Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Enero del 2017

Lc 2,16-21
Dieron a conocer lo dicho a ellos sobre ese Niño

En este Año Nuevo 2017, no sólo el primer día de cada semana es el Día del Señor, día domingo, sino también el primer día del año. En cumplimiento del tercer mandamiento del Decálogo, este primer día del año, por ser Día del Señor, debe ser santificado. Que esta feliz circunstancia sea un llamado a recuperar la celebración del domingo por parte de los fieles católicos, como enseña el Catecismo: «El domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles deben reunirse para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía...» (N. 1167). Es un deber que responde al amor de Dios, pues Él, por la mesa de su Palabra y por la mesa del Cuerpo de Cristo, nos concede una participación en su vida divina. La manifestación de esa vida en quien la posee es el amor a Dios y al prójimo.

Pero el primer día del año –todos los años– se celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Confesamos que ella es Madre de Dios, porque el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Trinidad, que es un solo Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo, se encarnó en sus entrañas y nació de ella. Invocandola de esa manera, le pedimos que interceda por nosotros, durante nuestra vida y, en modo particular, en la hora suprema de nuestra muerte. Ciertamente, esta es la invocación que se repite con más insistencia en todo el mundo: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

El Evangelio de este día nos presenta, en primer lugar, la escena de los pastores que vienen a toda prisa a Belén a ver lo que el Señor les había manifestado por medio de su ángel: «Fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre». Este era el signo que el ángel les había dado del anuncio que les hizo: «Les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,10-11). El signo se verificó: «Encontrarán a un niño envuelto en pañales acostado en un pesebre»; se cumple, entonces, también la identidad del niño nacido: es el Salvador, el Cristo, el Señor. Esto es lo que ellos manifestaron: «Al verlo, dieron a conocer lo dicho a ellos sobre ese Niño». Todos los siglos se han admirado de ese contraste, como lo canta San Alfonso María de Ligorio en su famoso villancico: «Tu scendi dalle stelle... De las estrellas bajas, oh Rey del cielo, y vienes a una gruta, al frío hielo... A ti, que eres del mundo el santo Creador, te falta ropa y fuego...». Es la reacción de los presentes que anota el Evangelio ante la identidad de ese niño acostado en un pesebre: «Todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían».

A nosotros nos interesa la reacción de su madre: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón». Ella nos da así una lección sobre cómo discernir la obra de Dios. Se trata de considerar los hechos en una actitud interior de oración e iluminarlos con la Palabra de Dios. María ya había escuchado por el anuncio del ángel Gabriel la identidad de su Hijo: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre... el que ha de nacer santo será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,32.35). Es Hijo de Dios y, por tanto, Dios verdadero; es hijo de David y, por tanto, hombre verdadero. Desconcertante debió haber sido para ella que el Hijo de Dios e hijo de David naciera en un pesebre. Ahora, estos pastores que llegan, cuando el niño ha nacido, le confirman que su Hijo es el Salvador, el Cristo, el Señor, y que el nacimiento en un pesebre es el signo elegido por Dios para revelar su identidad. De esta manera anuncia también que su destino no será el de un rey de este mundo, sino que reinará desde la cruz, donde lo clavó el amor.

La última escena del Evangelio de hoy es la imposición del nombre a ese Niño: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarlo, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno». El nombre Jesús se lo dio Dios mismo a través de su ángel. Significa «Yahveh salva». También ahora se aclara ese nombre con el anuncio de los pastores: «Les ha nacido un Salvador». Más tarde San Pedro declarará: «No hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el cual debamos ser salvados» (Hech 4,12).

Por último, observamos que el evangelista está incómodo con el verbo «concebir», aplicado a María y su Hijo. En efecto, ese verbo traduce el griego: syllambano, syn-lambano, literalmente: con-recibir. Indica una acción que implica a más de uno, según el significado del prefijo latino «con-»; en el caso de la concepción de un niño, implica a dos, padre y madre. En el caso de Jesús, entonces, no es con-cebir, porque no implica más que a una, su madre. Por eso, en el caso de María, el evangelista, aunque usa el verbo «concebir», lo modifica con el fin de indicar que se trata del «fruto de su seno» sin otra intervención humana, y dice siempre: «concebir en el seno». Así se lo anunció el Ángel Gabriel: «Concebirás en el seno» (Lc 1,31). En cambio, cuando se trata de su parienta Isabel, el ángel le dice: «Ha concebido un hijo...» (Lc 1,36). Por su parte, el evangelista Mateo evita del todo el verbo «concebir» y dice de María, antes de ser llevada por José a vivir con él: «Se encontró teniendo en el seno, del Espíritu Santo» (Mt 1,18), que suele traducirse: «Se encontró encinta». Y el ángel dice a José: «Lo generado en ella es del Espíritu Santo» (Mt 1,20).

Hemos visto dos de los dogmas que se refieren a María, siempre en dependencia de su Hijo: ella es Madre de Dios y ella es siempre Virgen. A éstos hay que agregar otros dos: ella fue concebida Inmaculada y ella fue Asunta al cielo en cuerpo y alma.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles