Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 05 de Marzo del 2017

Mt 4,1-11
No nos introduzcas en la tentación

El Evangelio de las tentaciones que soportó Jesús en el desierto, después de su Bautismo en el Jordán, se lee todos los años el Domingo I de Cuaresma, que celebramos hoy. Este año leemos ese episodio en el Evangelio según San Mateo. Siendo Jesús el Hijo de Dios hecho hombre, todo lo que él hizo y enseñó es para nosotros objeto de contemplación e imitación. El hecho de que él haya sufrido la tentación lo revela a nosotros como verdadero hombre, «probado en todo igual que nosotros, menos en el pecado» (Heb 4,15). La carta a los Hebreos dice acerca de Jesús: «Habiendo pasado él la prueba del sufrimiento, puede ayudar a los que la están pasando» (Heb 2,18). Esto mismo podemos decir respecto de la tentación: Habiendo él pasado por la prueba de la tentación puede ayudarnos a nosotros cuando somos tentados.

¿Qué es la tentación? La tentación es la atracción de nuestra voluntad hacia un objeto o un acto distinto o abiertamente contrario a la voluntad de Dios. El cristiano que ama a Dios sobre todas las cosas y que ora sinceramente, cuando dice a Dios: «Hagase tu voluntad en la tierra como en el cielo», en la tentación debe entablar una lucha contra sí mismo, contra su propia voluntad, para hacer que coincida con la de Dios. Entonces, él estará procurando hacer en la tierra la voluntad de Dios, como se hace en el cielo, y su oración será sincera. Si hace prevalecer su propia voluntad humana a la voluntad de Dios, el acto que hace es un pecado, que lo priva de la amistad con Dios. Jesús vivió esa situación en que su voluntad humana le proponía algo distinto de lo que Dios quería, distinto de la voluntad de Dios; Jesús sufrió la tentación. Esto no es necesario demostrarlo; esto está claro en el Evangelio.

«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo». El hecho de que Jesús fuera tentado y conociera la lucha contra la propia voluntad, corresponde al designio divino sobre él: «Fue llevado por el Espíritu…». De esta manera, venciendo en la tentación y alineando perfectamente su voluntad humana con la voluntad divina, él ofrecería reparación por todas las veces en la historia de la humanidad en que los seres humanos han actuado contra la voluntad divina, empezando por Adán y Eva.

Lo mejor para el ser humano es siempre hacer la voluntad de Dios. Dios es nuestro Padre y quiere nuestro bien. Él quiere nuestro Bien definitivo y eterno más que nosotros mismos. ¿Cómo puede ocurrir, entonces, que nuestra voluntad se oponga a la suya? ¿Es que nosotros queremos nuestro mal? Nuestra voluntad puede ser contraria a la de Dios y, en el caso del pecado, prevalecer sobre la de Dios, porque está influenciada por la mentira. Aquí interviene otro personaje, que quiere nuestro mal, quiere nuestra muerte eterna: el diablo o Satanás, «mentiroso y padre de la mentira», como lo define Jesús (Jn 8,44). Desde el principio Satanás fue quien engañó a Eva haciendole creer que era un bien para ella desobedecer la orden de Dios: «Serán como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gen 3,5). En lugar de un bien –ser como dioses–, lo que resultó fue lo más distinto a Dios que se puede imaginar: la muerte. Resume ese episodio el libro de la Sabiduría: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,24). El Apocalipsis lo llama «la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero» (Apoc 12,9).

Después de ayunar cuarenta días, Jesús sintió hambre y, entonces, el tentador le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Nosotros nunca vamos a sufrir esa misma tentación, porque no tenemos ninguna posibilidad de convertir una piedra en pan. En cambio, sufrimos la tentación de comer en exceso y consumir alimentos refinados y caros, mientras otros no tienen lo suficiente para sobrevivir. Lo mismo se puede decir de todos los placeres carnales, que procuramos en exceso, con egoísmo e incluso desprecio de los demás. Debemos resisitir esa tentación con la Palabra de Dios: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Nosotros nunca vamos a ser tentados de arrojarnos desde una altura para que los ángeles nos sostengan. En cambio, sufrimos la tentación de aparentar lo que no somos para ser admirados y apreciados por los hombres. Así se cumple la sentencia que decía Jesús a sus contemporáneos: «Ustedes no pueden creer, porque aceptan gloria unos de otros y no buscan la gloria que viene del único Dios» (cf. Jn 5,44).

Nosotros nunca vamos a ser tentados con la posesión de «todos los reinos del mundo y su gloria». Somos tentados, en cambio, con ejercer el poder de manera abusiva en nuestro pequeño ámbito: en el seno de la familia y en el trabajo. Sufren esta tentación los políticos que aprueban leyes contrarias a la Ley de Dios para mantener pequeñas cuotas de poder.

«Jesús fue llevado por el Espíritu para ser tentado», porque él debía vencer toda tentación y, como dijimos, ofrecer así reparación a su Padre. Nosotros desconfiamos de nuestras fuerzas y, por eso, oramos a Dios pidiendo: «No nos introduzcas en la tentación, sino libranos del mal» (Mt 6,13). Confiamos, sin embargo, que Dios nunca va a permitir que seamos tentados de manera que no podamos resistir, como asegura San Pablo a los corintios: «Ustedes no han sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que ustedes sean tentados sobre sus fuerzas. Antes bien, con la tentación, les dará una salida para poder resistir» (1Cor 10,13).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles