Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Julio del 2011

Mt 13,44-52
Encontrar a Jesús


Concluimos este domingo la lectura del discurso en parábolas, que es el tercero de los cinco discursos en los cuales organiza Mateo la enseñanza de Jesús. Han precedido el Sermón de la montaña (5,1 a 7,29) y las instrucciones para la misión (10,5 a 11,1). Siguen el discurso comunitario (18,3 a 19,1) y el discurso escatológico (23,1 a 26,1). El discurso en parábolas está claramente delimitado. En efecto, comienza con este anuncio: «Jesús se sentó en la barca, mientras la gente quedaba en la orilla y les habló muchas cosas en parábolas» (Mt 13,2.3); y el episodio siguiente se anuncia así: «Cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí» (Mt 13,53).

El discurso agrupa siete parábolas a las cuales se agrega una última que sirve de conclusión. Es fácil memorizarlas: el sembrador, el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, la levadura en la masa, el tesoro escondido, la perla preciosa y la red echada en el mar. A éstas se agrega la del dueño de casa que saca de su arca cosas antiguas y nuevas. Este domingo leemos las tres últimas más la conclusión.

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa repiten la misma enseñanza con una pequeña variación. Ambas tienen la misma introducción: «El Reino de los cielos es semejante a...» y tienen la misma conclusión: «El que lo/la encuentra va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo/aquella perla». La variación consiste en que quien encuentra un tesoro escondido en el campo lo encuentra fortuitamente, sin andar buscandolo; en cambio, quien encuentra la perla preciosa es un comerciante de perlas que busca perlas finas. Las situaciones presentadas por Jesús son perfectamente comprensibles; de esa manera actúan los seres humanos normales. Pero, ¿a qué vienen? ¿Qué es lo que nos quiere enseñar Jesús? ¿Cuál es ese bien que justifica que alguien abandone todo para adquirirlo?

Para responder a estas preguntas debemos leer el Evangelio y ver si encontramos alguna situación que corresponda. Encontramos en primer lugar la llamada de Jesús a sus primeros discípulos que eran pescadores. A Pedro y Andrés Jesús les dijo: «Vengan conmigo», y «ellos, dejando las redes, lo siguieron»; a Santiago y Juan los llamó, y «ellos, dejando la barca y su padre, lo siguieron» (Mt 4,19.20.21.22). Más adelante Jesús ve a Mateo, que era publicano, sentado en el mesón de los impuestos y le dijo: «Sigueme», y «él se levantó y lo siguió» (Mt 9,9). Lo mismo se puede decir de los Doce, a quienes Jesús llamó «para que estuvieran siempre con él» (Mc 3,14). Estar con Jesús fue el valor que justificó que ellos dejaran todo y comenzaran una vida nueva. Pedro los representa a todos cuando dice a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). No es distinta la experiencia de San Pablo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,8). Podemos concluir que el Bien que justifica dejarlo todo es la Persona de Jesús. Quien lo ha encontrado a él ha encontrado el tesoro que, por sobre todo lo demás, se quiere poseer. Este tesoro es de tal valor que hace perder valor a todo lo demás.

Confirma esta conclusión el mismo Jesús, quien expone esta enseñanza no ya en parábolas, sino de manera directa: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a  mí, no es digno de mí... cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». (Mt 10,37; Lc 14,33). La expresión de Jesús: «No es digno de mí», quiere decir: No merece poseerme a mí. El que está en este caso se parece a un hombre que, encontrado un tesoro escondido, prefiere quedarse con sus bienes de valor infinitamente menor. Es un caso absurdo que contradice la parábola de Jesús. Más bien habría que decir, entonces, que no ha encontrado ningún tesoro, que aún no ha encontrado a Jesús. Debe seguir buscandolo, porque entretanto tiene su corazón apegado a bienes que, en comparación con Jesús, San Pablo no vacila en llamar «basura».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles