Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Julio del 2016

Lc 10,1-12.17-20
Los obreros son pocos

El Evangelio de este Domingo XIV del tiempo ordinario nos relata la misión que Jesús encomienda a setenta y dos de sus discípulos, mientras él va camino a Jerusalén: «El Señor designó a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y lugares a donde iba a ir él». Estos son «otros» respecto de los Doce, cuya elección y misión ha relatado Lucas antes (cf. Lc 6,12-16; 9,1-6). Éstos preceden a Jesús anunciando: «El Reino de Dios está cerca de ustedes».

Al enviarlos Jesús hace una afirmación que nos revela que él está pensando en una misión que supera los límites de Israel; está pensando en su misión, que abarca todo el universo y todos los tiempos: «La mies es mucha». Como es habitual en su modo de expresarse, Jesús usa una imagen tomada del mundo agrícola. Es una observación positiva, pues todo agricultor anhela que la cosecha sea abundante y se alegra cuando así ocurre. Pero contrasta fuertemente con la afirmación que Jesús agrega: «Los obreros son pocos». Este mismo contraste expresaba San Francisco Javier, en una carta que escribe a San Ignacio, ante la inmensa multitud de la India que tenía delante de sí: «Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen... mil millares de gentiles se harían cristianos, si hubiese operarios, que no busquen sus propios intereses, sino los de Jesucristo» (Carta del 15 enero 1544).

En la imagen que Jesús usa, el dueño del campo sabe que no puede perderse la cosecha y que es necesario que envíe más operarios. Por eso la única recomendación ante este problema es la que indica Jesús: «Oren al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies». Esta frase de Jesús nos revela que para la misión de salvación, el único que puede enviar operarios es Dios y, por eso, el único medio es pedirselos a Él con una oración perseverante.

La misión que Jesús encomienda a sus discípulos no es de este mundo; se trata de la salvación eterna del ser humano. El objetivo es procurar que los nombres de ellos y de los destinatarios «estén escritos en el cielo». Por eso, para esta misión no se necesitan medios materiales: «No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias». Jesús los provee, sin embargo, de lo necesario: «Miren, les he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada les podrá hacer daño». Ellos experimentaron la eficacia de ese poder: «Regresaron los 72 alegres, diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”». Saben que ese poder de liberar del demonio no proviene de ellos, sino de Jesús. Y Jesús confirma lo que ellos dicen: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo». Esto es lo que obran sus enviados.

Hasta aquí, fuera de la escasez de operarios, todo parece fácil en esta misión. Pero Jesús les hace una advertencia inquietante: «Miren que los envío como ovejas en medio de lobos». Ya habría sido difícil, si los hubiera enviado «como lobos en medio de lobos», es decir, a resistir con los mismos medios con que son agredidos. Pero Jesús usa la imagen más evidente de la mansedumbre: «como ovejas», es decir, que en esta misión se excluye todo medio violento y coercitivo. Por otro lado, los destinatarios son «como lobos». ¡Es una profecía! Miles han sido los discípulos de Cristo que han muerto mártires víctimas de la violencia. Y en nuestros días, en que la humanidad se ufana de ser más civilizada y tolerante que en tiempos pasados, han muerto más mártires cristianos que en todos los siglos precedentes. Y están muriendo «como ovejas destrozadas por lobos» a vista y presencia de todo el mundo.

Los enviados, «como ovejas», no deben tomar represalias ni devolver «mal por mal». Pero no quedan sin sanción las ciudades que los rechazan: «Les digo que en aquel Día (el Día del juicio final) habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad». Sodoma fue destruida proverbialmente con azufre y fuego que cayó del cielo.

En nuestro tiempo es particularmente grave la falta de discípulos provistos del poder de Cristo que quieran prolongar su misión. El Catecismo comienza la exposición sobre el Sacramento del Orden, por el cual se recibe ese poder, con esta definición: «El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos» (N. 1536). Pero este Sacramento, a diferencia de los demás, lo reciben en la Diócesis de Santa María de Los Ángeles, que tiene 220.000 católicos, muy pocos fieles, hasta el punto de quedar amenazada la prolongación entre nosotros de la misión de Cristo. Recibe este Sacramento, en promedio, sólo un fiel cada año. Y el número total de presbíteros asciende a 47 (35 incardinados, más 12 religiosos). Si hubiera este número de médicos, que velan por la salud del cuerpo, para atender a todos los habitantes, el clamor por más médicos sería grande. Ese mismo clamor, y mayor aun, deberíamos alzar ante Dios para que haya más sacerdotes, que velan por la salud del alma y por la vida eterna de las personas.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles