Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 31 de Julio del 2011

Mt 14,13-21
Tomad y comed todos de él

Terminado el discurso en parábolas, que hemos leído en forma continuada los tres últimos domingos, el Evangelio de Mateo comienza una sección narrativa que se extiende hasta Mt 18,3, donde comienza el siguiente discurso, el de instrucciones para la vida de la Iglesia.

El primer episodio narrado es el de la visita de Jesús a su propio pueblo de Nazaret y su enseñanza en la sinagoga de ese lugar. Sus paisanos y sus parientes, a quienes había llegado la fama de su sabiduría y de su poder de hacer milagros, no se convencieron y no creyeron en él. El episodio concluye con esta observación: «No pudo hacer allí muchos milagros por la falta de fe de ellos» (Mt 13,58). Su fama llegó también a Herodes, que en ese tiempo gobernaba en Galilea con el título de tetrarca. Herodes opinaba: «Este es Juan el Bautista que ha resucitado de entre los muertos; por eso las fuerzas milagrosas operan en él» (Mt 14,2). Sobre esto informaron a Jesús sus discípulos y esta noticia motivó su alejamiento en una barca hacia un lugar desierto para estar retirado con ellos. (El relato de las circunstancias en que murió Juan el Bautista está intercalado, inducido por la observación de Herodes sobre su resurrección, y obviamente pertenece a un tiempo precedente).

Pero no pudo Jesús sustraerse al fervor popular: «Apenas lo supo la gente lo siguieron a pie desde las ciudades». Y se le adelantaron, de manera que, «al desembarcar vio una gran multitud». La reacción de Jesús es una revelación de su infinita misericordia y un premio a la perseverancia y el fervor de la gente: «Tuvo compasión de ellos y curó a sus enfermos». En contraste con lo ocurrido en su propio pueblo, aquí su misericordia lo mueve a hacer muchos milagros. Esos milagros lo revelan a él como fuente de la vida.

Como se hizo tarde, los discípulos dicen a Jesús: «El lugar es desierto y la hora ya es avanzada; despide a la multitud para que vayan a los pueblos y se compren alimentos». La respuesta de Jesús parece a primera vista no tener relación con la situación presentada por sus discípulos: «No tienen necesidad de irse; denles ustedes mismos de comer». ¿Qué pretende Jesús con esa orden? Dejaremos pendiente esta pregunta para ver el desenlace.

Los discípulos no piden explicación, sino que inmediatamente objetan insinuando que esa orden era absurda: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Jesús les va a demostrar que su orden no era absurda. Ordenó que se los trajeran y que la multitud se sentara sobre la hierba y «tomando los cinco panes y los dos peces, elevando los ojos al cielo, los bendijo, los partió y dio a los discípulos los panes y los discípulos los dieron a la multitud». Es significativo que se distribuyen sólo los panes y ya no se mencionan los peces. No es que tocara a cada uno un minúsculo pedazo sino que «comieron todos y se saciaron, y de los restos recogieron doce canastos llenos. Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños».

Ahora podemos intentar responder a la pregunta que dejamos pendiente. Una primera respuesta es que la intención de Jesús era que el milagro de la multiplicación de los panes lo hicieran los mismos discípulos compartiendo así con ellos ese poder milagroso que obraba en él. Por la resistencia de los discípulos no pudo ser así y el milagro lo hizo Jesús. Pero, en definitiva, quienes dieron de comer a la multitud fueron los discípulos.

Otra respuesta, que no excluye la anterior, es que esa orden de Jesús fuera el anuncio de un alimento futuro, un alimento verdadero, que los discípulos verdaderamente darían a la multitud. En este caso el milagro lo hacen los discípulos, pero actuando «in persona Christi» (en la persona de Cristo), es decir, con los poderes de Cristo; y lo hacen repitiendo los mismos gestos, como lo hacemos en la Plegaria eucarística I (el Canon Romano): «Tomó pan en sus santas y venerables manos, y elevando los ojos al cielo (el sacerdote eleva los ojos), hacia ti, Dios Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo...». No se puede negar que el milagro de la multiplicación de los panes es figura y anuncio de este pan que nutre la sed de vida eterna que hay en nosotros. Cada vez que celebramos la Eucaristía estamos obedeciendo la orden de Jesús que en esa ocasión dio a sus discípulos: «Denles ustedes mismo de comer». Corresponde a los fieles acudir con igual o mayor fervor que el de aquellos galileos a nutrirse de este pan que es infinitamente superior.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles