Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Noviembre del 2016

Lc 21,5-19
No perecerá ni un cabello de la cabeza de ustedes

En el Evangelio del domingo pasado, Jesús nos revelaba la suerte de los difuntos, respondiendo a los saduceos, que negaban la resurrección de los muertos. Dado que los saduceos sólo aceptan como Palabra de Dios el Pentateuco, Jesús argumenta tomando como base un texto del Pentateuco, que se consideraba escrito por Moisés (Ex 3,6): «Que los muertos resucitan también Moisés lo ha mostrado en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven» (Lc 20,37-38). En el Evangelio de este Domingo XXXIII del tiempo ordinario, Jesús responde a la pregunta sobre el «cuándo».

Era claro que la resurrección sería «el último día», como lo declara Marta ante la tumba de su hermano Lázaro: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día» (Jn 11,24). Y ese último día es el de la venida gloriosa de Cristo. Lo afirma San Pablo: «Hermanos, les decimos esto como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo... bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después, nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en las nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor... Y así estaremos siempre con el Señor» (cf. 1Tes 4,15-17). Cuando escribió esa carta (año 50 d.C.), San Pablo se consideraba entre los que aún estarían vivos para la venida final del Señor. ¿Cuándo será, entonces, esa venida del Señor?

En el Evangelio de hoy Jesús afirma que ese día final no será tan pronto: «El fin no es inmediato». Jesús asegura que antes tienen que ocurrir muchas cosas. Para entender sus palabras debemos examinar lo que las motivó. Algunos llamaron la atención de Jesús sobre el Templo, observando «que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas». Entonces Jesús hace una afirmación que deja a todos helados: «Esto que ustedes ven, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Los judíos del tiempo de Jesús creían que el Templo estaba edificado sobre el centro del mundo y, por tanto, la destrucción del Templo era equivalente al fin del mundo. Por eso, la pregunta obvia de sus discípulos ante esa declaración es: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» Jesús ha anunciado una cosa: el Templo será arrasado. Pero, para sus discípulos, como dijimos, eso debía estar precedido por una serie de eventos finales, que ellos llaman: «Todas estas cosas». En su respuesta, Jesús deshace la ecuación: destrucción del Templo = fin del mundo. Y da señales del fin del mundo. Veamos cuáles son y hasta qué punto se han cumplido.

«Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy" y "el tiempo está cerca". No los sigan». En la historia, incluso en nuestro tiempo, han aparecido algunos que han fijado una fecha precisa del fin del mundo. Obviamente, no los hemos seguido. Pero también han surgido sistemas políticos totalitarios que han prometido la salvación del ser humano y muchos han caído en el engaño. Jesús, en cambio, había advertido: «No se dejen engañar».

«Se levantará nación contra nación y reino contra reino». Lo que nuestro tiempo ha visto en materia de guerras y de luchas entre naciones y países no podían siquiera imaginarlo en el tiempo de Jesús. Esta señal está más que cumplida.

«Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares». Hemos vivido últimamente grandes terremotos. Estamos viviendo grandes emigraciones de pueblos que sufren hambre y enfermedades.

Tal vez la señal más clara del fin es esta: «Habrá cosas espantosas, y grandes señales en el cielo». Es la descripción de un fenómeno cósmico que aún no se ha cumplido. Sabemos que cualquier perturbación de los astros, por ejemplo, que la tierra cambie su curso, aunque sea en mínima medida, sería el fin. Esta señal no se ha cumplido.

Jesús agrega una señal que tiene que preceder al fin y que se refiere expresamente a sus discípulos: «Antes de todo esto (antes del fin), les echarán mano y los perseguirán... llevandolos ante reyes y gobernadores por mi Nombre; esto les sucederá para que den testimonio... Serán entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de ustedes, y serán odiados de todos por causa de mi Nombre». Se han producido en la historia grandes persecuciones contra los cristianos. Pero las del Siglo XX y lo que va del XXI, en el número de mártires, sobrepasan todas las anteriores. En este siglo ha habido miles de mártires y sigue habiendolos a vista y presencia de todo el mundo. En nuestro mismo país hemos visto episodios de odio contra los cristianos «a causa del Nombre de Cristo» –destrucción de capillas, profanación de imágenes religiosas, violencia verbal contra los discípulos de Cristo– que no se habían visto antes entre nosotros. La Iglesia está advertida por su Señor. Ser perseguida y despreciada es para la Iglesia un signo de autenticidad y fidelidad a su Señor, que fue el primero en ser perseguido: «Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes» (Jn 15,20).

Jesús fue claro en declarar que «los muertos resucitan». Pero no indicó el momento preciso en que eso ocurriría. Insinuó que antes del fin hay un tiempo para el desarrollo y difusión de su Iglesia, aunque entregada a la persecución. Aseguró, sin embargo, a sus discípulos: «No perecerá ni un cabello de la cabeza de ustedes».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles