Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 21 de del 2016

Lc 13,22-30
Se pondrán a la mesa en el Reino de Dios

El Evangelio de este Domingo XXI del tiempo ordinario comienza con un sumario de la actividad de Jesús: «Atravesaba ciudades y pueblos enseñando y haciendo viaje hacia Jerusalén». La actividad principal de Jesús durante su vida pública fue enseñar. Por eso, mereció ser llamado habitualmente con el título de Maestro. La enseñanza era una obligación para él, porque él vino a revelar al mundo la verdad sobre Dios, sobre el ser humano y sobre todas las cosas; no la verdad natural, que el ser humano puede descubrir con su propia inteligencia y que es objeto de la ciencia, sino la verdad sobre el origen primero de todo y sobre el fin hacia el cual todo se dirige, que da razón de la existencia de todo y que da sentido a todo. Por eso su enseñanza perdura hasta hoy y determina la vida de una parte importante de la humanidad. El Evangelio de este domingo nos presenta un punto fundamental de esa enseñanza.

Jesús, como buen maestro, toma pie de las preocupaciones de su auditorio, en este caso, de una pregunta que alguien le hace: «Señor, ¿son pocos los que son salvados?». La pregunta está bien formulada, porque reconoce que el ser humano es salvado (es verbo está en voz pasiva). En otra ocasión, los apóstoles, viendo la dificultad de que un rico entre en el Reino de Dios –es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja–, preguntan: «Entonces, ¿quién podrá ser salvado?», pues la riqueza era interpretada como un favor de Dios. Jesús responde: «Para los hombres es imposible; pero no para Dios, pues todo es posible para Dios» (Mc 10,26-27). La salvación no la puede alcanzar el ser humano con sus propias fuerzas; es imposible para él. La salvación es un don de Dios. La pregunta que hacen a Jesús es entonces: «¿Son pocos los que Dios salva?».

Jesús considera que este conocimiento –si son muchos o pocos– no tiene ninguna utilidad para nosotros; sean muchos o pocos, lo que interesa es encontrarse en ese número. Y a esto responde: «Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque muchos –les digo– buscarán entrar y no podrán». Su respuesta se refiere a la condición que es necesario poner de parte nuestra para gozar del don de la salvación. Aunque es un don de Dios, que supera todo esfuerzo humano, de todas maneras, hay que luchar. El objetivo tiene dificultades que vencer, que indica Jesús con la imagen de la puerta estrecha y con la afirmación de que muchos no lograrán entrar por ella.

Por medio de otra imagen, Jesús nos revela que hay un plazo límite para este objetivo: «Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, y ustedes, los que estén fuera, comiencen a golpear a la puerta, diciendo: "¡Señor, abrenos!", él respondiendo les dirá: "No sé de dónde son ustedes"». Nos revela Jesús, como decíamos, que hay un día en que la puerta se cerrará y entonces habrá algunos que quedarán fuera. La respuesta que recibirán éstos indica total disociación: No conozco ni siquiera el origen de ustedes.

Los que queden fuera tratarán de recomendarse recordandole que algo tienen en común: «Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas». Era verdad, como hemos visto, que Jesús enseñaba en las plazas de las ciudades y pueblos. También es verdad que muchos han oído hoy la enseñanza de Jesús y saben que hay templos cristianos, incluso muchos se declaran cristianos. Pero esto no basta para poder entrar. Jesús aclara, entonces, el motivo por el cual no hay nada en común entre el dueño de casa y los que queden fuera: «No sé de dónde son ustedes; apartense de mí todos los obradores de iniquidad». Estos son los que estarán fuera. ¿Qué es para Jesús un obrador de iniquidad? Dejemos que responda él mismo: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21). Toda nuestra preocupación en este mundo debe ser, entonces, hacer la voluntad de Dios. No basta conocerla; hay que hacerla.

La separación y la suerte de unos y otros es radical. Para los que quedarán fuera Jesús dice: «Allí será el llanto y en rechinar de dientes». Es la descripción de profunda pena y rabia, que surgirá de comparar su propia situación, que ya es irrevocable, con la situación de los que estén dentro: «Cuando vean a Abraham, Isaac y Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios y ustedes, en cambio, arrojados fuera».

Jesús agrega una enseñanza muy consoladora para nosotros, porque extiende la salvación a todos los pueblos de la tierra y ensancha también las posibilidades de entrar: «Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios». Con una última imagen expresa el gozo de la salvación: «Se pondrán a la mesa». Participar de un excelente banquete con los hermanos y amigos es una ocasión de gozo y felicidad. Es la imagen que usa Jesús para darnos una idea de la felicidad eterna.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles