Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 08 de Enero del 2017

Mt 2,1-12
Le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra

«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”». Dos veces se insiste en que estos personajes vienen de Oriente, entendiendo este origen impreciso como un lugar muy alejado de Belén de Judea, donde nació Jesús. También queda imprecisa la identidad de esos personajes; según la opinión común el término «magoi, magos» designa entre los pueblos de Oriente a los sabios que saben discernir los signos del cielo. Son astrólogos, y como tales consideran que los hechos que ocurren en la tierra están determinados por los astros del cielo. La aparición de una estrella fue para ellos el anuncio del nacimiento de un rey, del Rey de los judíos.

La Solemnidad de la Epifanía del Señor celebra la manifestación –esto significa el término griego «epifanía»– del misterio admirable del nacimiento del Salvador, no sólo a los pastores de la comarca, sino también a los pueblos lejanos, representados por esos magos de Oriente. El anuncio a los pastores: «Les ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, el Cristo, el Señor» (Lc 2,11), podía parecer un hecho local, restringido a Israel, al pueblo al cual estaba prometido. Así se deduce de las palabras del ángel que se les apareció: «Les anuncio una gran alegría, que lo será para ustedes y para todo el pueblo» (Lc 2,10). La Epifanía del Señor nos enseña que este misterio es «una gran alegría» para toda la humanidad, porque quien ha nacido es el Salvador del mundo. Este es el mensaje que nos transmite el Evangelio de hoy.

«Cuando lo oyó, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén». Con una frase el Evangelio describe el carácter del rey Herodes: se inquieta ante cualquiera que pueda amagar su poder. Herodes hizo matar a varios de sus hijos por este motivo. Al oír que ha nacido un «Rey de los judíos» surge en él inmediatamente el propósito de matarlo. Intuye que si ha nacido un Rey, puede ser el Cristo, hijo de David. Por eso consulta a los sumos sacerdotes y escribas sobre «el lugar donde había de nacer el Cristo». Para esos especialistas la respuesta debió ser fácil: tiene que ser en Belén, la ciudad de David. Y, sin embargo, recurren a una profecía posterior, del profeta Miqueas: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel» (cf. Miq 5,1).

El ministerio de Cristo tuvo que mantener un equilibrio entre lo prometido por Dios a Israel –«un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel»– y su misión de Salvador del mundo. Por eso declara: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Pero por otro lado, no sólo su nacimiento se manifiesta a hombres venidos de pueblos lejanos, como hemos visto, sino que, después de su resurrección, encomienda a sus discípulos una misión de salvación universal: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizandolos... y enseñandoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20). La enseñanza de Jesús es entonces universal, dirigida a todo hombre y mujer de todos los pueblos y edades. De su observancia depende la salvación del mundo. Pero a esto se agrega una adhesión vital, una participación en la misma vida suya que nos comunica. Por eso, indica como primer medio del discipulado el bautismo, que es un signo de incorporación. Inseparable de éste es la enseñanza de un modo de vida: enseñar a guardar.

Los magos dispusieron de dos medios para llegar hasta Jesús y adorarlo. El primero es el signo de la estrella, que podemos considerar como los acontecimientos del mundo. Pero a éste debe agregarse la Palabra de Dios. El encuentro entre ambas cosas nos hace llegar a Jesús. El más grande y elocuente de los acontecimientos que nos rodean es la creación misma de todo el universo y su belleza. San Agustín tenía la capacidad de escuchar de parte de todas las criaturas una palabra acerca de Dios: «Él nos hizo», Él es tal que puede crear el universo y mantenerlo en la existencia en cada momento. A este hecho se agrega la Palabra de Dios: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1).

La concurrencia de la estrella y de la profecía de Miqueas permitió a los magos llegar hasta Jesús. Habiendo emprendido el camino de Belén, «la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño». En esta búsqueda los llena la alegría: «Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría». Vienen preparados para el encuentro con el personaje que esperan hallar: «Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». Traen oro, porque es el regalo que corresponde hacer a un rey; incienso porque ese rey es de condición divina; mirra, porque deberá morir y ser sepultado. Los regalos de los magos son signos que nos revelan la identidad de ese Niño y su misión.

La expresión «Rey de los judíos» reaparece en el momento de su muerte en la cruz; es el letrero que escribió Pilato: «Jesús Nazareno, rey de los judíos» (Jn 19,19). Reaparece también la mirra, aportada por Nicodemo para su sepultura: «Fue también Nicodemo... con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras» (Jn 19,39). Su condición de Dios es objeto de fe. Pero es un pagano, como aquellos magos, quien lo confiesa y también en el momento de su muerte: «Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”» (Mt 16,19). Lo admirable es que la «epifanía» a esos magos de Oriente fue tan clara para ellos, que desde el nacimiento de Jesús, por medio de sus dones, anunciaron todo su misterio de salvación consumado en la cruz. Que al celebrar la Solemnidad de la Epifanía se manifieste Jesús también a nosotros como verdadero Dios y verdadero hombre.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles