Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Julio del 2011

Mt 13,24-43
Elegidos por Dios antes de la creación del mundo

Desde el domingo pasado estamos leyendo en la liturgia eucarística dominical el discurso de Jesús que se introduce con estas palabras: «Jesús les habló muchas cosas en parábolas» (Mt 13,3). Sigue una serie de siete parábolas. Después de exponer cuatro de ellas, el evangelista se detiene y aclara: «Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: Abriré en parábolas mi boca, publicaré las cosas ocultas desde la creación del mundo».

Hay muchas cosas que han estado ocultas desde la creación del mundo y que últimamente la ciencia está descubriendo. Por ejemplo, ahora sabemos que nuestra galaxia no es la única, sino que hay millones de ellas en el universo; la ciencia ha demostrado que el universo está en expansión y que este proceso comenzó desde un punto inicial llamado el «bing bang» hace aproximadamente 14 mil millones de años; sabemos que el sol no es el centro del universo, ni siquiera de nuestra galaxia, sino sólo una pequeña estrella entre millones de millones de otras estrellas. Todas estas cosas, e infinidad de otras ocultas desde la creación del universo, las está publicando hoy la ciencia. ¿Cuáles son las cosas ocultas desde la creación del mundo que publica Jesús por medio de las parábolas?

Jesús no nos vino a dar una lección de ciencia positiva. Él vino a revelar la verdad última, la que da sentido a todo lo demás. Jesús vino a revelar la intención divina, la que movió a Dios a crear todo lo que existe. Las cosas que Jesús publica por medio de las parábolas se refieren a aquello que afirma San Juan en su Evangelio: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,23). La ciencia positiva no puede «contar» nada sobre Dios, porque ella se basa en la observación y «a Dios nadie lo ha visto jamás». Jesús nos manifiesta la intención de Dios, porque él es el Hijo que está en el seno del Padre.

La ciencia puede descubrir cosas admirables sobre el universo que hasta ahora estaban ocultas. Pero no puede responder a la pregunta sobre el sentido de todo: ¿Para qué existe todo? ¿Con qué fin fue creado? Esto es lo que publica Jesús por medio de las parábolas.

«El campo es el mundo». En él conviven todos los seres humanos, como la buena semilla y la cizaña. Según esta afirmación de Jesús el mundo existe para el ser humano, existe como el marco en el cual debe venir a la existencia el ser humano. Esta afirmación la hizo Jesús hace veinte siglos y hoy día, después de varias peripecias, la astronomía ha vuelto a situar la tierra en el centro del universo, pues es desde ella desde donde se hacen todas las observaciones. Si en algún tiempo se pensó que el sol era el centro inmóvil, hoy día se sabe que el sol y nuestra misma galaxia y todos los cuerpos celestes se desplazan a inmensas velocidades. Según la revelación de Jesús, la tierra es el centro de la creación, pues en ella ha puesto Dios al ser humano, el único a quien Dios creó a su imagen y semejanza, es decir, el único a quien creó con la capacidad de amar. Las verdades de las cuales estamos hablando no son del dominio de la ciencia; estas verdades se alcanzan sólo a través del amor, pues «Dios es amor y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (cf. 1Jn 4,7.8).

Por medio de las parábolas, Jesús abre su boca para publicar el desenlace final de la creación: «La siega es el fin del mundo»; y también para publicar el destino del ser humano: «Los obradores de iniquidad serán arrojados en el horno de fuego... Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre». Se trata de los hijos de Dios. Ellos son la finalidad de toda la creación, porque en la intención del Creador los hijos de Dios existen antes que la creación, como lo afirma San Pablo: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo..., por cuanto nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor, eligiendonos de antemano para ser sus hijos adoptivos» (Ef 1,3.4.5). Dios lo creó todo con el fin de que muchos hijos compartan su gloria. San Pablo anima a toda la creación y le atribuye una impaciencia: «La creación espera ansiosa y desea vivamente la manifestación de los hijos de Dios». Mientras esto no ocurra –sigue diciendo el apóstol– «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rom 8,19.22).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles