Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de del 2016

Lc 16,19-31
La fe es por la escucha de la Palabra de Cristo

El Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario nos presenta la parábola del rico y del pobre y el contraste entre ellos, tanto en esta vida como en la futura, aunque invertido.

Comienza la parábola presentando a los protagonistas: «Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas». Este hombre usa sus riquezas para disfrutar y pasarlo bien. No tiene nombre, porque quien se comporta así es genérico. En un fuerte contraste con éste, Jesús presenta a otro hombre: «Había un hombre pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su puerta (la del rico), cubierto de llagas, deseaba saciarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas». El pobre tiene nombre, Lázaro. Este nombre proviene del hebreo «El-azar», que significa: «Dios ayuda». Puede decirse que es el nombre genérico de todo pobre; su ayuda es Dios.

Es claro que en esta tierra el contraste entre el rico y el pobre es extremo. El rico, sin embargo, conoce al pobre, pues más adelante lo menciona por su nombre; pero, aunque está echado junto a su puerta, es invisible para él. Nada hay común entre ellos en esta vida, ni en el modo de vestir, pues el rico se cubre con púrpura y lino y el pobre está cubierto de llagas, ni en el alimento, pues el rico come espléndidamente y el pobre ni siquiera tiene acceso a las migas de esos banquetes. Pero hay algo común entre ellos: ambos son mortales y, por tanto, su respectiva suerte es transitoria. En efecto –sigue la parábola–, «murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; murió también el rico y fue sepultado». Lo sorprendente y absolutamente novedoso es que la suerte de cada uno de ellos después de la muerte se invierte. Esto lo sabemos porque lo revela Jesús. Así será. Ya lo había insinuado en la primera de sus bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios... Ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo» (Lc 6,20.24). Lázaro fue llevado al seno de Abraham, expresión proverbial de felicidad; el rico fue sepultado en el hades, que es lugar de tormento. Abraham recuerda al rico: «Recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado».

Jesús había aconsejado usar las riquezas de este mundo para hacerse amigos, es decir, para hacer el bien a los demás, no para uso egoísta en beneficio propio: «Haganse amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, los reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9). Esto es lo que el rico no hizo. Por eso, no tuvo acceso a esas moradas eternas.

La suerte de ricos y pobres en este mundo es transitoria. Jesús advierte que la suerte después de la muerte de unos y otros, no sólo se invierte, sino que es irreversible, como lo afirma Abraham, expresando la imposibilidad de que el rico pueda recibir algún consuelo, por mínimo que sea –una gota de agua– de parte de Lázaro: «Entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros».

Dos cosas, entonces, que tener claro: la suerte transitoria de ricos y pobres se invertirá después de la muerte y la suerte de unos y otros después de la muerte será eterna e irreversible. ¿Qué posibilidad hay de que esta enseñanza de Jesús sea acogida? A esta pregunta responde la segunda parte de la parábola, dejando, a decir verdad, poca esperanza. El rico, en un acto imposible de altruismo, se preocupa de que sus cinco hermanos, que conducen una vida semejante a la que él conducía, no vengan a parar a ese mismo lugar e intercede por ellos ante Abraham: «Te ruego, padre, que envíes (a Lázaro) a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento». Abraham responde diciendo que esa petición es superflua, porque ya están suficientemente advertidos: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Leemos precisamente en la primera lectura de este domingo una fuerte advertencia del profeta Amos contra los que se comportan como el rico de la parábola: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión! ... Acostados en camas de marfil, acomodados en sus lechos... beben vino en anchas copas, se ungen con los mejores aceites, pero no se afligen por el desastre de José. Por eso, ahora van a ir al cautiverio a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas» (Amós 6,1.4-7).

El rico insiste: «No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán». Parece tener razón. Pero Abraham lo considera inútil: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convertirán, aunque resucite un muerto».

Esta segunda parte de la parábola la agrega Jesús en vista de nosotros a quienes se dirige su Palabra. La conversión se produce por la escucha de su Palabra, como lo afirma San Pablo: «La fe por la escucha, y la escucha es de la Palabra de Cristo» (Rom 10,17). Nosotros tenemos a la mano prodigios más grandes que la resurrección de un muerto y ¡no nos convertimos! En efecto, toda la creación es un prodigio mayor que devolver la vida a un muerto. Mucho mayor prodigio es dar existencia y vida a un nuevo ser humano y Dios hace esto innumerables veces cada día. Y esto no sólo no nos convierte, sino que en nuestro país se ha abierto la discusión sobre el aborto que consiste en eliminar esa vida creada por Dios en los casos que el hombre decide. Tiene razón Abraham: no basta un prodigio, aunque sea la resurrección de un muerto; es necesario abrirse a la escucha de la Palabra de Cristo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles