Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de del 2016

Lc 16,1-13
Procurar ser recibidos en las moradas eternas

En su condición de supremo maestro, Jesús presentaba su enseñanza también de manera provocativa, como es el caso de la parábola del administrador injusto, que leemos en este Domingo XXV del tiempo ordinario. Ningún comentarista ha dejado de sentir la incomodidad de estas palabras de Jesús: «El señor alabó al administrador injusto».

Se trata de una enseñanza sobre la finalidad de los bienes materiales que Jesús expone inmediatamente después de la parábola del hijo pródigo. En esa parábola cada hijo representa una actitud indebida respecto a esos bienes. En efecto, el hijo menor, que pidió al padre su parte de la herencia, se fue a un país lejano y allí «malgastó su hacienda viviendo como un libertino». Por su parte, el hijo mayor, que permanece en la casa como el único heredero, se niega a unirse a la celebración por el regreso de su hermano, porque teme por su hacienda y el padre debe tranquilizarlo asegurandole: «Hijo... todo lo mío es tuyo» (cf. Lc 15,13.31).

En realidad, respecto de los bienes de este mundo, nuestra situación no es la de un hijo, sino la de un administrador, pues todos debemos decir lo que dijo Job, cuando se vio privado de todos sus bienes: «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. El Señor dio, el Señor quitó: ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job 1,21). Los bienes materiales los hemos recibido de Dios en administración para el tiempo de nuestra vida en esta tierra. En la otra vida no nos servirán. La parábola comienza, entonces, expresando nuestra situación: «Era un hombre rico que tenía un administrador». Pero era un administrador ineficiente: «Lo acusaron de disipar la hacienda de su señor». Entonces, el señor lo llamó y le dijo: «Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando». Es una sentencia que todos escucharemos, y no en mil años más, sino en poco tiempo más, incluso esta misma noche, como ocurrió con el hombre rico que sólo pensó en pasarlo bien el resto de su –así se proyectaba él– larga vida: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?» (Lc 12,20).

Ante la inminencia del despido reflexionó sobre su incierto futuro: «¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza». Descubrió la solución aprovechando el breve lapso en que todavía gozaba del poder de administrar: «“Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas”. Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?”. Respondió: “Cien medidas de aceite”, El le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta”...». El mismo procedimiento repitió con todos los deudores de su señor. Se aseguró el futuro haciendose de amigos, con los bienes recibidos de su señor en administración. La actuación es a todas luces deshonesta. Y, sin embargo, Jesús afirma: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». El señor alaba su astucia. En el breve lapso que le quedaba usó de los bienes que le dieron en administración para asegurar su vida futura. Jesús concluye, haciendo una analogía con nuestra administración de los bienes que nos han sido confiados: «Yo les digo: Haganse amigos con el dinero (Mamona) de la injusticia, para que, cuando llegue a faltar, los reciban en las moradas eternas».

Por esta recomendación de Jesús sobre el uso del dinero –al cual llama «de la injusticia» y le da el nombre despectivo de una divinidad pagana: Mamona–, sabemos que llegará un momento en que cesará: «cuando llegue a faltar». Está hablando del momento en que se nos pedirá cuenta. Para decirlo claro, el momento de nuestra muerte, en expresión de Job: «Desnudo volveré allá». La parábola insinúa que ese momento es pronto y que urge tomar medidas rápidas. La finalidad ahora es ser recibidos, no en las casas de esta tierra, sino «en las moradas eternas». Según esta enseñanza de Jesús, los bienes de esta tierra son transitorios y para quienes los poseen tienen una sola finalidad: hacer el bien a los demás. Como todas las demás cosas, que son buenas en la medida que tengan como fin la felicidad eterna y son malas en la medida que nos alejen de ese fin. La vida eterna después de la muerte es un dogma de nuestra fe: «Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna».

Lo asombroso es que, teniendo ese fin las riquezas de este mundo, lo común es que tengan otro uso, a saber, pasarlo bien aquí y disfrutar de manera egoísta de los placeres de este mundo. Hemos visto que a esta actitud egoísta Dios la llama: «Necedad». Porque cesará pronto.

Considerando la actuación deshonesta, pero astuta, del administrador en la parábola, Jesús se queja: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». Se despliega gran astucia para obtener bienes en este mundo, incluso por medio del fraude; pero no se despliega la misma astucia para obtener la felicidad eterna. Es un reproche a los «hijos de la luz», expresión hebrea que significa: «Los que siguen la luz» y que corresponde a los discípulos de Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12).

Hemos dicho que los bienes de este mundo no son nuestros, son dados en administración. Nuestro es lo que nos pertenece por naturaleza; todo ser humano está llamado a la felicidad eterna. Esto es lo verdadero. Así se entiende la sentencia de Jesús: «Si no han sido fieles en el Dinero (Mamona) injusto, ¿quién les confiará lo verdadero? Y si no han sido fieles con lo ajeno, ¿quién les dará lo de ustedes?». Para alcanzar la felicidad eterna, que es lo verdadero y lo que tenemos como fin propio, es necesario usar los bienes de este mundo, que no son nuestros, según su propio fin: hacer el bien a los demás, incluso darlo a los demás, como era el caso del joven rico: «Vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles