Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Abril del 2011

Mt 28,1-10
Que vayan a Galilea; allí me verán

«Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es vana» (1Cor 15,17). Así escribe San Pablo a los fieles de Corinto en el año 54 d.C., así lo escribe también a nosotros veinte siglos más tarde. El Apóstol pone la fe en la resurrección de Cristo como el fundamento de la fe cristiana. Si Cristo hubiera permanecido en la muerte, nada de lo que enseñó se habría retenido y el cristianismo no existiría. La fe en la resurrección de Cristo no es algo que pueda nacer espontáneamente; se basa en un hecho histórico. La supervivencia del cristianismo, y sobre todo, la legión de santos y mártires que constelan su historia es el argumento más convincente de ese hecho. El que no lo ve es porque no lo quiere ver.

El domingo pasado leímos que la declaración solemne de Jesús ante el máximo tribunal judío que desencadenó su condenación a muerte fue esta: «Verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder (Dios) y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Jesús está afirmando que él, no sólo vendrá vivo, sino en posesión de un Poder que es el de Dios. Y esta declaración la hizo un hombre que ha sido detenido y que va a ser golpeado, escupido, azotado, coronado de espinas, crucificado y muerto. Nada más contradictorio. Si Jesús hubiera permanecido en la muerte, esa declaración no se habría recordado en absoluto, o, a lo más, como una locura.

Esa contradicción es la que hizo que todos sus seguidores lo abandonaran y que el principal de ellos, Pedro, se disociara de él insistiendo: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,72.74). Pedro no lo niega por cobardía, sino por falta de fe en él. Ya no piensan que algo de lo que enseñó fuera digno de crédito, menos que todo, que él fuera el Cristo. Esto es lo que no creen. El mismo que lo había confesado como el Cristo, visto el trato recibido y el estado al que fue reducido, ya no cree eso. Las mujeres que lo siguieron no demuestran tener otra conducta. En efecto, el Evangelio de este día nos dice que «María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro», fueron a ver el lugar de un muerto no esperando encontrar otra cosa que un muerto.

Para cambiar esa afirmación tan firme: «No conozco a ese hombre», que quiere decir: «No tengo nada que ver con él», y borrar esa imagen de Jesús humillado al máximo en la cruz, era necesaria otra visión de él que diera sentido y realidad a su declaración ante el Sanhedrín y a toda su enseñanza, una visión que fuera irrefutable y que sustentara la fe de esos hombres confesada hasta la muerte y también la fe de todas las generaciones siguientes de cristianos hasta hoy.

Era necesaria otra visión. Por eso el ángel que se aparece a las mujeres esa mañana del primer día de la semana y les muestra el sepulcro vacío, les dice: «Vayan enseguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán"». La orden es corroborada por el mismo Jesús resucitado que se aparece a las mujeres: «Vayan a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Era necesaria una visión de Jesús que impulsara a Pedro, ahora sin sombra de duda, a declarar públicamente: «A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos... Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes crucificaron» (Hech 2,32-36). Esta es la fe que mueve hoy a la Iglesia en todo el mundo a confesar a Cristo vivo y a reconocerlo presente en su Iglesia tal como está ahora, glorioso y sentado a la derecha de Dios. Este es el Cristo que se nos da ahora en la Eucaristía como alimento de vida eterna: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles