Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 23 de Octubre del 2016

Lc 18,9-14
Dios es quien obra en ustedes el querer y el obrar

El Evangelio del domingo pasado nos proponía una parábola que dijo Jesús a sus discípulos para enseñarles «que ellos debían orar siempre y no desalentarse». Si la oración ha de ser incesante, es de la máxima importancia que no sea vana. El Catecismo define la oración como «una relación viva y personal con el Dios vivo y verdadero» (N. 2558). Hay que comprender que esto sería una pretensión absurda, si no lo concediera el mismo Dios. Consideramos imposible que uno de esos pobres «en situación de calle» tenga una relación personal con el presidente de USA. ¡Cuánto más lo es que un ser humano, por muy grande que sea, pretenda tener una relación viva y personal con el Creador del universo! Bien lo entendía San Agustín, que comienza sus Confesiones admirandose: «"Grande eres tú, Señor... grande es tu fuerza, y tu sabiduría no tiene medida". Y el hombre pretende alabarte, esta partícula de tu creación, que lleva sobre sí su destino mortal... Eres tú quien lo induce...» (Conf. I,1,1).

Este Domingo XXX del tiempo ordinario continúa la enseñanza de Jesús sobre la oración, también por medio de una parábola, como es habitual en él. Pero esta vez nos enseña cómo tiene que ser nuestra oración para que alcance a Dios. Si nuestra oración no alcanza a Dios, se transforma en un monólogo inútil. Por otro lado, no puede el ser humano entrar en contacto verdadero con Dios sin quedar transformado. Esa transformación es la prueba de que la oración fue una «relación viva y personal con Dios».

La parábola tiene sus propios destinatarios: «Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola...». En la parábola se presentan dos personajes que coinciden en su intención de orar y por eso concurren en el lugar de oración: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano». Ciertamente, ambos conocen la oración que pronunció Salomón cuando inauguró el templo: «Señor, Dios mío, que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del que dijiste: "En él estará mi Nombre"... Escucha, pues, la plegaria de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar» (1Re 8,29.30). Ambos comienzan su oración dirigiendose a Dios: «Oh Dios». Pero la actitud de uno y otro es muy distinta ante Dios. Jesús los describe de manera concisa y precisa.

«El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias"». Los fariseos se caracterizaban por su celo en el cumplimiento de la ley. El término «fariseo» proviene de una palabra hebrea que significa «separado». En su origen era un movimiento cuyos miembros se separaban de los demás para poder cumplir fielmente la Ley. Debemos reconocer que el cumplimiento de este hombre es admirable. Pero lo atribuye a su propio esfuerzo y reivindica su propio mérito. Él no da gracias a Dios, porque reconozca que de Él recibe la fuerza para cumplir la Ley; él da gracias a Dios porque no es como los demás hombres, pecadores; «se tiene por justo y desprecia a los demás». Esta oración no fue una relación con Dios; fue un monólogo. Este hombre salió del templo igual como entró, siempre autocomplaciente.

«El publicano, en cambio, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"». Los publicanos eran considerados pecadores; y, en general, lo eran. Ellos eran judíos que habían recibido de Roma (la Res publica) la concesión de cobrar los impuestos que debían pagar al Imperio los pueblos sometidos, en este caso, Israel. Tenían a su disposición la fuerza pública para exigir el pago. Pero solían cobrar más que lo debido y, de esta manera, abusaban. Este publicano reconoce que es pecador y que no merece ser escuchado por Dios. Por eso se mantiene a distancia, no se atreve a alzar los ojos al cielo y se golpea el pecho. Su oración consiste en pedir misericordia: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!». Lo impactante es que esta oración, dicha por un pecador, atravesó las nubes y llegó a Dios, y Dios la escuchó. Decíamos que, cuando esto ocurre, el ser humano queda transformado. Por eso, Jesús concluye: «Les digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no». Ya decíamos que aquél salió del templo igual como entró. Pero éste, el publicano, salió transformado. Podemos imaginar que Dios le hizo concebir el mismo propósito que hizo concebir a Zaqueo, «que era jefe de publicanos y rico», cuando acogió en su casa a Jesús: «Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré el cuádruplo» (Lc 19,8). Esta transformación es un milagro; no la puede hacer sino el poder de Dios. A esto le llama Jesús «ser justificado». Este es el fruto de la oración verdadera.

El domingo pasado y este domingo hemos recibido una profunda catequesis, de parte de Jesús mismo, sobre la oración. Nuestra oración debe ser constante y humilde. No podemos argüir ante Dios ningún mérito propio, porque todo lo hemos recibido de Él. San Pablo debió vibrar con esta última parábola de Jesús, pues él mismo se define como un «fariseo, hijo de fariseos... en el cumplimiento de la ley, intachable». Pero una vez que conoció a Cristo escribe a sus destinatarios: «Hermanos, trabajen con temor y temblor por su salvación, pues Dios es quien obra en ustedes el querer y el obrar, como bien le parece» (Fil 2,13).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles