir, la Ley y los Profetas, todo el Antiguo Testamento. Si alguien pudo pensar eso, está errado: «No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento». El término usado por Jesús significa: «Llevar a plenitud, llevar hasta la verdad plena». El cumplimiento fiel de la Ley antigua produjo grandes santos, como es el caso de los Patriarcas, los profetas y las grandes mujeres de la historia de Israel. Lo dice Jesús: «El que cumpla y enseñe (los mandamientos de la Ley) será grande en el Reino de los Cielos».

Y, sin embargo, una vez que el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza y nos elevó a la condición de hijos de Dios, el Antiguo Testamento no basta: «Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos». ¿Qué es la justicia, qué es aquello en que un cristiano debe superar a los escribas y fariseos? En la mentalidad bíblica la justicia es algo que el ser humano ha recibido de Dios y que lo impulsa a alegrarse con el bien y promoverlo y a reprobar el mal y combatirlo. La definición del bien y el mal la recibe el justo de Dios mismo. En el Antiguo Testamento la definición del bien y el mal fue dada por Dios a su pueblo en la Ley y los Profetas; el cristiano, en cambio, la recibe de Cristo y esto le concede que su justicia sea superior. San Pablo era un fariseo «intachable en cuanto a la justicia de la Ley». (Fil 3,6); pero, una vez que le fue concedido el conocimiento de Cristo anhela una justicia mayor: «Ser hallado en Cristo, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios» (Fil 3,9).

A continuación Jesús indica seis instancias de esa plenitud que él viene a dar a la Ley de Dios dada a los antepasados. Lo hace repitiendo una fórmula en que él se pone al mismo nivel que Dios. Él es conocedor del bien y del mal y dice al ser humano el bien que debe hacer y el mal que debe rechazar: «Ustedes han oído que se dijo a los antepasados (sigue un mandamiento de la Ley de Dios)… pues yo les digo…». El YO de Jesús, su Persona, es divino. Bastarían estos textos para demostrar que Jesús reveló su condición de Dios. Nadie habría osado agregar algo a la Palabra de Dios, excepto el mismo Dios. En el Evangelio de hoy leemos cuatro de esas instancias en que Jesús lleva a plenitud el mandamiento de Dios.

«Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás” y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo les digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo ante el tribunal…». El mandamiento: «No matarás» sigue plenamente vigente. Por medio de este mandamiento Dios mismo asume la defensa de los débiles e inocentes contra el abuso de los fuertes y poderosos. Por eso sería grave que en nuestro país se dictara una ley de aborto, que permita matar a un inocente. Sería una ley humana que pretendería derogar una ley divina. Obligaríamos a Dios a defender a las víctimas inocentes de otra manera. Jesús declara que no sólo matar es contra ese mandamiento, sino también cualquier otra forma de violencia o maltrato: «El que se encolerice…».

Jesús, como nueva instancia de Palabra de Dios, deroga la concesión del divorcio, que Moisés se había visto obligado a promulgar: «También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio». Digamos inmediatamente que la cláusula exceptiva se refiere a un caso de fornicación, es decir, de una unión prohibida por la Ley de Dios. En este caso lo que el hombre debe hacer es cesar en esa unión cuanto antes. Jesús se refiere al caso de verdadera unión. En este caso, quien repudia a su esposa comete un doble mal: expone a la mujer al adulterio, pues en ese tiempo la mujer que había dejado la casa paterna para casarse, si era repudiada por su marido, no podía sobrevivir, sino uniendose con otro hombre; y el segundo mal es ser causa del adulterio también del hombre que se une con ella. Ambos obrarían contra el mandamiento que Jesús acababa de reafirmar: «No cometerás adulterio». En la situación actual del cristiano la única unión entre un hombre y una mujer que es coherente con la justicia que Jesús manda a sus discípulos es la que ha sido santificada por el Sacramento del Matrimonio. El derecho de la Iglesia expresa esta enseñanza de Jesús: «Entre bautizados no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo Sacramento». (Can 1055,2). El hombre y la mujer que están unidos por cualquier otro tipo de unión no pueden acceder a la Comunión eucarística, que es el acto de máximo amor y de auténtica amistad con Cristo, mientras él no los una en el Sacramento del Matrimonio.

† Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa Maria de los Ángeles