Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Julio del 2011

Mt 13,1-23
Tu Palabra me da vida

Después del relato de las tentaciones sufridas por Jesús, el evangelista Mateo escribe: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Conviertanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado”» (Mt 4,17). Han pasado veinte siglos y esa palabra, que comenzó a ser predicada en esa región de Galilea, sigue resonando en el mundo. Resuena, porque su Iglesia le hace eco, cumpliendose así lo que el mismo Cristo nos garantizó: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). ¿Qué suerte tiene la palabra predicada hoy por su Iglesia? No tenemos que hacer grandes análisis para responder a este pregunta, porque ya Jesús anticipó la respuesta: «Acuerdense de la palabra que les he dicho: “El siervo no es más que su Señor”. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes; si han guardado mi Palabra, también guardarán la de ustedes» (Jn 15,20).

La palabra predicada por la Iglesia hoy es la misma palabra de Cristo y tiene la misma suerte que tuvo la palabra predicada por Jesús en el tiempo de su vida terrestre. Por medio de la parábola del sembrador, Jesús atribuye a la predicación de su palabra cuatro posibles auditorios, como son cuatro los posibles terrenos en que cae la semilla: «Salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino... Otras cayeron en pedregal... Otras cayeron entre abrojos... Otras cayeron en tierra buena...». ¡La mayor parte de la semilla se pierde, porque no encuentra buen terreno! ¿Vale la pena sembrar? La experiencia nos dice que el sembrador, de todas maneras, sale a sembrar. Es porque la parte de la semilla que cae en tierra buena produce un fruto tan abundante que justifica el esfuerzo y compensa con creces las pérdidas: «Dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta».

Esta es la experiencia que tiene la Iglesia en sus veinte siglos. Ella sigue anunciando el Evangelio y lo hará hasta el fin del mundo, porque, aunque unos rechazan por principio su predicación, otros son inconstantes y claudican, porque prefieren estar bien con la mayoría, y otros están esclavizados por sus bienes materiales, hay, sin embargo, unos pocos que acogen su palabra, la comprenden y dan un fruto tan abundante que justifica todo el esfuerzo: «El que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta». La Iglesia sabe –la parábola es una promesa de Jesús– que en todas las épocas y lugares la Palabra de Dios predicada por ella encontrará algunas personas que la comprenderán, y darán fruto abundante. Estas personas son las que mantienen la verdad revelada por Dios en el mundo e impiden que el mundo se desvíe irremediablemente de esa verdad. Estos son los santos que veneramos en la historia.

Desde los comienzos de la predicación, San Pablo pudo verificar la exactitud de la parábola del sembrador. Cuando él fue invitado a exponer en el Areópago de Atenas lo que él predicaba hizo un largo discurso que concluyó con estas palabras: «Dios, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos» (Hech 17,30-31). El resultado fue desalentador: «Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “Sobre esto ya te oiremos otra vez”» (Hech 17,32). ¿Podemos concluir que esa predicación fue esfuerzo perdido? No, porque también allí había buen terreno. En efecto, el relato agrega: «Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos» (Hech 17,34).

Al escuchar esta parábola, con la cual Jesús distribuye a los que oyen la predicación en cuatro categorías, cada uno debe preguntarse en cuál de ellas lo incluye Jesús y rogarle que nos considere buen terreno, de manera que nos pueda decir: «A ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, en cambio, a ellos, no».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles