Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de Marzo del 2017

Jn 9,1-41
Lo estás viendo; es el que está hablando contigo

La curación del ciego de nacimiento, que leemos en este Domingo IV de Cuaresma, es uno de los grandes milagros obrados por Jesús. Pero en el largo relato, que el evangelista distribuye en siete escenas, ha adquirido la forma de una catequesis bautismal. La luz material que recibió el ciego es signo del don espiritual que se recibe en el Bautismo y que permite ver a Jesús como «luz del mundo». La conclusión del episodio acentúa esa doble visión. En efecto, cuando el que había sido ciego vio a Jesús, por primera vez, con su vista material, lo vio también con la luz de la fe: «Creo, Señor». En él se cumple lo que en otra ocasión dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Él vio a Jesús con los ojos de su rostro; pero, con los ojos de la fe, vio a Dios: «Se postró ante él».

«Al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento». En el Evangelio encontramos otros casos en que Jesús da la vista a un ciego. Pero aquí la insistencia en que se trata de un ciego «de nacimiento» tiene resonancia bautismal. El Bautismo es el remedio a una condición que se tiene de nacimiento. Lo subrayan también sus padres, que son llamados a declarar: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego».

Después de declarar Jesús: «Soy luz del mundo», el Evangelio continúa: «Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego». La iniciativa es absolutamente de Jesús. El ciego todavía no ha pronunciado palabra. ¿Qué necesidad tiene Jesús de hacer todos esos gestos, sobre todo, de emplear barro, para dar la vista al ciego? Esas acciones tienen la finalidad de introducir el tema del baño: «Le dijo: "Anda, lavate en la piscina de Siloé (que quiere decir Enviado)". El fue, se lavó y volvió viendo». En la necesidad del baño se insiste también después, cuando preguntan al ciego cómo adquirió la vista: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: "Vete a Siloé y lavate". Yo fui, me lavé y vi». La misma declaración repite cuando es llevado ante los fariseos: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». «Me lavé y veo» es una expresión del Bautismo y de su efecto. En el Bautismo se concede ver la Luz del mundo. Por eso, el Bautismo cristiano, en los primeros siglos era llamado «Iluminación». Así lo llama ya la Epístola a los Hebreos: «Los que fueron una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo» (Heb 6,4).

El relato destaca la misión que tiene de dar testimonio de la Luz quien ha sido iluminado. Lo declaran los padres del ciego: «Preguntenle a él; edad tiene; puede hablar por sí mismo». El hombre aún no ha visto a Jesús. Sólo sabe su nombre. Pero, cuando le preguntan qué dice sobre él, responde: «Que es un profeta». Y afirma su origen divino: «Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». El hombre tendrá que sufrir, por causa de Cristo, la expulsión de la comunidad religiosa de Israel, que era la pena máxima: «"Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?". Y lo echaron fuera». Se cumple así en él lo que constata la Epístola a los Hebreos: «Recuerden los días pasados, en que después de ser iluminados, tuvieron que soportar un duro y doloroso combate» (Heb 10,32).

Los padres del ciego, aunque verificaban el asombroso milagro operado en su hijo, no quieren comprometerse más allá que declarar que es su hijo y que nació ciego, «por miedo a los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno reconocía a Jesús como Cristo, quedara excluido de la sinagoga». Esto es lo que sufrió el ciego por su testimonio en favor de Jesús. Era una sentencia de excomunión, que en una sociedad teocrática como la de Israel en ese tiempo, significaba no sólo ser excluido del culto, sino también de la vida social. En esta situación se encuentra, cuando nuevamente se le acerca Jesús, pero esta vez el hombre lo puede ver: «Jesús se enteró de que lo habían echado fuera y, encontrandose con él, le dijo: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?”». Nuevamente, la iniciativa la tiene Jesús. Para responder a esa pregunta el hombre tiene que ser instruido: «Quién es, Señor, para que crea en él?». La instrucción fue breve, pero exhaustiva: «Lo estás viendo; el que está hablando contigo, ése es». Para creer es necesario ver a Jesús; hoy es necesario ver el testimonio de los cristianos y los signos del culto. Pero el acto de fe es un don de Dios y va mucho más allá. Como decíamos, el hombre vio a Jesús, pero confesó a Dios: «“Creo, Señor”. Y se postró ante él». Fue expulsado de la sinagoga; pero fue incorporado a la comunidad de los que creen en Cristo. Es el caso de todos los primeros cristianos provenientes del judaísmo. Lo vemos, en particular, en la conversión de San Pablo, que recibió el Bautismo cristiano.

Este Evangelio nos enseña que el Bautismo –la Iluminación–, cuando se trata de un adulto debe ser precedido por la instrucción cristiana –la catequesis– y no puede separarse del don del Espíritu Santo en la Confirmación y del encuentro personal con Cristo en la Eucaristía. Esto es lo que vivirán los catecúmenos en la Vigilia Pascual. El Evangelio del ciego de nacimiento se lee en el domingo en que ellos hacen el segundo escrutinio, como una preparación a esa nueva vida que ellos recibirán y a su incorporación a la Iglesia de Cristo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles