Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 05 de Febrero del 2017

Mt 5,13-16
Ustedes son la sal de la tierra… la luz del mundo

Para todos es sabido que Jesús fue un extraordinario maestro y que como método de enseñanza usó las parábolas. Este método es tan característico de Jesús, que el evangelista San Mateo, que leemos este año en la Eucaristía dominical, describe su enseñanza con esta afirmación general: «Todas estas cosas dijo Jesús a la multitud en parábolas, y nada les decía sin parábolas» (Mt 13,34). En el Evangelio de este Domingo V del tiempo ordinario leemos las dos primeras parábolas de Jesús: «Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo…».

Ambas afirmaciones están expresadas en presente indicativo: «Ustedes son…», pero se trata claramente de un imperativo. Expresan lo que debe ser el sujeto. ¿A quiénes se dirige Jesús? ¿A quiénes impone esa obligación? Para responder a esta pregunta debemos remontar al comienzo del Capítulo V de Mateo. Allí se presenta a Jesús seguido por una gran muchedumbre; pero, luego, el auditorio se reduce: «Sus discípulos se le acercaron y él, tomando la palabra les enseñaba diciendo…» (Mt 5,1-2). Jesús se dirige, entonces, a sus discípulos, a los mismos que acaba de decir: «Bienaventurados serán ustedes… cuando digan contra ustedes toda suerte de mal, por causa mía» (Mt 5,11). Se dirige a los que se honran con el nombre de «cristianos», porque así se llamaba a los discípulos, cuando se escribió el Evangelio de Mateo, como nos informa el libro de los Hechos de los Apóstoles: «En Antioquía fue donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”» (Hech 11,26).

Las parábolas son una comparación con alguna realidad o historia tomada de la vida real que es familiar para el auditorio. No hay nada más familiar que la sal, pues la gustamos diariamente en los alimentos y todos sabemos que una pequeña cantidad sazona todo. Por otro lado, ni el mejor cocinero del mundo puede hacer apetecibles sus platos si no dispone de sal. Pero lo peor que puede ocurrir es que la sal que se mezcla con los alimentos no sazone, porque ha perdido su virtud, ha perdido su propiedad. Jesús expresa bien el sentir general: «Para nada sirve más que para ser arrojada fuera». Pero él agrega una circunstancia que expresa la irritación: «... y ser pisoteada por los hombres».

La parábola de la sal consiste en formular la norma de vida de quien se llama «cristiano» comparandola con la acción de la sal en los alimentos. El cristiano debe hacer sentir en todos los ambientes en que se encuentre, por medio de su palabra y de su vida, la verdad que es Cristo. Dejemos de lado el caso de quien se opone a esa verdad, por ejemplo, si Jesús dijo: «Yo soy la vida… Yo he venido para que tengan vida» (Jn 14,6; 10,10), aprueba una ley de aborto, que es una ley de muerte, una ley directamente contraria a la vida y, por tanto, contraria a Crisro. La parábola se refiere más bien al cristiano que, debiendo defender la vida, se abstiene; quien así actúa perdió su virtud de cristiano. Hemos visto que la sentencia que Jesús fórmula para este caso es severa: «Para nada sirve ya, sino para ser arrojada fuera y ser pisoteada por los hombres». En realidad, en la apreciación de Jesús, este caso es igual al primero: «El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30).

Tal vez más familiar aun que la sal es la luz. La luz no tiene ninguna posibilidad de perder su luminosidad. Lo expresa Jesús diciendo: «No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte». El problema de la luz no es que no alumbre sino que se cubra: «No se enciende una lámpara para ponerla debajo de un recipiente, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa». El evangelista San Juan expresa la encarnación de la Palabra diciendo: «Estaba viniendo al mundo la Luz que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). Lo confirma Jesús con una afirmación solemne sobre su propia identidad: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Él quiere que ahora esa Luz brille a través de sus discípulos y describe la identidad del cristiano en los mismos términos que se describe a sí mismo: «Ustedes son la luz del mundo». Misión sublime, que es la misma que tuvo Cristo. Bien cumplió esta misión San Pablo, que escribe a los gentiles: «Todo cuanto ustedes han aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponganlo por obra...» (Fil 4,9). La luz del cristiano es la de Cristo; no es luz propia; por eso, cuando esa luz brilla la gloria es para Dios: «Brille la luz de ustedes ante los hombres… para que glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo».

La extensión que da Jesús a su mandato es absolutamente nueva: «Sal de la tierra… luz del mundo». La misión cristiana debe extenderse a toda la tierra, a todo el mundo; no a un solo pueblo, sino a todos los pueblos. Jesús es el Salvador de toda la humanidad y no hay otro. Estas primeras parábolas de Jesús encuentran su confirmación en el último mandato a sus apóstoles: «Hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,20). Esta sigue siendo la misión de todos los cristianos.

† Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa Maria de los Ángeles