Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 20 de Noviembre del 2016

Lc 23,35-43
Hoy estarás conmigo en el Paraíso

La Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, que celebra la Iglesia este domingo, corona el año litúrgico y, en este año particular, cierra el Año Santo de la misericordia, promulgado por el Papa Francisco.

El Evangelio de este domingo comienza con esta afirmación: «El pueblo estaba allí mirando». Lo que ellos miran lo ha dicho antes: «Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, allí lo crucificaron (a Jesús), y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Lc 23,33). El pueblo mira, entonces, a Jesús crucificado como un malhechor más. Esta es la escena que pone la liturgia ante nuestros ojos. ¿En qué forma aparece Jesús como Rey del Universo en esa situación? ¿No habría sido más apropiado a este fin el relato de algún milagro obrado por Jesús, por ejemplo, la multiplicación de los panes, en que precisamente «querían tomarlo para hacerlo rey» (cf. Jn 6,15); o la resurrección de Lázaro?

La crucifixión de Jesús tiene en el Evangelio una doble dimensión. Una es la dimensión histórica y según ésta, Jesús, por envidia, es acusado ante el gobernador romano Pilato de alborotar al pueblo y, a pesar de que Pilato afirma su inocencia, al final el interés político prevalece sobre la verdad y la justicia y lo entrega a la muerte. Otra es la dimensión de la fe, que es la que descubre el sentido de la historia, y según ésta, la muerte de Jesús en la cruz es el acto supremo de amor que obtuvo la salvación eterna del género humano. Desde entonces este ha sido el objeto de la predicación cristiana, como lo afirma San Pablo, plenamente consciente de las diversas visiones de ese mismo hecho: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,23-24). Teniendo ante los ojos a Cristo crucificado, San Pablo, declara: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Este es el significado de su muerte.

Así como, con ese acto supremo de amor, Jesús adquirió para sí a San Pablo, así adquirió a todo el Universo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la tierra» (Apoc 5,9-10). Ese libro que está en la mano de Dios, cuyos siete sellos nadie más que el Cordero degollado puede abrir, contiene el sentido de la historia humana y de todo el Universo. Ese libro fue abierto en la crucifixión de Cristo, el Cordero degollado, y pudo ser leído con los ojos de la fe.

«Había encima de él (de Jesús crucificado) una inscripción: “Este es el Rey de los judíos”». Los magistrados, que presencian la crucifixión, los soldados y hasta uno de los malhechores crucificado con él piden a Jesús una demostración de que él es el Cristo (Ungido) de Dios, el Rey de los judíos, el Salvador: «Salvate a ti mismo». Reconocen que Jesús ha hecho numerosos milagros –«A otros ha salvado»– y lo desafían a bajar de la cruz. Nuestro gozo, como el de San Pablo, es que él no se haya «salvado a sí mismo», sino que se haya «entregado a sí mismo», muriendo en la cruz, para liberarnos del pecado. La cruz es el signo del amor de Cristo: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16).

El relato describe la actitud contrapuesta de los dos malhechores. Uno lo insultaba diciendole: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!». Espera una salvación terrena de esa situación que sufre. El otro lo reprende recordandole que ellos merecen ese suplicio por sus crímenes: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque la hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Este malhechor –el buen ladrón– teme a Dios y por eso reconoce su pecado; por eso a él se le concede la luz de la fe: ve a Jesús crucificado y ¡lo confiesa como Rey! También él le pide a Jesús ser salvado, cierto, pero no de esa situación, sino de la muerte eterna: «Jesús, acuerdate de mí cuando entres en tu Reino». A ese hombre se le concede comprender que Jesús debe padecer todo eso para entrar en su gloria. Entiende lo que no entendían los discípulos de Emaús. Él no habría merecido esta reprensión de Jesús: «¡Oh insensatos y tardos de corazón...! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24,25.26).

La misericordia de Dios, que se revela en Jesucristo, no puede dejar de reaccionar ante esa súplica confiada de un pecador arrepentido. Jesús, que ante las recriminaciones había permanecido en silencio, ahora se anima y le dice: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Ese hombre quedó perdonado de sus crímenes. A él se le reveló que Jesús entraría ese mismo día en su Reino y que él, que fue su compañero en el suplicio, sería su compañero en la gloria. Ahora entendemos, por qué este episodio es apropiado para celebrar a Jesucristo Rey del Universo y para concluir el Año Jubilar de la misericordia.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles