Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 02 de Octubre del 2016

Lc 17,5-10
Somos siervos inútiles

El Evangelio de este Domingo XXVII del tiempo ordinario tiene dos partes bien diferenciadas, aunque relacionadas entre sí. En la primera parte se trata de la virtud de la fe y en la segunda, de la gratuidad del don de Dios.

El evangelista conoce una sentencia de Jesús sobre la fe: «Si ustedes tuvieran fe, como un grano de mostaza, habrían dicho a este sicómoro: "Arrancate y plantate en el mar", y les habría obedecido». La idea es que bastaría tener un poco de fe –como un grano de mostaza– para hacer grandes obras. En otra ocasión Jesús aclara que el grano de mostaza «es ciertamente más pequeña que cualquier semilla»; pero está destinada a crecer: «Cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol...» (Mt 13,32). La fe es, entonces, una virtud que debe crecer. Por eso, Lucas ubica la sentencia de Jesús sobre la fe como respuesta a una súplica de los apóstoles: «Dijeron los apóstoles al Señor: "Aumentanos la fe"». Piensan que Jesús está en el origen de la fe; que él puede concederla y, por tanto, aumentarla. Por eso, el evangelista dice que esa petición se dirige «al Señor». Están insinuando que, tanto la fe misma, como su incremento, es un don que se recibe de Dios, porque tiene relación con un misterio que supera la naturaleza humana.

Obviamente, al hablar de fe, no se refieren, en primer lugar al crédito que se concede a ciertas proposiciones, sino al crédito que se concede a una Persona. Se cree lo que esa Persona es. En esta petición los apóstoles no pudieron haber usado el término griego «pistis» (que tenemos en nuestro Evangelio, escrito en griego), porque ellos no hablaban esa lengua; tuvieron que usar un término procedente de la raíz hebrea «aman», probablemente, «emunah». Pero este término sugiere firmeza, estabilidad, verdad, seguridad. La imagen más propia es la de una roca. Yo concedo «emunah» a alguna realidad, cuando fundo mi vida en ella seguro de quedar firme. A menudo, en el Antiguo Testamento, se llama Roca a Dios mismo. Decimos en el Salmo de ingreso: «Vengan, aclamemos al Señor; demos vítores a la Roca que nos salva… porque el Señor es un Dios grande…» (Sal 95,1.3). Y, por boca del profeta Isaías, Dios declara: «Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios... Ustedes son testigos; ¿hay otro dios fuera de mí? ¡No hay otra Roca, yo no la conozco!» (Is 44,6.8).

En el Evangelio Jesús reivindica para su Persona esa condición. Su palabra ofrece esa estabilidad. Por eso, termina el Sermón del Monte diciendo: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca... El que escucha estas palabras mías y no la pone en práctica es como el hombre necio que edificó su casa sobre arena...» (cf. Mt 7,24.26). Esas enseñanzas suyas que son base firme para la vida, él las presentaba a menudo precedidas de la fórmula: «Amén, amén les digo...». Significa: «Como cosa firme les digo... pueden fundar su vida en esto».

Jesús reprocha a Pedro por su poca fe, cuando lo llama a caminar sobre el agua y Pedro duda y comienza a hundirse: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?» (Mt 14,31). Pedro debió haberse apoyado en la palabra de Jesús, que le había dicho: «Ven». En cambio, alaba a la mujer cananea por su mucha fe: «Mujer, ¡grande es tu fe!; que te suceda como deseas» (Mt 15,28). Ella tenía una medida de fe en Jesús mayor que un grano de mostaza. Por eso obtuvo la curación de su hija: «Desde aquel momento quedó curada su hija». Al pedir a Jesús: «Aumentanos la fe», le pedimos fundar nuestra vida en él y en su palabra, como lo hizo esa mujer. De esto depende nuestra vida, la eterna, como lo dice la conclusión del Evangelio de Juan: «Estas cosas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,31).

En la segunda parte del Evangelio de hoy, Jesús hace la comparación entre nuestra relación con Dios y la de un siervo con su señor: «¿Acaso el señor tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?». La comparación no es muy apropiada para nuestro tiempo, porque hoy no existe este tipo de relación. Lo que quiere indicar Jesús es que nosotros hemos recibido todo de Dios: el universo, la tierra, la existencia propia, el aire, el agua, todo. Hemos recibido de Dios la relación con Él mismo. Todo es un don gratuito de Dios, sin que preceda algún mérito nuestro. Él nos dio los mandamientos, en cuyo cumplimiento consiste nuestra vida, y también el poder cumplirlos. Por eso, no tenemos nosotros ningún mérito propio que exhibir ante Dios por el cual Él tenga que agradecernos. Somos nosotros quienes tenemos que agradecer a Él, siempre por medio de Jesucristo: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias, Padre santo, siempre y en todo lugar, por Jesucristo, nuestro Señor». Así lo declaramos en la celebración de la Eucaristía al comienzo del Prefacio.

San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7). Para San Pablo el don supremo es el conocimiento de Cristo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,8). Él entendió la sentencia de Jesús: «Separados de mí, no pueden hacer nada» (Jn 15,5). Él entiende la conclusión de Jesús: «Cuando ustedes hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer». Es como decir: «Separados de Cristo, somos inútiles; si algo hemos hecho es un don suyo».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles