Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de Noviembre del 2016

Mt 24,37-44
Ven, Señor Jesús

Tres son los grandes eventos de la historia en que estamos insertos los seres humanos. El primero es el principio absoluto, a saber, la creación de todo; el tercero, que es también el último, le pondrá fin; y el del medio, es el que da sentido a todo. Los tres eventos son obra de Dios. Respecto del primero, la Palabra de Dios nos enseña: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1). Esta es la primera afirmación de la Biblia; es un principio absoluto. Respecto del segundo, nos dice: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4), para que nosotros recibieramos la condición de hijos de Dios. Y respecto del tercero y último dice: «Todos serán vivificados en Cristo... en su Venida... Luego será el fin, cuando entregue a Dios, su Padre, el Reino... para que Dios sea todo en todos» (1Cor 15,22.23.24.28).

Dos de estos eventos consisten en la venida de Cristo; son, entonces, un «adviento». Así comprendemos la importancia de este tiempo litúrgico que comenzamos hoy, con la celebración del I Domingo de Adviento, que se extiende hasta la Navidad. Comienza este tiempo con la consideración de la Venida final de Cristo y, a medida que se acerca la Navidad, se contempla su Venida, nacido de una mujer en Belén de Judea, hace 2017 años.

En el Evangelio de este Domingo I de Adviento Jesús habla de su venida final como de una cosa cierta. Repite dos veces: «Así será la venida del Hijo del hombre». Pero advierte respecto de ella: «Estén preparados, porque en la hora que ustedes no piensen, vendrá el Hijo del hombre». Jesús hablaba de sí mismo como de un tercero a quien llama «el Hijo del hombre». De esa manera acentúa su condición de verdadero hombre. Él es el Hijo de Dios, «Dios verdadero de Dios verdadero»; pero vino al mundo «nacido de mujer», es decir, verdadero hombre. El que vino en la plenitud del tiempo y que ha de venir el fin del mundo es el Señor, que posee en plenitud ambas naturalezas, la divina y la humana. Repite: «Velen, pues, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor». El que viene es el Señor.

Jesús insiste en su exhortación a velar y a estar preparados. Lo hace por medio de una comparación: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no supieron hasta que vino el diluvio y los arrasó a todos. Así será también la venida del Hijo del hombre». Comer, beber, tomar mujer o marido son actividades normales de los seres humanos de todos los tiempos; son las actividades propias de la mantención de la vida terrena: alimentarla y reproducirla, porque la muerte le impide perdurar. ¿Qué tiene de malo? Lo malo está en la prescindencia de Dios. La prescindencia de Dios hace que prevalezca el egoísmo, es decir, la prevalencia del ego. Y esto trae la violencia. La situación en los días de Noé era esta: «Vio el Señor que la maldad del hombre aumentaba en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal todo el día, y le pesó al Señor haber hecho al hombre en la tierra... Dijo Dios a Noé: “He decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencia por culpa de ellos. Por eso, he aquí que voy a exterminarlos de la tierra”» (Gen 6,5-6.13). ¿Por qué fue salvado Noé? Porque su conducta es descrita en estos términos: «Noé fue el varón más justo y cabal de su generación. Noé caminaba con Dios» (Gen 6,9). Caminar con Dios significa estar en su presencia y vivir en conformidad con la ley de Dios.

La venida de Cristo sorprenderá a los seres humanos en sus ocupaciones habituales y afectará a hombres y mujeres por igual: «Estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada». ¡Es una discriminación! Sí, claramente. Pero no es como la que hacemos los seres humanos, que se basa en el sexo, la raza, el poder, la riqueza, la condición social, la educación, etc. La discriminación que nos revela Jesús en su venida final será según el criterio que indica el profeta Miqueas y que se da por bien conocida, porque la veíamos en Noé: «Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor reclama de ti: tan sólo practicar la equidad, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8). La indica San Pablo por medio de una imagen: «Revistanse del Señor Jesucristo» (Rom 13,14). Quiere decir: asuman la condición de hijos de Dios, que es la propia de él.

Podemos hacer un sencillo examen. Si estamos temiendo la venida final de Cristo y deseamos que se dilate indefinidamente, quiere decir que algo tenemos que cambiar en nuestra vida para agradar a Dios. Si, en cambio, anhelamos que él venga pronto y le decimos de corazón: «Ven, Señor Jesús», como le rogaban los primeros cristianos y como le pedimos en la Eucaristía dominical, cuando él se hace presente bajo las especies del pan y el vino, quiere decir que estamos velando.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles